Una misión que nace de la compasión y de la oración - San Mateo 9, 36-10,8 -
El Evangelio de San Mateo ofrece un resumen de la actividad cotidiana de Jesús: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35).
Anunciar el Reino y curar a los enfermos, estas son
las dos acciones que caracterizan la actividad cotidiana de Jesús en su
ministerio itinerante. Palabras y gestos que revelan su persona y que tienen su
origen en la compasión.
De hecho, es su mirada de compasión la que Mateo pone
en primer plano como inicio del episodio: «Al ver a la multitud, sintió compasión por
ellos» (Mt 9,36). Y al hacerlo, sitúa a cada lector, también a nosotros
ahora, hoy, ante esa mirada.
Otras tres veces el Evangelio según San Mateo habla de
la compasión de Jesús.
En 14,14 siente compasión ante la multitud que le había
seguido a pie mientras Él cruzaba el lago de Galilea. Jesús buscaba un lugar
apartado para estar a solas tras enterarse de la muerte de Juan el Bautista,
pero, al bajar de la barca, queda impresionado por las multitudes, por su
tenacidad al seguirlo, por su necesidad que se convierte en búsqueda
perseverante, en muda petición de palabra y presencia. Los ve como mendigos
sedientos de sentido, del sentido que solo él sabía dar. Y la compasión se
convierte en acción terapéutica: «curó a sus enfermos» (Mt 14,14).
En 15,32, de nuevo ante la multitud, Jesús siente
compasión, es decir, queda profundamente conmovido, pero la compasión para Él
nunca se queda en un nivel puramente emocional, sino que se convierte en
acción, socorro, ayuda. Jesús se hace eco de la necesidad de las multitudes,
que llevaban ya tres días con Él y estaban sin comida. Sentir compasión es
también ponerse en el lugar de los demás e intervenir en su favor. Aquí Jesús
sale al encuentro de su necesidad y los alimenta repartiendo panes hasta
saciarlos.
Por último, en 20,34 Jesús siente compasión ante dos
ciegos y los cura.
Traducimos con el término compasión lo que literalmente indica el desgarramiento del
corazón, una laceración visceral, el hecho de sentirse conmovido en lo más
profundo del ser por la percepción de la pobreza y el sufrimiento del otro.
Y en este relato Jesús ve a la gente y percibe su
cansancio y agotamiento. Los verbos utilizados están en pasivo e indican una
condición sufrida, que postra, agota, abate. Pero esta mirada no es en absoluto
de lástima, sino una mirada que ve la angustia de las multitudes con la mirada
de Dios.
San Mateo expresa esto mediante una referencia al
Antiguo Testamento. Su postración se debe a su condición de ser como un rebaño
sin pastor, por lo tanto, extraviado, sin dirección, perdido. La expresión se
refiere al pueblo de Israel en Números 27,17, en 1 Reyes 22,17 y en 2 Crónicas
18,16.
Por lo tanto, la mirada compasiva de Jesús es también
una traducción de la mirada divina que ve el abandono humano y se deja conmover
por él. El verdadero pastor no es indiferente al dolor y a las necesidades del
rebaño.
Si los hijos de Israel se le aparecen a Jesús como ovejas descarriadas (Mt 9,36; 10,6), también le parecen un campo de trigo listo para la siega (cf. Mt 9,37-38): la espera mesiánica de Israel ha llegado ya a su madurez, se necesitan obreros que anuncien el Evangelio del Reino.
Y Jesús pide a los discípulos que recen para que Dios
envíe obreros a la siega. Ante la inmensidad de la tarea («la mies es mucha»), Jesús
no se desanima ni se queja, sino que pide oración, y Él mismo confía a los Doce
la tarea de anunciar la cercanía del Reino con su presencia, palabra y acción. La misión, que es la continuación de la
acción de Jesús en la historia, nace de la compasión y de la oración.
Y si los discípulos son enviados a anunciar el Reino y
a curar a los enfermos (Mt 10,7-8), es decir, a continuar la actividad de
Jesús, también deberán orar a Dios,
«el señor de la mies», para que envíe obreros a su mies.
Esta última indicación significa reconocer que la
vocación cristiana proviene del Padre, de Dios, a través del Hijo, en el poder
del Espíritu Santo, y se caracteriza por el anuncio y el testimonio del Reino y
de sus exigencias, así como por el cuidado compasivo de los seres humanos.
La vocación no nace del análisis de la realidad de una
necesidad en la Iglesia o en la sociedad a la que uno se dispone a responder,
sino de la voluntad de Dios a la que uno se abre gracias a la oración.
Una comunidad cristiana que haya comprendido la
necesidad de la oración y la viva, es una comunidad en la que las exigencias
radicales de la vocación cristiana y la voluntad de Dios resuenan con vigor y
pueden encontrar hombres y mujeres dispuestos a acogerlas.
Como primicia de estos obreros «enviados» (Mt 10,2), he
aquí que Jesús llama a sí «a sus doce discípulos» y les
confiere poder para curar y sanar a los enfermos y para hacer retroceder y
derrotar a las potencias del mal. Y San Mateo sitúa aquí la lista de los Doce y
sus nombres.
La lista de los Doce revela el rostro concreto de una comunidad real: personalidades
fuertes que han dejado huella (Pedro y Andrés, Santiago y Juan) y figuras
desdibujadas de las que apenas se ha conservado el nombre (Tadeo) y de las que
no sabemos nada.
Y se evoca con discreción el camino que muchos
tuvieron que recorrer para constituir la comunidad de Jesús: Simón, que se
convirtió en Pedro; las dos parejas de hermanos llamadas a transformar sus
lazos de sangre en relaciones determinadas por el cumplimiento de la voluntad
del Padre (cf. Mt 12,50; 20,20-23); Mateo, que de recaudador de impuestos se
convirtió en discípulo y apóstol; Simón el cananeo, es decir, con un pasado de
zelota, de resistente armado antirromano. Por último, se menciona a Judas,
aquel que traicionó a Jesús.
Como toda comunidad cristiana, también la comunidad de
Jesús conoce glorias y alegrías, pero también miserias e infidelidades, y está
atravesada por acontecimientos dolorosos y trágicos (cf. Mt 27,5).
La misión a la que son enviados los Doce consiste en
hacer retroceder el mal, en hacer el bien como lo hizo su Señor Jesús, y en
predicar el Reino anunciado por Jesús en su persona. Se sitúa entre el don y la responsabilidad: «Gratis
lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10,8).
La misión se evoca en su totalidad no como un hacer,
sino como un recibir y un dar. Nos encontramos ante un proceso de transmisión:
de Dios a Jesús, de Jesús a los discípulos, de los discípulos a toda la
humanidad. Siempre bajo el signo de la gratuidad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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