¡Venga a nosotros tu Reino!
En nuestra época, hablar de responsabilidad ética a la luz del Evangelio también significa evitar al menos dos reducciones opuestas pero igualmente engañosas.
Por un lado, la de una fe anestesiada, reducida a un calmante social, a un bálsamo que promete consuelo futuro sin afectar al presente; por otro, la de una religión reducida a mera operatividad, valorada solo por su capacidad de intervenir en lo social (hospitales, inmigración, caridad organizada, educación …).
La primera corre el riesgo de someter el mensaje evangélico a un poder que lo utiliza para mantener el statu quo, transformándolo en un Evangelio que no perturba, no provoca, no libera.
Pero también la segunda, más sutil, vacía la fe de su
centro vital: el mundo del trabajo social hoy pide a la Iglesia más acción que
Espíritu, más presencia concreta que visión trascendente. La teología, los
sacramentos, el propio anuncio de la Gracia son fácilmente relegados como
elementos secundarios o incluso divisivos, en comparación con la práctica.
El cristianismo no puede ni debe reducirse ni a ideología ni a servicio, porque es increíblemente más que eso. No es solo una promesa futura, ni solo una ONG comprometida con lo social. En su esencia, el cristianismo une el cielo y la tierra, la acción y la contemplación, la liberación material y la salvación espiritual, en un equilibrio muy sutil.
San Pablo escribe: «Que el Dios de la paz os santifique por completo, y que vuestra persona, espíritu, alma y cuerpo, se conserven irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 5,23).
Es esta visión integral del hombre y de la historia la que propone el Evangelio: una fe que actúa en el presente, pero que nunca pierde el aliento de la eternidad; que se convierte en caridad concreta, pero siempre arraigada en la verdad y en la Gracia.
Incluso una Iglesia que se limita a hacer el bien, reducida a una ONG, puede terminar inconscientemente sirviendo a un sistema injusto. Puede volverse funcional a un orden que acepta la pobreza siempre que se gestione, el sufrimiento siempre que se silencie. Se curan las heridas, pero no se tocan las causas. E incluso las buenas obras pueden convertirse en una forma de anestesia.
La cuestión es que Jesús no se limita a consolar: su
acción en la historia es profundamente, intrínsecamente liberadora. Y sus palabras, sobre todo las más duras, siguen siendo piedras vivas que
nos invitan a servir a lo eterno a través de lo mundano, a estar en el mundo,
desde las calles hasta las salas del poder, con el reto de no pertenecer a él.
Las bienaventuranzas de las que habla Jesús son el movimiento vertical hacia lo eterno: la referencia a la justicia de Dios, a la dulce promesa que supera la medida de nuestro actuar falaz. Las maldiciones opuestas —tal y como aparecen en el Evangelio de Lucas— son lo horizontal: nos llaman a la acción concreta, a la responsabilidad de tomar posición en la historia.
La tensión entre verticalidad y horizontalidad está simbolizada a la perfección por la cruz. Mucho más que un mero signo religioso, la cruz es la figura teológica en la que se encuentran el cielo y la tierra, lo inmenso y lo finito.
El eje vertical indica la apertura al Padre y la confianza en su justicia; el eje horizontal es el abrazo a toda la humanidad, con sus alegrías y sus desgracias. Sin la verticalidad, la horizontalidad se reduce a un activismo vertiginosamente afanado en perseguirse a sí mismo, pero sin meta. Sin la horizontalidad, la verticalidad se convierte en un espiritualismo evanescente, ajeno a la carne del mundo.
Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, encarna la Cruz. Es el Verbo Eterno y, al mismo tiempo, el Hijo del Hombre; la mejilla ofrecida al ofensor y la mesa de los mercaderes traficantes volcada; la mirada dirigida al cielo y las manos sumergidas en el polvo de las calles; es el amor universal y la concreción de un hombre que toca, cura, llora, sufre.
En Cristo crucificado, el horizonte divino y el humano se cruzan de manera definitiva y perfecta. La cruz se convierte así en el lugar donde Dios se deja tocar, el punto en el que lo Infinito entra en la historia.
El Verbo se hizo carne y vino a habitar entre nosotros (Jn 1,14).
No es casualidad que Jesús se encarnara entre los pobres. Si hubiera nacido entre los más ricos y poderosos, difícilmente habríamos podido captar la profundidad de su humanidad. La riqueza protege, aísla, distorsiona la mirada y sacia el hambre y la sed. La pobreza, en cambio, revela, abre, involucra.
La pobreza, tanto material como del corazón, de las relaciones y de las certezas, crea un espacio de espera, de vulnerabilidad, de silencio. Es allí donde Dios elige entrar, llamando a una puerta que nos corresponde abrir. Porque el Evangelio no se impone desde arriba, sino que se deja acoger por quienes tienen hambre y sed de Dios.
Isaías lo había profetizado con palabras sorprendentes: «No tiene apariencia ni belleza que atraiga nuestras miradas» (Is 53,2). El Mesías no es reconocible por su belleza física, ni por su rango social: es reconocible porque comparte las heridas del hombre, y precisamente este compartir permite a la humanidad reconocer en él el rostro de Dios.
Esta es la pobreza que revela: la que nos obliga a dejar de fingir autosuficiencia. Revela porque nos libera de la necesidad de aparentar. Abre porque derriba las barreras del orgullo. Involucra porque nos obliga a reconocer en el otro, frágil como nosotros, una parte de nosotros mismos. Y precisamente en esta desnudez del encuentro, se abre espacio el rostro de Dios.
Ante Dios debemos ser como niños, completamente dependientes de nuestros padres para nuestras necesidades más vitales; solo así podemos realmente revestirnos de mansedumbre, que es la virtud de los fuertes, ya que nos permite renunciar al ego y beber de la fuerza que viene de lo eterno.
En el fondo, la pobreza evangélica no es un ideal
social, sino un camino espiritual: nos enseña a saber recibir y confiar.
A encontrar a Dios no en el poder orgulloso, sino en el compartir gozoso. No en
la fuerza prepotente, sino en el amor humilde que se rebaja. Jesús no eligió a
los pobres por ideología, sino porque solo quien sabe que necesita ayuda está
dispuesto a dejarse salvar.
Dios no ha elegido el camino de la gloria perfecta, que ya le pertenecía, en la que ya habitaba, sino el camino de la imperfección humana, de la existencia herida. Y precisamente allí, donde todo parece faltar, se revela la perfección de su amor.
La responsabilidad ética del cristiano nace de esta mirada: ver en cada fragilidad una llamada, en cada pobreza un lugar teológico, en cada dolor una ocasión para encarnar la justicia del Reino, caminando sobre una cuerda tensa entre la acción y la contemplación, entre el misticismo y la presencia en el mundo.
El Evangelio nos regala una mirada vertical capaz de convertirse en acción horizontal, porque la cruz hace posible lo imposible. Y solo en el punto en el que se entrelazan la responsabilidad humana y la justicia divina podemos encontrar el Reino que viene, y que comienza aquí, ahora, en nuestras elecciones cotidianas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





No hay comentarios:
Publicar un comentario