martes, 2 de junio de 2026

Trabajadores del Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Trabajadores del Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -

Jesús, al ver a las multitudes, sintió compasión por ellas.

 

Todo lo que sigue surge de la compasión, un término de una fuerza y una intensidad infinitas: el Maestro siente dolor por el dolor del mundo, el gran dolor del hombre. Jesús es la compasión, el llanto de Dios hecho carne. Llorar es amar con los ojos.

 

La mies es mucha...

 

Lo que su mirada contempla no es el interminable campamento humano donde ha plantado su tienda, sino que ve muchas cosechas de dolor, muchas cosechas de miedos y rebaños de ovejas agotadas porque no tienen pastor.

 

Su respuesta es un dolor que le sacude las entrañas. Y llama a los doce y se lo confía a ellos: deberán preservar, custodiar, salvar la compasión, el con-padecer, el menos edulcorado de los sentimientos. Salvarlo y sembrarlo en el mundo, a través de seis acciones: predicar, sanar, resucitar, curar, liberar y dar.

 

La misión es doble: predicar y sanar la vida, o al menos cuidarla. Y la proporción es desequilibrada, uno contra cinco. Cinco obras para sanar, una para narrar. Para proclamar que Dios es así, cuida y sana. Dios está cerca de ti, con amor.

 

Quizás habríamos esperado una respuesta más contundente al dolor de las multitudes, un socorro más eficaz: ¿por qué el Señor socorre la fragilidad del hombre con la fragilidad de otros hombres, en lugar de con su omnipotencia? Porque Él interviene por sus hijos, a través de sus otros hijos. La respuesta de Jesús al sufrimiento del mundo soy yo. «Dios salva a través de las personas» (Romano Guardini).

 

Rogad al Señor de la mies que envíe obreros... y comprendo: envíame a mí, Señor, como obrero de la compasión, recolector de dolor. Envíame a mí como trabajador de la piedad, segador del sufrimiento; envíame a mí, a comer pan de llanto con quien llora, a beber copas de lágrimas con quien sufre, a luchar con todos contra el mal. Envíame a mí, Señor, con manos que sostienen y acarician, con palabras que vendan el corazón.

 

La compasión de Dios rompe el esquema de buenos/malos, merecedores o no. Trazan dos vías por las que ir más allá de los áridos desiertos del paradigma del bueno y el malo: son las manos de la piedad y los labios de la oración, que hacen del amor cristiano lo que debe ser, un amor cada vez menos selectivo.

 

Todo hijo de Dios que ha bebido de la Fuente Amorosa de la vida, merece beber un sorbo de mi pequeño arroyo. «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis».

 

Escándalo y belleza: Dios no espera ser amado a cambio, pero ama; no espera que le correspondan, pero da. Jesús es la historia de este Dios inédito, pasión de compasión, anuncio de que solo un amor sin condiciones puede generar amantes sin condiciones.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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