Una tarea abierta después del Concilio de Nicea (y Calcedonia)
El 20 de mayo o –según otras fuentes– el 19 de junio, se celebra el 1700 aniversario del Concilio de Nicea (325).
Tal vez, y desde cierto punto de vista, no habría mucho de qué alegrarse de aquellas primeras asambleas ecuménicas –convocadas por el emperador cerca de su casa para controlarlas mejor–, que concluyeron con la afirmación dogmática del «homousios» (el Hijo «de la misma sustancia» que el Padre) que luego provocaría no pocas y diversas dificultades.
Los historiadores lo han destacado bien: Constantino necesitaba reunificar el imperio también a través del instrumento del cristianismo, que gracias a él se estaba convirtiendo en la religión vencedora, y lo hizo imponiendo una determinada línea sobre todas las demás.
Limitándonos aquí a la única cuestión del Credo que todavía recitamos en la Misa, cuya versión fue completada entonces en el Concilio de Calcedonia (451), son muchos los problemas que Nicea nos ha transmitido y que hoy deberían interrogarnos al menos cada Domingo en que repetimos esa fórmula.
Al fin y al cabo, el buen Arrio –el sacerdote condenado por el primer concilio ecuménico por sus ideas sobre la divinidad de Cristo– propuso sólo una de las muchas y muy elaboradas teorías teológicas vigentes en la época para explicar la relación entre Dios Padre y el Hijo, una hipótesis quizá no exenta de defectos, pero, en cualquier caso, no lo es menos la que luego se convirtió en la única “ortodoxa”.
Para saber más, basta con echar mano de «La metáfora del Dios encarnado», una obra del teólogo reformado John Hick. Este autor (fallecido en 2012) no era, desde luego, un pirómano, y sin embargo sucede que su ensayo de cuerpo entero provoca no pocas reacciones resentidas entre los católicos de casa -basta pensar en el título...- o quizá pasa en silencio, que suele ser la táctica habitual para no abordar temas espinosos.
Ahora bien, el Concilio de Nicea fue precisamente un hito en la fijación de la «metáfora del Dios encarnado» en la doctrina. John Hick lo explica con palabras muy sencillas: “La Iglesia naciente tenía que explicar sus creencias a la cultura de habla griega del mundo mediterráneo, y al mismo tiempo a sí misma, en términos filosóficos aceptables; además, la paz del imperio exigía un cuerpo unificado de creencias cristianas. En consecuencia (...) en Nicea la Iglesia adoptó oficialmente por primera vez el concepto no bíblico de «ousia» de la cultura griega» y lo aplicó a Jesús; y así, quien hasta entonces había sido llamado “hijo de Dios” no en sentido literal sino según una “metáfora ampliamente utilizada en el mundo antiguo”, se convirtió en “el Dios Hijo metafísico, segunda persona de la Trinidad”.
El ensayo de John Hick está enteramente dedicado a documentar tal divinidad «metafórica», una tesis que obviamente parece explosiva y «herética» y que, en cambio, se ha ganado ya (en estos u otros términos) un amplio consenso entre los teólogos.
Ahora solamente me interesa subrayar lo dicho más arriba: la solución cristológica ideada en Nicea, e impuesta al cristianismo posterior hasta nosotros, no fue en absoluto la mejor, ni la más aceptada, ni la menos expuesta a dificultades.
Explicar en términos racionales que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre y de qué manera ocurre esto -argumenta el autor- no es posible. Hay que recurrir a la categoría de «misterio». Pero entonces incluso el dogma de las dos naturalezas en una sola persona -entendido literalmente- sólo puede ser una teoría entre otras, válida mientras se sostenga que es así y en todo caso sujeta a cambios.
A lo largo de los siglos se ha realizado un inmenso esfuerzo intelectual en lo que deben considerarse intentos infructuosos de formular el dogma de la encarnación como una afirmación literal… La historia, por otro lado, también muestra que la teología es una creación humana: ideas que en un sentido parecían obvias o divinamente autorizadas se han vuelto a veces inverosímiles o incluso ofensivas en otra época.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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