Una misión a la altura de buenos pastores - San Mateo 9, 36-10,8 -
En el pasaje del Evangelio de Mateo, el papel decisivo de Jesús en la salvación se manifiesta cuando asocia a su misión mesiánica al grupo de los Doce, enviándolos a las «ovejas perdidas de la casa de Israel».
Lo que, a primera vista, llama la atención en esta
lista es la heterogeneidad del grupo: pescadores, discípulos del Bautista, un
miembro del movimiento antirromano de los zelotes (que defendían la liberación
de Palestina, incluso mediante la lucha armada), un traidor, etc.
Resulta evidente que no se trata de una comunidad de
perfectos o santos; son hombres tomados tal y como eran. Esta diversidad de los
llamados es señal de que en el Reino de los Cielos hay lugar para todos, y de que
el Señor no mira al pasado, sino a la disposición actual del corazón.
El detalle de Judas Iscariote «que luego lo traicionó»
se subraya en los cuatro Evangelios. El hecho de no omitir esta ‘vergüenza’
familiar, o de ser recordados en esa compañía que traiciona al Maestro, es un recuerdo
constante para la comunidad cristiana. Y es que los motivos de la elección no
hay que buscarlos en las virtudes de los apóstoles, sino en la gratuidad del
amor misericordioso de Dios.
Judas ciertamente no es llamado para ser traidor, lo
será más tarde. Cada uno conserva su libertad. Y Judas no constituye una parte
o misión asignada de antemano, sino una posibilidad, una forma de responder o
de no responder al amor gratuito, a la llamada o a la elección divina.
«Al ver a la multitud, sintió compasión por ella». Este versículo es significativo, pues sitúa en la compasión de Jesús el motivo inspirador de la misión confiada a los apóstoles.
En su Evangelio, San Mateo utiliza cinco veces esta
expresión «tener compasión» (Mt 9, 36; 14, 14; 15, 32; 18, 21; 20, 34).
Pone un énfasis particular en la acción de Jesús. No se trata de un sentimiento
vago
o de una sensación interior pasajera, sino de un amor-intervención dirigido
hacia la miseria de la humanidad.
Por lo tanto, «tener compasión» significa ejercerla en la acción, es decir, no
limitarse a las palabras, sino producir gestos o signos de que el Reino de Dios
es ya una realidad presente, operante, y no una promesa ni abstracta ni remota.
De hecho, Jesús «llamó a los Doce y les dio poder para
expulsar a los espíritus inmundos y curar toda clase de enfermedades y
dolencias», signos de que el Reino de Dios ya está presente. Se les
hace partícipes del poder de Jesús de liberación y sanación.
También la Iglesia, hoy, tiene la misma tarea que los
Doce, es decir, anunciar el Reino de Dios y cuidar de quienes en la vida se
encuentran en dificultades. Jesús señala también las modalidades: «gratis
lo recibisteis, dadlo gratis», es decir, con la misma generosidad de
Dios, que da sin esperar nada a cambio.
Un pastor es, por tanto, bueno cuando no participa de
estas dinámicas y cuando no se caracteriza por la compasión. Un rebaño que
tiene pastores que no han comprendido la primacía de la persona, de la
misericordia-compasión y de la bondad, es como si no los tuviera.
Existe además el mandato de «no ir entre los paganos».
De hecho, al principio, es necesario permanecer dentro de los límites de
Israel. Es decir, los herederos de la promesa deben seguir siendo los primeros
destinatarios de los signos del Reino de Dios. Pero esta orden no es
definitiva; llega el momento en que, tras un rechazo, la Iglesia tendrá que ir
más allá. De hecho, las puertas de los paganos se abrirán muy pronto.
«Dirigíos más bien a las ovejas perdidas de
la casa de Israel». Al enviar a los Doce apóstoles, Jesús no pretende
que vayan a pasar revista a las ovejas cercanas y fieles o dóciles, sino que
deben acercarse más bien a las perdidas que no responden a la llamada. Por lo
tanto, la actividad más característica del apóstol o del pastor es la
búsqueda... No puede preocuparse exclusivamente por la custodia del
rebaño, de las ovejas «dóciles», descuidando la búsqueda de
las ovejas alejadas o abandonadas o perdidas…
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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