martes, 2 de junio de 2026

Algunas claves de la misión - San Mateo 9, 36-10,8 -

Algunas claves de la misión - San Mateo 9, 36-10,8 -

Tras el camino cuaresmal y pascual y las grandes solemnidades, volvemos al tiempo litúrgico ordinario, acompañados por el Evangelio de Mateo. Se trata de retomar la «cotidianidad de nuestra vida cristiana, vivida en el seguimiento de Jesús.

 

Este Evangelio nos introduce en el segundo de los cinco grandes discursos de Jesús en el Evangelio de San Mateo.

 

El primero es el programático del Monte de las Bienaventuranzas (capítulos 5-7). Después de «hablar», Jesús «actuó», curando «toda enfermedad y toda dolencia» (capítulos 8-9).

 

Este segundo discurso, que ocupa el capítulo 10 de Mateo, se denomina el «discurso de la misión».

 

Jesús, al ver a las multitudes, sintió compasión por ellas, porque estaban cansadas y agotadas como ovejas que no tienen pastor.

 

Este discurso (¡al igual que el primero, por cierto!) parte de una mirada de Jesús que le conmueve profundamente el corazón, una mirada de compasión. ¡Cómo nos gustaría sentir también nosotros esta mirada de Jesús cuando nos sentimos cansados, desanimados y perdidos!

 

Pero esta misma mirada se posa aún sobre las multitudes que sufren hoy, sobre cada hombre y cada mujer, sobre mí y sobre ti. ¿Por qué lo dudamos? ¿Acaso esta mirada de Jesús se ha vuelto miope? ¿O se ha endurecido su corazón?

 

Pidamos a Jesús que cruce su mirada con la nuestra y la cure.

 

Entonces dijo a sus discípulos: ¡La mies es mucha, pero los obreros son pocos!

 

¿La mies es mucha? ¡Quizá se refiera al vasto campo que hay que sembrar! No, habla precisamente de cosechas que hay que recoger, ¡y que corren el riesgo de perderse por falta de obreros!

 

¿Y dónde? ¡También aquí, donde decimos tan a menudo que solo abunda la cizaña! ¡Nos preguntamos incluso si vale la pena seguir predicando el Evangelio en esta sociedad a la que parece darle igual! Jesús, en cambio, con su mirada compasiva, ve aquí una cosecha que recoger en su granero.


«Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies».

 

¿Orar por las vocaciones? ¡Eso sí! Pero ¿por qué el Señor se deja rogar tanto? ¿No ve Él mismo que nos faltan presbíteros, religiosos, misioneros, testigos,…? Y, en cambio, el Señor nos hace orar para que podamos cambiar nuestra mirada y hacer que nuestro corazón se parezca al suyo. Para luego… ¡enviarnos a nosotros! Sí, no piensa tanto en los otros, en los demás,…, piensa en nosotros. ¡Y aquí la cosa se pone seria!

 

Llamó a sus doce discípulos y les dio poder sobre los espíritus impuros para expulsarlos y sanar toda enfermedad y toda dolencia.

 

He aquí que nos llama y nos prepara, no nos envía a la batalla sin más en esta tarea tan ingente. Se trata, de hecho, de luchar contra «los espíritus impuros» que atenazan a nuestro mundo. Son muchos: la guerra, el hambre, la injusticia, la explotación, el consumismo… ¡Hay que expulsarlos y enviarlos al infierno! Pero ¿creemos realmente en este poder que nos ha dado el Señor, la fuerza del mismo Espíritu que actuaba en Él?

 

Se trata, además, de sanar «toda enfermedad y toda dolencia», física y espiritual. ¡Todas! Porque el Señor quiere promover la integridad de la vida y nuestra libertad. ¡Pero cuidado! Somos sanadores heridos, no inmunes a estas dolencias: el egoísmo, la envidia, el amor propio, la indiferencia, el miedo, la duda, la violencia…

 

Los nombres de los doce apóstoles son: en primer lugar, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, aquel que luego lo traicionó.

 

Son doce. Representan a las doce tribus de Israel, a todo el Pueblo de Dios. ¿Solo hombres? No es esta una intención exclusivista de Jesús. Hoy estamos bien seguros de ello. Es la totalidad del número doce lo que importa.

 

En primer lugar, son personas muy diferentes, con sus virtudes y defectos, ciertamente no santos y capaces. ¡No sé cuántos serían aptos para entrar en nuestros procesos formativos! Esto es para decir que Jesús no busca personas perfectas, ¡sino a ti y a mí!

 

Los apóstoles son nombrados de dos en dos. No se trata solo de una cuestión mnemotécnica, sino de decir que no somos francotiradores. Somos testigos, con una comunidad a nuestras espaldas.

 

En esta foto de familia hay una figura incómoda: Judas. ¿Por qué?


Estos son los Doce a quienes Jesús envió, ordenándoles: «No vayáis a los paganos ni entréis en las ciudades de los samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

 

Ay, ay, ay, Jesús nos envía entre los nuestros, los vecinos, los de casa. ¿No dijiste tú mismo, Jesús, que ningún profeta es bienvenido en su propia tierra?

 

Por el camino, predicad, diciendo que el reino de los cielos está cerca. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, purificad a los leprosos, expulsad a los demonios. Gratis lo recibisteis, gratis dadlo».

 

¡Enviados para dar testimonio, con la sonrisa y la alegría, con la bondad y el perdón, de que el Reino de los cielos está cerca! ¡Enviados a obrar prodigios, no los espectaculares de algunos santos canonizados en los altares, sino los pequeños milagros cotidianos, gratuitos y a menudo inadvertidos, de gestos de amor capaces de curar las heridas, de resucitar la esperanza de alguien, de purificar a los leprosos en el alma y de expulsar a los demonios de los corazones!



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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