¿Y por qué no una nueva reflexión carismática?
Durante muchos años, nuestra reflexión carismática, congregacional, espiritual,…, ha estructurado su lenguaje y sus categorías interpretativas sobre la base de paradigmas filosóficos y antropológicos heredados del mundo clásico y medieval.
Conceptos como salvación, trascendencia,
espiritualidad, alma,…, se han elaborado dentro de marcos conceptuales estables, en
los que la verdad se entendía como universal e inmutable.
Hoy, sin embargo, el panorama cultural ha cambiado
radicalmente: la filosofía posmoderna ha cuestionado las grandes narrativas y
las certezas absolutas, las neurociencias han redefinido la comprensión de la
mente y la conciencia, y las nuevas formas de espiritualidad han abierto
espacios de investigación interior que no siempre coinciden con las formas de
las instituciones religiosas tradicionales.
La filosofía posmoderna, con pensadores como Derrida, Lyotard, Vattimo,…, ha socavado la pretensión de fundamentos absolutos y de un único punto de vista privilegiado.
Para nuestra reflexión, esto significa
abandonar toda tentación de monopolio interpretativo y abrirse a una pluralidad
de lecturas de lo que consideramos origen, patrimonio, verdad, tradición,…
Este paso implica un lenguaje menos dogmático y más
dialógico, en el que la verdad no es una posesión estática, sino un camino
relacional, construido en el encuentro con el otro y en la revisión continua de
las propias categorías.
El mundo contempla un florecimiento de
prácticas espirituales que no se sitúan dentro de los límites de las
confesiones religiosas tradicionales: meditación laica, mindfulness, prácticas
de sanación energética, espiritualidad ecológica…
Estas experiencias, que a no pocos les parecerán híbridas y sincréticas, desafían a la reflexión a preguntarse dónde y cómo actúa el Espíritu fuera de los canales institucionales y tradicionales.
Por ejemplo, nos invitan a
reconocer que el deseo de sentido, de comunión, de trascendencia,…, se expresa
en formas culturalmente variables y en continuo cambio.
Reconsiderar nuestras categorías carismáticas, congregacionales,
espirituales…, en este contexto significa aceptar un doble movimiento:
1.-
crítico, para de-construir las
categorías que ya no se sostienen en el siglo XXI y a la luz de nuevas perspectivas
y conocimientos;
2.-
creativo, para generar un lenguaje
capaz de dialogar tanto con la sensibilidad como con la reflexión espiritual
contemporánea.
Si nuestra reflexión quiere seguir siendo relevante y
significativa para ser re-propuesta a las nuevas generaciones no puede
limitarse a defender modelos heredados y a repetir esquemas ya manidos, sino
que debe aprender a ser una reflexión «porosa», abierta al flujo de ideas y
descubrimientos que transforman nuestra comprensión del ser humano y de Dios.
No se trata de elegir entre tradición y modernidad. El
reto es más bien el de un diálogo profundo, en el que la reflexión carismática,
congregacional, espiritual se convierta en un lugar de interpretación capaz de
mantener unidas todas las dimensiones y, particularmente, las emergentes en la
mentalidad y sensibilidad contemporáneas.
En esta perspectiva, la verdad no es una fortaleza,
sino un terreno en camino, continuamente redescubierto, mientras se transita y
peregrina, a través de la escucha, la humildad y el valor de repensar sus
propios fundamentos no desde un presente deudor de un pasado al que referirse y
en el que anclarse, sino de un presente grávido de futuro.
Y todo ello porque el carisma no es una recopilación actualizada de lo que hemos sido (y que no deja de ser un ejercicio de arqueología irrelevante para distraerse en algo) sino una provocación divina de lo que anhelamos ser hoy y mañana.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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