martes, 2 de junio de 2026

La misión que nace de la compasión - San Mateo 9, 36-10,8 -.

La misión que nace de la compasión - San Mateo 9, 36-10,8 -

Levi, el publicano, ha renacido; ahora se ha convertido en el apóstol Mateo. Ha visto en la mirada del Nazareno, huésped de Pedro y Andrés, la posibilidad de una vida diferente, libre, nueva. La misericordia lo ha convertido; solo la misericordia que vio en lo más profundo de la mirada serena del Rabí Jesús lo ha transformado.


Se ha descubierto amado como nosotros, como yo.

 

Han pasado treinta años desde aquel encuentro, y la pluma aún se demora en escribir, interrumpida a ratos por la emoción que me oprime la garganta. La misericordia era el tesoro escondido en el campo que Leví, al fin, ha encontrado.

 

No fue el único en vivir esta experiencia: nos cuenta que Jesús tenía exactamente la misma mirada hacia cada hombre, hacia toda la multitud. El amor que Dios sentía por la humanidad era conmovedor e incontenible.

 

Es conmovedor e incontenible. 

 

Jesús ve en lo más profundo a las personas que tiene delante, conoce la infinita necesidad de sentido y de felicidad que habita en nuestro corazón, conoce el inmenso esfuerzo que hacemos por dar respuesta a la inquietud.

 

Venderíamos el alma por ser amados, daríamos un brazo por saber —por fin— qué es lo que realmente puede colmar de forma duradera nuestra necesidad de felicidad.

 

Esta búsqueda apasionada es lo que nos hace similares, lo que une a todos los hombres, en todos los tiempos. Jesús ve que estamos desorientados, como ovejas sin pastor, porque no tenemos en nosotros mismos las respuestas a todas las preguntas.

 

Peor aún: en esta época delirante y frágil en la que estamos llamados a vivir, la felicidad se vende a un alto precio y nosotros, desorientados, acabamos siguiendo la idea más seductora, más brillante, que parece satisfacer esa profunda necesidad de bien y de verdad que habita en nuestro corazón.

 

Jesús se conmueve porque nos ve esforzarnos más de lo debido.

 

Quién sabe: tal vez incluso Dios se lo replantee: este no era su proyecto cuando, al crearnos, nos hizo libres. Porque la libertad es un don difícil de manejar, superior a nuestras fuerzas, y cedemos de buen grado al encantador de turno, nos dejamos engañar, cedemos a la catequesis del mundo.

 

Somos verdaderamente ovejas sin pastor. Y así nos ve el Maestro, conmovido.

 

Porque el nuestro es un Dios feliz que nos quiere felices, no está enfadado con nosotros, y en Jesús nos señala un camino.


Como de costumbre, Jesús nos desconcierta: la página termina de la manera más inesperada e increíble.

 

Todos esperaríamos: Jesús se conmueve y, por tanto, se propone como el Buen Pastor.

 

Ni mucho menos: Jesús se conmueve e inventa la Iglesia.

 

Lo sé, lo sé, la gran mayoría de vosotros tiene una experiencia de Iglesia pobre y contradictoria, se ha topado duramente con el rostro incoherente y severo de algún católico más devoto que Dios.

 

Jesús piensa en una compañía, en una búsqueda común, en un sueño hecho realidad: hombres y mujeres, sus discípulos, capaces, juntos, de buscar sentido y plenitud, medida y alegría.

 

Él es el Pastor que nos guía a pastos verdes, pero juntos podemos experimentar lo que es un rebaño, una comunidad.

 

No es fácil comprender y amar a la Iglesia. Demasiadas fragilidades, demasiados contra-testimonios, demasiadas personas que se dicen creyentes y que viven sin siquiera ser plenamente hombres y mujeres, demasiadas incoherencias, demasiados errores en la historia como para no ser recelosos cuando se habla de la Iglesia.

 

Jesús elige a doce personas para empezar a construir el Reino, doce que estén con él, para que luego sean capaces de conducir a los pastos verdes a los que ellos mismos serán conducidos primero. Y, sin embargo. 

 

¡A nadie se le ocurriría reunir a doce personas tan radicalmente diferentes para llevar a cabo un proyecto! Pescadores acostumbrados a la concreción y la rudeza junto a administradores y Juan; tradicionalistas junto a publicanos, pecadores públicos, violentos, dispuestos a matar al invasor romano. En este grupo está todo Israel, toda la humanidad en su viva diversidad. La Iglesia es la comunidad de los discípulos de Jesús, diferentes entre sí en todo pero unidos en la experiencia y en el deseo del amor del Maestro, llamados a anunciar el Evangelio con sencillez y verdad.

 

Esta es, en el sueño de Dios, la Iglesia.

 

¡Paradoja de Dios!

 

A la humanidad herida y frágil que necesita una guía, Jesús le propone un pedazo de humanidad, igualmente frágil y herida, transfigurada por el Amor. 

 

La misión de los doce es desconcertante: deben dirigirse a las ovejas perdidas de Israel.

 

Una invitación actual y urgente: la Iglesia necesita testigos que la conduzcan de nuevo al redil del Padre. Los primeros destinatarios del anuncio del Evangelio somos precisamente nosotros, los cristianos.

 

Demasiado católicos para convertirnos en discípulos, demasiado convencidos de saber lo suficiente como para escuchar el Evangelio, demasiado llenos de cristianismo sociocultural como para creer que —¡en serio!— la Iglesia tiene que ver con Dios. Somos precisamente nosotros, los cristianos del tercer milenio, en nuestras sociedades que reconocen un campanario e ignoran las parábolas, que aprecian los ornamentos e ignoran la interioridad, que celebran las fiestas olvidando al homenajeado, los llamados a recibir —una y otra vez— la buena nueva de un Dios que se hace cercano.

 

¡Por favor, no pensemos a quién anunciar el Evangelio esta semana: comencemos por acogerlos nosotros mismos!

 

Me esfuerzo en amar a la Iglesia. En amar este loco sueño de Dios que estoy llamado a vivir; entendámonos bien: no ese garabato de iglesia que tantas veces pintan los medios de comunicación y que cultivan nuestras tibias pertenencias.

 

No: la Iglesia como comunidad de perdonados e hijos, no de insoportables perfectos, de diferentes que buscan al Uno, de compañeros de viaje llamados a hacer presente al Pastor en sus gestos continuamente por reformar.

 

Es de esta comunidad de locos de quien he recibido todo el Evangelio del Maestro.

 

Sí, lo prefiero así: la pobreza y el escándalo de la Encarnación es también esto: Dios elige que le anuncien personas inconstantes y dudosas como nosotros, como yo. Su genialidad y su visión de futuro residen todas en esta increíble voluntad suya de enseñarnos a hacernos cargo unos de otros, a convertirnos aquí, hoy, en la sonrisa de Dios para el hermano.

 

Esta es la Iglesia que construiremos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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