El Resucitado viene a nuestro encuentro
Si “el día después del sábado” (Jn 20,1) se abrió con la visita a la tumba de María Magdalena y con la carrera hacia el sepulcro de dos discípulos que encontraron el sepulcro vacío, ahora es el Resucitado quien visita el lugar donde están los discípulos. Habiendo ido a buscar a Jesús donde ellos pensaban que estaba, Jesús los alcanza donde ellos mismos están.
Ésta es la escena que nos presenta el Evangelio del II Domingo de Pascua.
La presencia del Resucitado a sus discípulos en la tarde del Domingo de Pascua produce un cambio en los mismos discípulos: un grupo de hombres asustados y encerrados en un lugar cerrado, simbólicamente similar a un sepulcro, resucita en una comunidad capaz de dar testimonio y anunciar.
El paso del miedo a la alegría dice que encontrar al Resucitado es experimentar la resurrección en la propia vida. El gesto de Jesús al soplar sobre sus discípulos es un gesto de creación (cf. Gn 2,7; Sb 15,11), de paso de la muerte a la vida (cf. 1 R 7,21; Ez 37,9), de las tinieblas a la luz (cf. Tb 11,11).
Encontrarse con el Resucitado significa también convertirse en testigos de la resurrección: el don del Espíritu con el poder de perdonar los pecados hace a los discípulos partícipes de aquella victoria de la vida sobre la muerte que es la resurrección. La remisión de los pecados es fruto y testimonio de la resurrección, por eso la Iglesia da testimonio de la resurrección de Jesús anunciando y realizando la remisión de los pecados entre los hombres.
La remisión de los pecados aparece como signo distintivo de la Iglesia que da testimonio del Resucitado, hasta el punto de que debe brillar y manifestarse en la Eucaristía (cf. Mt 26,28: «Esta es mi sangre derramada para la remisión de los pecados»), en el ejercicio de la autoridad (cf. Mt 16,19: autoridad de desatar y atar), en la misión (cf. Jn 20,23).
En nuestro texto la remisión de los pecados no es un poder jurídico, sino un carisma, un don, tanto que su condición es la recepción del Espíritu, el don de los dones.
El cuerpo traspasado y glorioso de Jesús narra sintéticamente toda su vida como vida de amor, es un cuerpo narrativo que manifiesta y habla de lo que él experimentó: el ágape. El cuerpo resucitado de Jesús habla de un amor vivido hasta el final y de un Espíritu que ha acompañado este amor hasta hacer de las heridas, de las llagas, de la muerte sufrida una oportunidad más de donación, de amor. El amor está en el origen de la resurrección.
El cuerpo resucitado de Jesús es un cuerpo narrativo, al ver el cual se ve algo más y más allá: se ve el amor del Padre, se ve el amor con el que el Hijo experimentó la traición de Judas y la negación de Pedro, así como la violencia de los soldados y la hostilidad de las autoridades religiosas. El cuerpo resucitado de Jesús es el cuerpo que narra la capacidad de perdonar, es decir, de hacer un don del mal que hemos sufrido. Y es un cuerpo que pide a la Iglesia convertirse en un cuerpo narrativo, un cuerpo que narre la misericordia de Dios y su capacidad de perdón y remisión de los pecados.
Se dice que los discípulos estaban encerrados en un lugar con puertas cerradas, a causa del miedo: el miedo y el encierro son las figuras de su desconcierto.
¿Dónde y cómo descubren entonces la presencia de Jesús? Esencialmente en el hecho de que todavía están juntos, en que permanecen unidos, aunque no estén juntos para evangelizar, para realizar la misión, para testimoniar, sino quizás sólo por miedo y porque no saben dónde más ir.
El Resucitado se manifiesta en su estar juntos, en su dar continuidad a ese todo que Jesús había querido y creado. A Tomás, que está en otro lugar, no se le manifiesta, quizá porque no tiene miedo como ellos. El texto subraya que Jesús se hace presente a ese grupo de personas temerosas, no a una sola. Jesús, especifica Juan por dos veces, se hace presente en medio, en medio de ellos. Hay un espacio “entre” donde hay una comunidad.
La vida comunitaria es pues también un lugar de experiencia pascual. Tomás, ausente en la primera manifestación de Cristo (Jn 20,19-23) y presente en la segunda (Jn 20,26-28), no necesita extender la mano y meterla en el costado de Jesús para vencer su incredulidad (Jn 20,24-25): el mismo hecho de estar junto a los demás en la comunidad cambia su situación.
La comunidad es lugar de experiencia de resurrección en el paso que induce del “yo” al “nosotros”, en el movimiento de muerte a sí mismo para vivir con y para los otros que suscita, en el acontecimiento por el cual las negatividades y los pecados de uno son conocidos, aceptados y no juzgados por los otros. Tomás, que no creyó el anuncio de sus hermanos, fue acogido –como un hombre incrédulo– en el grupo de discípulos reunido ocho días después.
