sábado, 21 de febrero de 2026

"Tengo sed": sed infinita - San Juan 4, 5-42 -.

"Tengo sed": sed infinita - San Juan 4, 5-42 -

«De hecho, has tenido cinco maridos y el que tienes ahora no es tu marido...»... es el sexto hombre.

 

Cinco maridos, el actual es el sexto, y tu sed no se ha saciado.

 

Es el sexto hombre y te avergüenzas de ese deseo que aún te quema por dentro y temes ese hambre de amor que no te da tregua, temes haber agotado tu vida, haber cometido un error, te sientes fuera de lugar, sientes que te has engañado seis veces sin haber aprendido la lección, por eso te escondes, mujer samaritana, por eso eliges la hora más calurosa del día para bajar al pozo, así esperas no tener que encontrarte con nadie más, así esperas no correr más el riesgo de volver a enamorarte, porque en el pozo se enamora, se encuentra, el pozo es el lugar bíblico del cortejo.

 

Pero no has contado con el séptimo hombre.

 

Estás cansada, mujer samaritana, cansada quizás de escuchar el hambre de amor que se agita en tu corazón, cansada de ilusionarte, cansada de creer que se puede encontrar la plenitud de la felicidad en este sexto día que es nuestra vida, en esta condena diaria, la de sacar solo agua suficiente para un día, agua buena solo para alejar la muerte unas horas más.

 

Estás cansada, mujer samaritana, un poco como todos nosotros, de creer en el mito de la felicidad, y ahora crees que es mejor estar sola y caminar despacio y escondida e intentar lamer las heridas provocadas por tus ingenuas ilusiones.

 

Pero ese día, el séptimo hombre decide mostrarse, e increíblemente está cansado y necesitado, y tú no lo esperabas, no lo esperabas así.

 

El séptimo hombre no da miedo, es demasiado débil y tan diferente de los otros que te habían cautivado con promesas en las que habías decidido creer.

 

El séptimo hombre no tiene ninguna posibilidad de ilusionarte. De decepcionarte, tal vez, porque no puede darte nada, es un trozo de vida cansada, sientes que se parece a ti.

 

Es él quien te pide agua y tú, mujer samaritana, extranjera, respondes, al principio, como siempre has hecho, con un desdén irritado que, sin embargo, no logra ocultar del todo la satisfacción de ser, una vez más, cortejada.


Pero con el séptimo hombre todo es diferente, él es auténtico, está ahí y parece no mentir, se muestra tal como es, sin falsedad, y a ti ya te parece un milagro.

 

Tiene sed y pide agua, sin máscaras, por suerte sus discípulos habían bajado a la ciudad, tú aún no lo sabías, pero has tenido suerte, habrían entorpecido, como siempre, los mecanismos del amor.

 

Él estaba allí, cansado y sentado, y pedía agua. Tenía sed.

 

No le importaba nada prometer, no parecía capaz de seducir, lo que hacía el séptimo hombre era: revelar. Su palabra era tierna y precisa, sin sombras, una lámina de luz que hacía visible lo real.

 

El séptimo hombre pidió agua y tú, en ese momento, empezaste a desligarte del sexto marido, había un nuevo mar que surcar en sus ojos, solo este hombre cansado y necesitado estaba reconociendo en ti una posibilidad.

 

Quizás esto es lo que busco, pensaste, alguien que se fije en mí.

 

Eras capaz de dar de beber, de ofrecer algo, de acercarte a la necesidad de otro, ya ni siquiera lo recordabas. Aún estabas viva. Empezaste a creer en esos ojos y en esas palabras.

 

Aún no sabías que el rostro del séptimo hombre era el rostro divino, aún no sabías que era ese séptimo hombre nacido en el pesebre para llorar su necesidad de amor, aún no podías saber que el séptimo hombre sería masacrado, pero que incluso desde la cruz seguiría gritando su divina fidelidad a todos los hombres:

 

«¡Tengo sed!», gritaría, siempre he tenido sed, siempre tendré sed de vosotros, siempre os esperaré en el pozo, más allá del borde de vuestras seis ilusiones. Tú fuiste la primera, mujer samaritana, en escuchar la sed de Dios.

 

No fue fácil comprenderlo, acostumbrada al trágico juego del sexto día, donde se mueve por necesidad y oferta, donde solo gana quien puede garantizar respuestas, al principio no entiendes que el séptimo hombre te está llevando a una lógica de vida nueva, en el séptimo día, donde la verdad viene dada por el encuentro amoroso entre dos corazones hambrientos el uno del otro, tú, mujer samaritana, no entiendes, y nosotros también seguimos teniendo dificultades, que el Creador no es el omnipotente que llena nuestros vacíos, sino el tierno encuentro entre dos necesidades de amor.

 

El rostro divino tiene rasgos necesitados y cansados y espera que lo tomemos en nuestros brazos.

 

Entonces empiezas a creer realmente que algo nuevo está sucediendo, pero «el pozo es demasiado profundo», dices, y tienes razón, han excavado seis amores en ti y solo te han agotado, sabes bien lo profundo que es tu dolor, lo profundo que es tu hambre de amor, lo profundo que es tu desorientación, lo profundo que es el agujero negro que llevas dentro.

 

Lo sabes bien.

 

Y entonces lo provocas.


Provocas al séptimo hombre. Y también nosotros deberíamos aprender a provocar al Padre, a no conformarnos, «dame esa agua, para que no tenga más sed y no siga viniendo aquí a sacar agua».

 

Pero el séptimo hombre sabe bien que esa es una petición equivocada, que te estás engañando otra vez, que es el gran error, la causa de todo tu dolor y el nuestro: creer que la sed es el verdadero problema, creer que estamos hechos para saciarnos.

 

No es así. No es así el perfil del Padre, no es así el hombre, no es así el amor.

 

Si dejaras de tener sed y dejaras de estar cansada y no volvieras al pozo, simplemente estarías muerta. La ilusión de llenar los vacíos es la condena de los hombres y mujeres del sexto día.

 

Jesús, el séptimo hombre, viene cansado y necesitado para desmontar esa lógica. Lo divino está cansado y necesitado precisamente porque el amor o está cansado y necesitado o no es amor.

 

Jesús, el séptimo hombre, dice que es precisamente la capacidad de morar en el Vacío, nuestra capacidad de acogernos tal y como somos: hambrientos crónicos de amor, lo que nos puede transformar en fuentes de agua viva.

 

Es otra de las paradojas del cristianismo: la fuente no es quien satisface las necesidades ajenas, sino cada hombre y cada mujer que sabe compartir el hambre infinita de amor, que no es otra cosa que hambre de Infinito.

 

La cruz es fuente, el sepulcro vacío es fuente.

 

El séptimo hombre irrumpe en el sexto día para liberarnos, para decir a sus discípulos que hay un hambre que no se puede saciar, que hay otro alimento que nuestro corazón reclama, que hay que huir de la tentación de creer que hay aquí una persona, un lugar, un sueño cumplido capaz de llenar el pozo que llevamos dentro.

 

En cambio, cantar nuestra sed de amor, llorar de nostalgia, buscar al hombre del pozo, al que nos dice que esa sed infinita de amor es lo más preciado que tenemos, que solo bajando a ese pozo, a ese sepulcro, solo desde allí podremos vislumbrar el corazón de un Padre sediento de nosotros, solo desde allí seremos finalmente elevados a la plenitud del séptimo día, solo desde allí seremos recogidos por manos sedientas de nosotros y colocados finalmente en ese flujo continuo de amor que será ya en la eternidad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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