¡No tengáis miedo! - San Mateo 10, 26-33 -
Las golondrinas vuelven.
Libres, felices, trazan amplios círculos,
persiguiéndose unas a otras.
Cierro los ojos y escucho, y dejo que me enseñen.
Tengo mucho que aprender. Sobre todo, a superar el
miedo.
El miedo que nos envenena la vida, el miedo que,
sigilosamente, nos llena de ansiedades y nos impide gozar, creer y crecer. A
esta humanidad asustada, a mí, frágil discípulo, el Maestro me dirige de nuevo
una invitación.
Y, sonriendo, me (nos) entrega una Palabra que
ilumina, anima, sacude.
No
tengáis miedo.
Nosotros, los discípulos, somos capaces de no tener
miedo.
Porque hemos descubierto que Dios sabe.
Porque hemos descubierto que valemos.
Porque nos hemos dado cuenta de que somos amados.
Por tres veces en pocos versículos (10,26.28.31) Jesús nos pide que no tengamos miedo.
El primer miedo del que hay que huir es de ellos,
es decir, de aquellos que acusan a Jesús y a nosotros de ser del demonio, de
las tinieblas. De aquellos que juzgan. De aquellos que, señalando los
demasiados escándalos, las demasiadas incoherencias, la inadecuación, acusan a
la Iglesia de estar llegando al final de la línea. Y solo Dios sabe cuánto
nos está devorando este miedo, cuánto pesan sobre nuestra credibilidad tantos escándalos
y las demasiadas incoherencias. Entonces, con el corazón en la mano, tememos el
juicio sobre la Iglesia que muchos nos lanzan con ira. Como si existiera la Iglesia
y no, más bien, los discípulos.
Es un miedo arraigado y extendido que, incluso,
corremos el riesgo de santificar creyendo que es piadoso y agrada a Dios
cuando, al confundir humildad con resignación y depresión, pensamos que no
valemos nada. Ser juzgados por los demás, tener que demostrar que valemos,
demostrárnoslo incluso a nosotros mismos, corre el riesgo de hacernos hundir en
el miedo. Los demás nos ven mal, nos ven como el mal, juzgan lo que
hacemos.
El camino de la autoestima es largo y doloroso, y
Jesús nos sugiere la dirección: de lo íntimo a lo público, de dentro hacia
fuera. Solo Dios conoce y ve con autenticidad lo que somos, lo que deseamos;
ante Él todo está al descubierto y es inteligible. Cuidemos esta parte de
nosotros, sin preocuparnos demasiado por el juicio de los demás.
La forma que tenemos de salir de este juicio severo y,
por desgracia, fundado, es volver a ser discípulos, transparentes y auténticos.
El segundo miedo es hacia aquellos que matan el
cuerpo. ¡Y cuántos hay! Aquellos que nos agotan, que exigen (desde la
línea, la belleza, el carácter,…). Estamos siempre conectados, nos entregamos
al tribunal de los demás, en las redes sociales todos juzgan a todos. El
fantástico mundo de la libertad se ha convertido en el mundo que nos esclaviza.
El riesgo, advierte Jesús, es concentrarnos tanto en estos juicios que
olvidemos que tenemos un alma, un don de Dios. ¡Cuán descuidada está nuestra
alma!
El tercer miedo es el de no valer nada. El de
no ser amados, de estar equivocados, de ser inútiles, superfluos, uno entre
miles de millones, una nada absurda y sin sentido. Y ceder a la locura del
mundo que nos propone destacar, contar, cueste lo que cueste. ¡El único remedio
es la contemplación de los gorriones!
Hay una indicación preciosa que, hoy, el Maestro nos
da para superar el miedo y el juicio, para no dejar que nuestra alma, nuestra
parte más preciosa, la que nos identifica, muera: mirad a los gorriones (y a
las golondrinas).
No cuentan nada, los gorriones. Dos gorriones se
venden por un centavo, unos pocos céntimos.
Y, sin embargo, Dios los conoce. Y me emociona y me
asusta un Dios capaz de conocer a los gorriones, de amarlos, de cuidarlos. Me
emociona y me asusta un Dios que conoce incluso los cabellos de mi cabeza.
¿Cómo resistir ante el miedo? ¿Y ante la tentación? ¿Y
ante la desconfianza que envenena las relaciones?
Confiando en el Dios que nos conoce y nos ama, que
cuenta los cabellos de nuestra cabeza y las vicisitudes de los gorriones.
Dios nos conoce, nos protege, no permite que nos
perdamos, que nos dejemos abrumar por el miedo.
Y el gorrión no cae al suelo porque Dios lo quiere, como traducen erróneamente nuestros
textos, sino que el gorrión no cae al suelo lejos de Dios.
Ante las acusaciones, el miedo, la desintegración de
nuestro mundo, una vez más estamos llamados a tener una inmensa confianza en el
Padre.
Este es el tiempo del testimonio.
De creer, no de ceder.
Este es el tiempo de volver a poner nuestra fe en el
centro. Jesús nos pide que lo reconozcamos ante los hombres. Que hagamos
visible, rastreable, nuestra fe. A veces también con palabras. Pero, siempre,
con la vida y con las elecciones, con la atención y la constancia, viviendo
nuestra vida con la ligereza de quien ha descubierto a un Dios que ama a los
gorriones.
Un segundo aspecto es la posibilidad de dejar que el
alma muera.
Temed más
bien a aquel que tiene poder para hacer perecer en el Gehena tanto el alma como
el cuerpo.
Jesús da algunas indicaciones: el cuerpo llevado al
Gehena, uno de los valles a los pies de Jerusalén, nunca habitado porque en el
pasado allí se practicaban sacrificios humanos y, en tiempos de Jesús, se
utilizaba como vertedero, apaga el alma.
Si dejamos que nuestro cuerpo, es decir, nuestra vida,
nuestro pensamiento, nuestro juicio, se deslice hacia la basura y el sacrificio
de los demás, faltando al respeto, menospreciando a las personas y las cosas,
matamos nuestra alma.
Cuidar del cuerpo, de las emociones, de las
relaciones, cultivándolas y honrándolas, significa alimentar el alma. ¡Debemos
temer a quienes nos empujan hacia el Gehena! ¡Debemos temer a quienes ven el
mal por todas partes, a quienes desprecian la vida, se burlan de ella y la
aniquilan!
¡Se trata de cuidar los cuerpos, de cultivar el alma!
Dios sabe, Dios conoce.
Pero no determina a priori nuestro camino, no asiste,
distraído, a nuestras vicisitudes y nuestras desgracias, no es un titiritero
que lo decide todo sin tener en cuenta nada.
No cae
una hoja sin que Dios lo quiera.
N
o es así. Habría que corregir este dicho popular.
No cae
una hoja sin que Dios lo sepa.
Y aunque el gorrión caiga del nido de sus manos Dios
está dispuesto a recogerlo y a cuidarlo. Yo valgo. Y valgo más que muchos
gorriones, dice el Señor.
Dios nos ama, por eso somos libres, incluso de ceder
al miedo, al juicio, incluso de dejar que el alma se marchite.
Dios no quiere las guerras, las muertes por
hambre, el egoísmo de las naciones, la arrogancia y la violencia. Nos ha creado
libres para florecer, no para cortar las raíces de quienes nos rodean.
Dios no quiere que nos destruyamos.
¿Y nosotros?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF






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