Trabajadores del Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -
Jesús, al ver a las multitudes, sintió compasión por
ellas.
Todo lo que sigue surge de la compasión, un término de
una fuerza y una intensidad infinitas: el Maestro siente dolor por el dolor del
mundo, el gran dolor del hombre. Jesús es la compasión, el llanto de Dios hecho
carne. Llorar es amar con los ojos.
La mies es mucha...
Lo que su mirada contempla no es el interminable
campamento humano donde ha plantado su tienda, sino que ve muchas cosechas de
dolor, muchas cosechas de miedos y rebaños de ovejas agotadas porque no tienen
pastor.
Su respuesta es un dolor que le sacude las entrañas. Y
llama a los doce y se lo confía a ellos: deberán preservar, custodiar, salvar
la compasión, el con-padecer, el menos edulcorado de los sentimientos. Salvarlo
y sembrarlo en el mundo, a través de seis acciones: predicar, sanar, resucitar, curar,
liberar y dar.
La misión es doble: predicar y sanar la vida, o al
menos cuidarla. Y la proporción es desequilibrada, uno contra cinco. Cinco
obras para sanar, una para narrar. Para proclamar que Dios es así, cuida y sana. Dios
está cerca de ti, con amor.
Quizás habríamos esperado una respuesta más
contundente al dolor de las multitudes, un socorro más eficaz: ¿por qué el
Señor socorre la fragilidad del hombre con la fragilidad de otros hombres, en
lugar de con su omnipotencia? Porque Él interviene por sus hijos, a través de
sus otros hijos. La respuesta de Jesús al sufrimiento del mundo soy yo. «Dios
salva a través de las personas» (Romano Guardini).
Rogad al Señor de la mies que envíe obreros... y comprendo: envíame a mí, Señor, como obrero de la compasión,
recolector de dolor. Envíame a mí como trabajador de la piedad, segador del
sufrimiento; envíame a mí, a comer pan de llanto con quien llora, a beber copas
de lágrimas con quien sufre, a luchar con todos contra el mal. Envíame a mí,
Señor, con manos que sostienen y acarician, con palabras que vendan el corazón.
La compasión de Dios rompe el esquema de buenos/malos,
merecedores o no. Trazan dos vías por las que ir más allá de los áridos
desiertos del paradigma del bueno y el malo: son las manos de la piedad y los
labios de la oración, que hacen del amor cristiano lo que debe ser, un amor
cada vez menos selectivo.
Todo hijo de Dios que ha bebido de la Fuente Amorosa
de la vida, merece beber un sorbo de mi pequeño arroyo. «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis».
Escándalo y belleza: Dios no espera ser amado a
cambio, pero ama; no espera que le correspondan, pero da. Jesús es la historia
de este Dios inédito, pasión de compasión, anuncio de que solo un amor sin
condiciones puede generar amantes sin condiciones.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario