lunes, 15 de junio de 2026

Amar es dar - San Mateo 10, 37-42 -.

Amar es dar - San Mateo 10, 37-42 -

Quien ama a su familia más que a mí, no es digno de mí.

 

Pero entonces, ¿quién es digno de ti, Señor, de tu altísima exigencia? Padre, madre, hermano, hija... son las personas más queridas para mí, indispensables para vivir de verdad. Son ellos quienes cada día me impulsan a ser sincero, auténtico, a convertirme en lo mejor de lo que puedo llegar a ser.

 

Pero la suya no es una competición de emociones, de la que sabe que no saldría vencedor salvo en el caso de unos pocos héroes, santos o profetas de corazón ardiente. Y, sin embargo, sabemos que nadie coincide con el círculo de su familia. ¡Incluso para unirse a la que ama, el hombre dejará a su padre y a su madre!

 

El Evangelio, la cruz y la Pascua, una eternidad de luz, no se explican centrándose solo en la familia, ni tampoco una historia de justicia, un mundo en paz.

 

Hay que romper el pequeño perímetro e introducir rostros y nombres en el círculo de la propia sangre, generar de otra manera vida y futuro; desprenderse, perder, romper la eterna repetición de lo que ya ha sido.

 

Quien haya perdido, encontrará. Perder la vida no significa dejarse matar: una vida solo se pierde como se pierde un tesoro, donándola. En realidad, solo poseemos lo que hemos donado a los demás. Como la mujer que, impulsivamente, dona al profeta Eliseo pequeñas porciones de vida, pequeñas cosas: una cama, una mesa, una silla, una lámpara, y recibirá a cambio una vida entera, un hijo, junto con el valor para afrontar el futuro.

 

Vuelvo a sentir el eco de las palabras de Jesús: «Quien haya perdido su vida por mi causa, la encontrará».

 

Jesús habla de una causa por la que vivir, que vale más que la vida misma. Y Él, que la perdió por la causa del hombre, la ha recuperado.

 

De hecho, el verdadero drama de los vivos es no tener nada ni a nadie por lo que valga la pena arriesgar y dedicar la propia vida.

 

Y a nosotros, asustados por el compromiso de dar vida y seguir una causa que valga más que nosotros mismos, Jesús añade una frase muy dulce: quien haya dado aunque solo sea un vaso de agua fresca no perderá la recompensa.

 

Cruz y agua, darlo todo y dar casi nada.

 

Los dos extremos de un mismo movimiento, un gesto vivo, significado por ese adjetivo tan evangélico: ¡fresca! ¡El agua debe ser fresca! Es decir, obtenida y conservada con cuidado, la mejor agua que tengas, agua cariñosa, hermosa, con el eco del corazón en su interior.

 

La vida en el agua: maravillosa pedagogía de Jesús, según la cual no hay nada demasiado pequeño para quien ama.

 

Donde amar no equivale a emocionarse o a temblar por una criatura, sino que se traduce en el otro verbo, siempre apresurado, sencillo y concreto, activo, urgente, de manos limpias y alegres como el agua fresca: el verbo dar.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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