La misión que nace de la compasión - San Mateo 9, 36-10,8 -
Levi, el publicano, ha renacido; ahora se ha convertido en el apóstol Mateo. Ha visto en la mirada del Nazareno, huésped de Pedro y Andrés, la posibilidad de una vida diferente, libre, nueva. La misericordia lo ha convertido; solo la misericordia que vio en lo más profundo de la mirada serena del Rabí Jesús lo ha transformado.
Se ha descubierto amado como nosotros, como yo.
Han pasado treinta años desde aquel encuentro, y la
pluma aún se demora en escribir, interrumpida a ratos por la emoción que me
oprime la garganta. La misericordia era el tesoro escondido en el campo que
Leví, al fin, ha encontrado.
No fue el único en vivir esta experiencia: nos cuenta
que Jesús tenía exactamente la misma mirada hacia cada hombre, hacia toda la
multitud. El amor que Dios sentía por la humanidad era conmovedor e
incontenible.
Es conmovedor e incontenible.
Jesús ve en lo más profundo a las personas que tiene
delante, conoce la infinita necesidad de sentido y de felicidad que habita en
nuestro corazón, conoce el inmenso esfuerzo que hacemos por dar respuesta a la
inquietud.
Venderíamos el alma por ser amados, daríamos un brazo
por saber —por fin— qué es lo que realmente puede colmar de forma duradera
nuestra necesidad de felicidad.
Esta búsqueda apasionada es lo que nos hace similares,
lo que une a todos los hombres, en todos los tiempos. Jesús ve que estamos
desorientados, como ovejas sin pastor, porque no tenemos en nosotros mismos las
respuestas a todas las preguntas.
Peor aún: en esta época delirante y frágil en la que
estamos llamados a vivir, la felicidad se vende a un alto precio y nosotros,
desorientados, acabamos siguiendo la idea más seductora, más brillante, que
parece satisfacer esa profunda necesidad de bien y de verdad que habita en
nuestro corazón.
Jesús se conmueve porque nos ve esforzarnos más de lo
debido.
Quién sabe: tal vez incluso Dios se lo replantee: este
no era su proyecto cuando, al crearnos, nos hizo libres. Porque la libertad es
un don difícil de manejar, superior a nuestras fuerzas, y cedemos de buen grado
al encantador de turno, nos dejamos engañar, cedemos a la catequesis del mundo.
Somos verdaderamente ovejas sin pastor. Y así nos ve
el Maestro, conmovido.
Porque el nuestro es un Dios feliz que nos quiere
felices, no está enfadado con nosotros, y en Jesús nos señala un camino.
Como de costumbre, Jesús nos desconcierta: la página termina de la manera más inesperada e increíble.
Todos esperaríamos: Jesús se conmueve y, por tanto, se
propone como el Buen Pastor.
Ni mucho menos: Jesús se conmueve e inventa la
Iglesia.
Lo sé, lo sé, la gran mayoría de vosotros tiene una
experiencia de Iglesia pobre y contradictoria, se ha topado duramente con el
rostro incoherente y severo de algún católico más devoto que Dios.
Jesús piensa en una compañía, en una búsqueda común,
en un sueño hecho realidad: hombres y mujeres, sus discípulos, capaces, juntos,
de buscar sentido y plenitud, medida y alegría.
Él es el Pastor que nos guía a pastos verdes, pero
juntos podemos experimentar lo que es un rebaño, una comunidad.
No es fácil comprender y amar a la Iglesia. Demasiadas
fragilidades, demasiados contra-testimonios, demasiadas personas que se dicen
creyentes y que viven sin siquiera ser plenamente hombres y mujeres, demasiadas
incoherencias, demasiados errores en la historia como para no ser recelosos
cuando se habla de la Iglesia.
Jesús elige a doce personas para empezar a construir el Reino, doce que estén con él, para que luego sean capaces de conducir a los pastos verdes a los que ellos mismos serán conducidos primero. Y, sin embargo.
¡A nadie se le ocurriría reunir a doce personas tan
radicalmente diferentes para llevar a cabo un proyecto! Pescadores
acostumbrados a la concreción y la rudeza junto a administradores y Juan;
tradicionalistas junto a publicanos, pecadores públicos, violentos, dispuestos
a matar al invasor romano. En este grupo está todo Israel, toda la humanidad en
su viva diversidad. La Iglesia es la comunidad de los discípulos de Jesús,
diferentes entre sí en todo pero unidos en la experiencia y en el deseo del
amor del Maestro, llamados a anunciar el Evangelio con sencillez y verdad.
Esta es, en el sueño de Dios, la Iglesia.
¡Paradoja de Dios!
A la humanidad herida y frágil que necesita una guía, Jesús le propone un pedazo de humanidad, igualmente frágil y herida, transfigurada por el Amor.
La misión de los doce es desconcertante: deben
dirigirse a las ovejas perdidas de Israel.
Una invitación actual y urgente: la Iglesia necesita
testigos que la conduzcan de nuevo al redil del Padre. Los primeros
destinatarios del anuncio del Evangelio somos precisamente nosotros, los
cristianos.
Demasiado católicos para convertirnos en discípulos,
demasiado convencidos de saber lo suficiente como para escuchar el Evangelio,
demasiado llenos de cristianismo sociocultural como para creer que —¡en serio!—
la Iglesia tiene que ver con Dios. Somos precisamente nosotros, los cristianos
del tercer milenio, en nuestras sociedades que reconocen un campanario e
ignoran las parábolas, que aprecian los ornamentos e ignoran la interioridad,
que celebran las fiestas olvidando al homenajeado, los llamados a recibir —una
y otra vez— la buena nueva de un Dios que se hace cercano.
¡Por favor, no pensemos a quién anunciar el Evangelio
esta semana: comencemos por acogerlos nosotros mismos!
Me esfuerzo en amar a la Iglesia. En amar este loco
sueño de Dios que estoy llamado a vivir; entendámonos bien: no ese garabato de
iglesia que tantas veces pintan los medios de comunicación y que cultivan
nuestras tibias pertenencias.
No: la Iglesia como comunidad de perdonados e hijos,
no de insoportables perfectos, de diferentes que buscan al Uno, de compañeros
de viaje llamados a hacer presente al Pastor en sus gestos continuamente por
reformar.
Es de esta comunidad de locos de quien he recibido
todo el Evangelio del Maestro.
Sí, lo prefiero así: la pobreza y el escándalo de la
Encarnación es también esto: Dios elige que le anuncien personas inconstantes y
dudosas como nosotros, como yo. Su genialidad y su visión de futuro residen
todas en esta increíble voluntad suya de enseñarnos a hacernos cargo unos de
otros, a convertirnos aquí, hoy, en la sonrisa de Dios para el hermano.
Esta es la Iglesia que construiremos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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