¡Vosotros valéis! - San Mateo 10, 26-33 -
No tengáis miedo: valéis más que muchos gorriones. Cada vez que me encuentro ante estas palabras,
siento a la vez miedo y emoción: el miedo a no comprender a un Dios que se
esconde tras las criaturas más pequeñas: los gorriones y los cabellos de la
cabeza; la emoción de imágenes que me hablan de lo insospechado de Dios, que
hace por ti lo que nadie ha hecho, lo que nadie hará: te cuenta cada cabello de
la cabeza y te prepara un nido en sus manos. Para decirte que vales para Él,
que cuida de ti, de cada fibra de tu cuerpo, de cada célula de tu corazón:
enamorado de cada detalle tuyo.
Ni siquiera un gorrión caerá a tierra sin la voluntad
de vuestro Padre. Y, sin embargo,
los gorriones siguen cayendo, los inocentes siguen muriendo, los niños siguen
siendo vendidos por poco más de céntimos o arrojados apenas han emprendido su
breve vuelo.
Pero entonces, ¿es Dios quien los hace caer a tierra?
¿Es Dios quien rompe las alas de los breves vuelos que son nuestras vidas,
quien envía la muerte y esta llega? No.
Hemos interpretado este pasaje al eco de ciertos
proverbios populares como: «No se mueve una hoja sin que Dios lo quiera».
Pero el Evangelio no dice esto, sino que asegura que ni siquiera un gorrión
caerá al suelo sin que Dios esté involucrado, que nadie caerá fuera de las
manos de Dios, lejos de su presencia. Dios estará allí.
Nada sucede sin el Padre, es la traducción literal, y ciertamente no sin que
Dios lo quiera. De hecho, muchas cosas, demasiadas, suceden en el mundo en
contra de la voluntad de Dios.
Todo odio, toda guerra, toda violencia ocurre en
contra de la voluntad del Padre, y sin embargo nada sucede sin que Dios esté
involucrado, nadie muere sin que Él sufra su agonía, nadie es rechazado sin que
Él también lo sea (Mateo 25), nadie es crucificado sin que Jesús sea
crucificado de nuevo.
Lo que escucháis al oído, anunciadlo en las terrazas, en el lugar de trabajo, en la calle, en los
encuentros de cada día; anunciad que Dios cuida de cada uno de sus
hijos, que no hay nada auténticamente humano que no encuentre eco en el corazón
de Dios.
Temed más bien a quien tiene el poder de hacer perecer
el alma; el alma es vulnerable,
el alma es una llama que puede apagarse: muere de superficialidad, de
indiferencia, de desamor, de hipocresía. Muere cuando te dejas corromper,
cuando desanimas a los demás y les quitas el valor, cuando te dedicas a
demoler, a calumniar, a burlarte de los ideales, a difundir el miedo.
Por tres veces Jesús nos tranquiliza: No
temáis - vv. 26, 28, 31 -, ¡vosotros valéis! ¡Qué bonito es
este verbo! Para Dios, yo valgo. Valgo más, más que todos los gorriones, más
que todas las flores del campo, más de lo que me atrevía a esperar. Y si una
vida vale poco, nada vale tanto como una vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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