sábado, 6 de junio de 2026

Haced esto en memoria mía.

Haced esto en memoria mía

Por nosotros mismos nunca hubiéramos podido desear tanto: desde siempre, en efecto, el deseo del hombre ha sido alcanzar el cielo (por ejemplo el mito de Prometeo), es decir, poder disponer de las mismas prerrogativas que Dios. 

En el Corpus Christi todo se invierte: es Dios quien ha llegado hasta el hombre, es Él quien ha descendido no solo para plantar su tienda entre nosotros en el misterio de la Encarnación, sino incluso para convertirse en nuestro alimento en el camino de la vida.


Ya Moisés había recordado que no basta con saciar el hambre física para salvar la vida. El maná, de hecho, es una pregunta: «¿qué es?», como si quisiera decir: ¿qué es lo que realmente me nutre? ¿De qué me nutro? La comida lleva consigo esta pregunta.

 

El pan, de hecho, sacia los retortijones del estómago, pero el ser humano es mucho más que su necesidad: el hombre está hecho de sueños además de necesidades, de proyectos además de nostalgias.

 

Si bien es cierto que el pan es necesario, no basta para saciar el corazón. ¡Cuántas veces estamos saciados pero aburridos porque no estamos satisfechos!

 

¡Todos estamos hechos para otra cosa, estamos hechos para Dios! El horizonte inmediato no nos satisface, la meta a corto plazo nos aburre. Y la mayoría de las veces acabamos devorándolo todo con la esperanza de que el hambre se calme: buscamos objetos, entablamos relaciones, acumulamos experiencias pensando que por fin ha llegado el momento adecuado.

 

La relación con la comida, en este sentido, dice mucho de nosotros y de lo que nos habita y nos condiciona: no es casualidad que muchos trastornos de la personalidad tengan que ver precisamente con la comida.


Jesús es consciente de ello y por eso viene a recordarnos que necesitamos una meta más grande que nos trascienda y oriente nuestros deseos y perspectivas. Las cosas no nos bastan: necesitamos, en cambio, el significado que les damos y el fin para el que las utilizamos. De ahí la importancia de seguir preguntándonos: «¿qué es?», como en el caso del maná.

 

Una y otra vez Dios nos ha alimentado, pero con un alimento que no era capaz de dar la vida eterna. Por eso, en la plenitud de los tiempos, nos hace el don del Verbo hecho carne. Puesto que todos somos mendigos de lo infinito, Jesús se ofrece como el único capaz de saciar nuestro hambre más verdadera: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo».

 

En un solo versículo, Jesús resume la clave de toda una existencia, la plena, la verdadera: «pan vivo… vivirá para siempre… para la vida del mundo».

 

No un pan cualquiera, sino el pan vivo que da vida en plenitud y para siempre. La vida eterna, de hecho, no es solo la que viene después de la muerte: es ya una calidad de vida diferente aquí y ahora.

 

El pan de Dios que mantiene vivo al mundo se convierte en alimento para nosotros, los caminantes. Dios se hace compañero de viaje y alimento para nosotros para que nuestra vida no pierda de vista la perspectiva de aquello a lo que está destinada: la plena comunión con el Padre.

 

Solemos decir que el hombre es lo que come, queriendo decir que somos la materia que entra en nuestro cuerpo.

 

En la vida de fe, en cambio, «participar del cuerpo y de la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a transformarnos en aquello que recibimos» - San León Magno -.

 

Somos nosotros quienes nos convertimos en Aquel de quien nos alimentamos y solo en la medida en que vivimos de la relación con Cristo y su evangelio, nuestra vida es capaz de atravesar incluso el desierto sin renunciar nunca a su dignidad.


 

Ese pan, de hecho, nos recuerda que no estamos hechos para conformarnos con migajas porque Dios desea un hombre a la medida del cielo, es decir, a su medida.

 

Comer la carne del Hijo del hombre: entrar en sintonía y en comunión con la misma existencia del Hijo Jesús hasta llegar a ser una sola cosa con Él.

 

Beber la sangre: ser capaces de adoptar una actitud de entrega de uno mismo, incluso a costa de la vida. La perspectiva no es la de una muerte sangrienta, sino el humilde testimonio de quien pone todo de sí mismo a disposición de quien necesita ser amado.

 

La Eucaristía de Jesús no es un rito fin en sí mismo. Su desembocadura natural es una eucaristía existencial: Haced esto en mi memoria.

 

Nuestra mirada creyente no se dirige tanto al pasado de una Última Cena, para recordar una institución ritual, sino al futuro, anticipando el don de la vida eterna. La carne y la sangre son símbolos por excelencia - al menos en el mundo judío - de la vida que fluye en el ser humano.

 

Por eso, para obtener esa vida que Jesús quiere donarnos, es necesario alimentarse de su vida - carne y sangre -. Y el objetivo, de hecho, es precisamente este: vivir. El Padre tiene la vida, Jesús vive en el Padre y nosotros vivimos en ellos. 

No, no podemos ni producir, ni comprar, ni poseer,…, la vida sino solo recibirla de Dios como un don. La Eucaristía no es una recompensa por nuestros méritos sino una gracia que viene de lo alto en forma de humilde pan y vino. 

Y Dios viene a nuestro encuentro no solo haciendo algo a nuestro favor, sino dándonos un alimento que nos hace capaces de convertir y transformar radicalmente nuestra historia y la del mundo. 

La Eucaristía es participación activa en un misterio de salvación. Comer y beber la vida del Señor significa hacerse uno con Él, significa decidir acoger una Vida que dice la verdad sobre nuestra existencia y sobre el mundo y la historia: una Vida que no juzga ni condena, sino que consuela, acompaña, defiende, sostiene…, una Vida que salva. 

La verdad última de la Eucaristía no reside en la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino en las consecuencias que se derivan de esa conversión. 

Ante la verdad frágil y desarmada de Jesús, presente y oculto en las especies eucarísticas, Jesús nos invita a asumir e introducir un estilo eucarístico en la vida, en nuestras relaciones, en nuestros trabajos,…, para dar pleno cumplimiento a la Eucaristía del Reino. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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