El apodo de Tomás era “Dídimo” (Jn 20,24), que significa “gemelo”, “doble”. Es discípulo de Jesús, pero antepone sus exigencias a la fe; sobre la confianza en los hermanos prevalecen la dureza y la arrogancia. Sobre la objetividad y la continuidad de la presencia entre otros, prevalece una actitud singular e inconstante. Se trata pues de una figura de duplicidad.
En él cada creyente puede reconocer sus propias ambigüedades y duplicidades en la vida de fe, modos todos con los que nos defendemos del movimiento de confianza y nos aislamos. Pero la fe cristiana no puede vivirse individualmente, como una aventura aislada. Entre sus hermanos, Tomás hará su confesión de fe: de hecho, donde dos o tres están reunidos en su nombre, el Señor está en medio de ellos (cf. Mt 18,20).
Si la comunidad es lugar sacramental de presencia del Resucitado, lo mismo vale para la Escritura. El creyente encuentra el cuerpo del Resucitado en el cuerpo comunitario y en el cuerpo escritural (y, obviamente, en el cuerpo eucarístico): el libro del Evangelio, definido por Juan como «signos escritos» (Jn 20,30-31) capaces de suscitar la fe que lleva a la salvación, es decir, a la comunión de vida con el Señor, es sacramento del poder de Dios («el Evangelio es poder de Dios para todo el que cree»: Rm 1,16). Poder demostrado en la resurrección de Jesús de entre los muertos y que se manifiesta una y otra vez en la remisión de los pecados en el nombre de Jesús.
La comunidad y la Escritura son también los espacios que objetivan la acción del Espíritu al tiempo que son vivificados por Él. Comunidad y Escritura interactúan con el Espíritu creando una perichoresis, una circulación que se expresa plenamente en la liturgia: en ella el Espíritu vivifica al grupo humano convirtiéndolo en el cuerpo de Cristo y resucita las páginas antiguas de las Escrituras convirtiéndolas en palabra viva y actual de Dios para su pueblo.
La manifestación del Resucitado suscita la alegría de los discípulos (cf. Jn 20,21), cumpliéndose la promesa de Jesús: «Ahora estáis tristes, pero os volveré a ver y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16,22-23). La alegría de la Pascua, la alegría que nada ni nadie puede quitar, no elimina las heridas y los sufrimientos sufridos sino que, injertándolos mediante la fe en Cristo, puede convertirlos – evangélicamente – en algo: no en motivo de venganza o de revancha, sino de perdón y de amor, y alcanza así la «justicia superior» (Mt 5,20).
La fe en el Resucitado nace en Tomás a través del conocimiento de las llagas que Cristo lleva en su cuerpo. Y a través de la conciencia de que él mismo no es ajeno a este trabajo de traspasar: ¡Jesús le pide que entre en contacto con sus llagas! La fe pascual en los cristianos no puede nacer si no pasa por la conciencia de las llagas que se infligen al Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y que se infligen a sus miembros, los hermanos y hermanas en la fe. Sólo esta fe pascual es auténtica porque va acompañada del arrepentimiento y la conversión del propio creyente.
El Resucitado, hecho presente en medio de sus “ocho días después” (Jn 20,26), accede a las exigencias que Tomás había planteado como condiciones de su creencia, provoca en Tomás una reacción radicalmente diferente a la de unos días antes. ¿Por qué? Porque Tomás se encuentra aceptado incluso en sus exigencias, en su desconfianza. Tomás se encuentra amado en su incredulidad y perdonado. Y esto supera su resistencia.
Jesús no recurre a reproches, no pone en práctica estrategias de persuasión, sino que accede a lo que Tomás había exigido, demostrando que conoce en profundidad el corazón de este discípulo. Tanto es así que Tomás llega inmediatamente a la confesión de fe en Jesús como Señor y Dios. Tomás cree en el amor y se deja conquistar por él. Y renuncia a sí mismo, aceptando incluso ser visto como alguien que se contradice. Tomás se acepta a sí mismo aceptando ser amado.
Aquí pues Jesús proclama la bienaventuranza de los que creen sin haber visto. Y aquí están también las últimas palabras del texto evangélico sobre el Evangelio escrito: el Evangelio que contiene la narración escrita del amor de Dios y de la práctica del amor de Jesús de Nazaret.
Bienaventurado, pues, quien cree en el amor por mediación del Evangelio, así como por mediación de una comunidad cristiana.
La comunidad reunida ocho días después es una referencia a la comunidad cristiana que durante el tiempo de la Iglesia se reúne semanalmente para la Eucaristía dominical: ahora los lugares que narran sacramentalmente el amor de Dios son la comunidad cristiana, la Eucaristía, el Evangelio. Sin ver, sin evidencias tangibles, pero en la certeza de la fe, estos tres lugares son tres testimonios de amor que nos dicen que somos amados y que podemos aprender a amar, podemos convertirnos en personas capaces de amar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario