Una oración compasiva y misionera - San Mateo 9, 36-10,8 -
Jesús recorre las ciudades y aldeas de Galilea enseñando en las sinagogas, anunciando la Buena Nueva del Reino y atendiendo a los enfermos que encuentra (cf. Mt 9,35).
Su mirada llena de amor se posa en las personas que le
siguen, le escuchan y le piden que las cure de sus dolencias: «al
ver a las multitudes siente compasión»,
es decir, asume el sentir profundo de Dios (cf. Ex 34,6), sus entrañas de
misericordia ante las situaciones de debilidad y miseria en las que se
encuentran los hombres.
Aquí, en particular, el motivo de la conmoción de
Jesús consiste en ver a las
multitudes «cansadas y exhaustas, como ovejas sin pastor».
Si Moisés, movido a la compasión, había pedido a Dios
que pusiera al frente de los hijos de Israel después de él «un
hombre que los precediera, para que la comunidad del Señor no fuera un rebaño
sin pastor» (cf. Núm 27,16-17), aquí Jesús transforma su propio estremecimiento
interior, ante todo, en una constatación: «La mies es mucha, pero los obreros son pocos».
Él compara a la multitud con un campo de trigo listo
para la siega, imagen del día del juicio, cuando Dios recogerá a los suyos en
el granero (cf. Mt 3,12): es un campo inabarcable, porque muy extensa es la
dispersión de los hijos de Dios, a quienes Jesús ha venido a reunir en unidad
(cf. Jn 11,52)…
Luego, sin ceder a la tentación del desánimo, ordena a
sus discípulos: «Rogad al Señor de la
mies que envíe obreros a su mies». La mies pertenece a Dios y solo a Él
le corresponde la iniciativa de la cosecha, pero los discípulos deben orar para
que Dios envíe obreros que cumplan su voluntad.
Y la misión posterior de los Doce —tantos como las
tribus de Israel— aparece implícitamente como el resultado de esa oración.
Conocemos bien el acontecimiento del envío de los apóstoles por parte de Jesús «a las ovejas perdidas de la casa de Israel», primicia del envío pospascual a todas las naciones (cf. Mt 28,19-20): su misión consiste en anunciar que en Jesús el Reino se ha hecho muy cercano y en usar el poder que se les ha conferido para arrebatar terreno a Satanás. En una palabra, en vivir como su Señor y Maestro, y en hacerlo con extrema gratuidad: «Gratis lo recibisteis, gratis dadlo».
Pero esta página evangélica nos invita a detenernos
sobre todo en el hecho de que, en el
momento del envío a la misión, la primera orden es la oración. ¿Pero
por qué suplicar a Dios por lo que le concierne a Él? ¿Por qué pedir algo por
Él?
Aquí se esconde el gran misterio de la oración.
Es cierto que Dios, como Jesús, ve a las ovejas sin
pastor, ve las necesidades de la humanidad y de la Iglesia: pero Él quiere que
oremos, porque nosotros lo
necesitamos. El mismo Jesús pidió a los discípulos que pidieran lo esencial, es
decir, el Reino de Dios, prometiendo que todas las demás cosas les serían dadas
por añadidura (cf. Mt 6,33); pues bien, ¡es precisamente en el misterio de la
venida del Reino donde se sitúa también la oración por el envío de obreros a la
mies de Dios!
No es casualidad que en el «Padre nuestro» las
primeras peticiones que hace el discípulo sean las que se refieren a la
santificación del Nombre, la venida del Reino y el cumplimiento de la voluntad
de Dios (cf. Mt 6,9-10).
Orar para que el Señor llame y envíe es, por tanto,
una concreción de estas peticiones: para que sea santificado el Nombre y venga
el Reino, es necesario que se cumpla la voluntad de vida y de amor de Dios para
todos sus hijos dispersos y sin pastor…
En verdad, no hay misión auténtica que no vaya
precedida de la oración, del deseo orante de la Iglesia de que el Señor haga
oír su voz y, en su plena libertad, llame a hombres y mujeres.
Orar por las vocaciones significa, por tanto, confesar
que no es el individuo quien elige, no es la Iglesia quien llama en función de
sus propias necesidades, ni mucho menos son los cálculos mundanos los que
suscitan las vocaciones.
No, toda vocación cristiana es vocación desde lo alto, del Padre, a través del Hijo, en el poder
del Espíritu Santo: la llamada de Dios es más grande que el
discernimiento de una necesidad y que el cumplimiento de un servicio; es un don
que debe implorarse con perseverancia, en la certeza de que ¡solo Dios sabe quién y qué es necesario
para su cosecha!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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