viernes, 5 de septiembre de 2025

Sí - Lucas 1, 26-38 -.

- Lucas 1, 26-38 -

Se presiente que llega la Navidad.

 

Nadie nos prohibirá acogerlo, a este Cristo de Dios. Nadie nos prohibirá hacer nuestra cueva en este año doloroso y sangriento. Nadie nos impedirá, finalmente, hacer de este tiempo un tiempo de cambio, de conversión, incluso de renacimiento.

 

Esto nos ha sido dado. Esto podemos hacerlo.

 

Y aquí estamos nosotros, preguntándonos si todavía queremos a un Dios así, si todavía tenemos ganas de ponernos en juego, de despertar, de sorprendernos y de sorprender.

 

Dios sigue naciendo, llegando, provocándonos, pidiendo hospitalidad y acogida.

 

Basta con que no cometamos el grave error de tomarnos a nosotros mismos por Dios.

 

Viene, otra vez, llama a las puertas de nuestro corazón. Irrumpe en lo cotidiano, tal como somos,  en medio de este mundo que parece fragmentarse e implosionar, en esta Iglesia que quiere seguir siendo tan tenaz y compasiva a pesar de nuestras evidentes limitaciones.

 

Aquí está, llega. Dios nace. Renace en cada uno de nosotros.

 

¿Estamos listos para acogerlo? Sigamos a María.

 

Un ángel

 

María fue tocada por Dios.

 

No sabemos cómo. Sabemos que tuvo la certeza de una teofanía, de la irrupción de Dios en su vida. No fue una ilusión, sino una percepción real en lo más íntimo, una profunda experiencia interior. No, no me cuesta creer que Dios se manifieste en el alma de quien lo busca. Que Dios sea algo más que nuestras convicciones y no creo en absoluto que la fe sea un sentimiento religioso, sino un encuentro real. Tan real que da miedo. María, en ese saludo, comprende que debe alegrarse porque Dios la ha llenado de gracia, porque el Señor está con Ella.

 

El saludo del ángel es una invitación a la alegría. Una alegría preventiva, independientemente de todo.

 

La alegría del cristiano. La alegría de saber que estamos en compañía de Dios.

 

Ella está llena de gracia porque Dios precede y suscita nuestra conversión, acompaña nuestra búsqueda, orienta nuestras decisiones.

 

Nosotros también estamos llenos de gracia. Nosotros también estamos llenos, si antes tenemos el valor de vaciarnos. Nosotros también nos hacemos capaces de Dios. Recipientes del Absoluto.


 

Turbamientos

 

María está turbada. Cómo no.

 

¿Cómo no sentirse abrumada y trastornada por la repentina visita de Dios? ¿Cómo no ceder ante el soplo de Dios? ¿Ante la belleza del Altísimo? ¿Cómo no sentir un escalofrío cuando nos damos cuenta de que Dios es, y está presente, y es hermoso?

 

María está turbada, conmocionada. Dios es y está ahí.

 

Dios irrumpe en la vida de María para hacerla fecunda, para hacer grandes cosas a través de Ella.

 

Su hijo será grande, como todos los hijos, pero también será fuente de bendición para muchos. Dios siempre viene para hacer grandes cosas en nosotros para los demás. También en mí.

 

María, como todas las hijas de Israel, sabe que el pueblo espera un libertador, un nuevo rey David que devuelva el valor y la gloria al pueblo elegido por Dios.

 

Ahora está sucediendo, por fin.

 

¿Pero cómo?

 

Concreciones


Entonces María dijo al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». (Lc 1,34)

 

Son las primeras palabras de María.

 

Y son como un tren en marcha.

 

Hasta aquí la habíamos imaginado intimidada, una adolescente recatada que escucha el grandilocuente anuncio del príncipe de los ángeles. Pero no, no es así en absoluto.

 

María no es tímida ni torpe.

 

Da escalofríos ver cómo se enfrenta a Gabriel, cómo interactúa con determinación y lucidez. Sus primeras palabras —una petición de aclaración— revelan a una mujer adulta, una creyente inteligente y serena, una persona concreta y con los pies bien plantados en la tierra.

 

¡Mirad a la joven que interroga al atónito Príncipe de los Ángeles!

 

¡Sed orgullosas, hijas de Eva, de tanta fuerza, tanta gracia, tanta audacia!

 

¡Aprended, hijos de Adán, de tanta concreción y determinación!

 

La adolescente que se atreve, que replica, que pregunta.

 

Y, sin embargo, así es como debemos actuar. Esta es la actitud que debe adoptar el creyente.

 

El Dios que se cuenta en la Biblia, el que se revela definitivamente en Jesús, es un Dios que no trata a los hombres como siervos (Jn 15,15), sino como hijos, que los pone en pie de igualdad (Sal 8,5-6), que acepta que se le cuestione (Gn 18).


 

Explicaciones

 

El Ángel explica, interviene, no esperaba una objeción tan sensata, tan oportuna.

 

Dios entra en su seno, el Infinito se contrae en su vientre inmaduro y ella pregunta: ¿cómo es posible si no ha tenido relaciones conyugales con José?

 

Cae el silencio. Todo se detiene. Todo está inmóvil.

 

Dios espera una respuesta.

 

María es joven, claro, pero no ingenua.

 

¿Qué habría pasado al día siguiente? ¿Con José? ¿Con Ana y Joaquín, sus padres?

 

¿Quién le habría creído? Ella misma, ¿cómo habría podido recordar ese momento sin dejarse llevar por las dudas? ¿Sin sentirse agotada?

 

¿Qué habríamos respondido nosotros?

 

 

El silencio se rompe. María ha elegido.

 

Sabe que su vida no le pertenece, que es un don y lo ofrece.

 

Su respuesta es directa, precisa, una disponibilidad razonada que revela la profundidad del alma de la adolescente. Uno se prepara para las grandes decisiones día a día, y ella está lista. Hace tiempo que ha dedicado su vida al servicio de Dios. Sabe que todos somos servidores de la felicidad de los demás. Sabe que la vida o se entrega o se marchita. Lo sabe.

 

Si esta noche estoy aquí escribiendo, retomando esta página, si, dentro de poco, tomaré un salmo para encomendar mi día a Dios, si he acogido la fe, si tengo un horizonte de esperanza, si creo, con esfuerzo pero con tenacidad, después de tantos años, si viviré de todos modos esta Navidad como una gracia, es gracias a ese «sí». El «sí» pronunciado por una adolescente en un pueblecito perdido en medio de la nada.

 

Estamos aquí gracias a ese «sí».

 

Y comienza la salvación.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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