La vulnerabilidad como punto de partida
La vulnerabilidad es una característica fundamental del ser humano, es una forma de expresar la humanidad. Etimológicamente, vulnerable deriva del latín vulnerabilis, del verbo vulnerare: herir.
Vulnerable significa débil, delicado, frágil,
indefenso, inerme, endeble, desvalido… susceptible de ser herido.
Cuando se habla de vulnerabilidad frente a los abusos,
se hace referencia más habitualmente a los menores y a los adultos vulnerables
- personas con deficiencias físicas, cognitivas y psicológicas -.
Considerando la vulnerabilidad dentro de este
horizonte, seguramente algunas personas están objetivamente más expuestas de
forma permanente a cualquier tipo de abuso.
Pero quizá también hay que ser sensibles a otras
vulnerabilidades.
Por ejemplo, quienes atraviesan etapas y momentos de vulnerabilidad transitoria.
Me refiero a etapas relacionadas con las vicisitudes
de la vida: duelos, separaciones, enfermedades, pérdida del trabajo,
dificultades para llevar adelante con dignidad la propia vida,…
Otro dato importante para la reflexión que surge de la
observación atenta de cada situación de abuso —de conciencia, espiritual,
económico, sexual— es que la vulnerabilidad es un riesgo potencial inherente a
toda relación educativa, en el momento en que quien debería ser responsable
pierde la finalidad y el estilo del servicio educativo y, de manera más general,
el verdadero significado de ser ‘autoridad’.
La vulnerabilidad también está intrínsecamente
relacionada con la alianza de confianza: nos volvemos más vulnerables
precisamente en el momento en que nos abrimos y nos confiamos dentro de una
relación de confianza, tan valiosa en una relación (especialmente en una
relación educativa).
No es extraño que precisamente quienes viven con mayor
sensibilidad, sinceridad y generosidad puedan llegar a ser más vulnerables.
Digo todo esto porque es importante tener en cuenta
que la condición de vulnerabilidad no depende solo de la edad o de la posible
discapacidad de la persona, sino también de la situación existencial personal
y, no lo olvidemos, de la diferencia de poder, de rol y de autoridad en la
relación.
Puede ocurrir que quienes hablan de la vulnerabilidad exclusivamente de los menores callen y oculten una parte importante de la realidad de los abusos de autoridad, de conciencia, espirituales y sexuales.
La cultura de la vulnerabilidad es un contenido que
debe cultivarse en la formación de líderes y responsables (también en el ámbito
educativo, pastoral, espiritual).
También en la formación de los presbíteros y las
autoridades eclesiásticas es decisiva la cultura de la vulnerabilidad para
aprender a integrar, en primer lugar, las propias partes vulnerables y, a
continuación, para vivir relaciones respetuosas y empáticas.
En el drama de los abusos emerge un triple y grave
desconocimiento de la vulnerabilidad: del otro, de uno mismo y - especialmente
para los cristianos - del Dios de Jesucristo. ¡Se necesita una profunda
conversión, no solo cultural, sino también espiritual!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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