Todo tú en juego - San Mateo 10, 37-42 -
Quien ama a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
Una exigencia que parece inhumana, que choca con la
belleza y la fuerza de los afectos, que son la primera felicidad de esta vida,
lo más cercano al absoluto, aquí abajo, entre nosotros.
Jesús nunca engaña; quiere respuestas meditadas,
maduras y libres. No enseña ni el desamor, ni una nueva jerarquía de emociones.
No le quita amores al corazón hambriento del hombre, sino que añade un «algo
más», no una limitación, sino una potenciación.
Jesús nos nutre de traspasos de límites. Como si
dijera: Tú sabes lo bonito que es dar y recibir amor, lo mucho que cuentan los
afectos de tus seres queridos para poder sentirte bien; pues bien, yo puedo
ofrecerte algo aún más bonito.
Nos recuerda que para crear la nueva arquitectura del
mundo se necesita una pasión tan fuerte como la de la familia. Está en juego la
nueva humanidad. Y así ha sido desde el principio: por eso el hombre dejará a su
padre y a su madre y se unirá a su mujer (Gn 2,24).
Abandono, por la fecundidad. Padre y madre «menos amados», dejados por otra existencia, es la ley de la
vida que crece, se multiplica y nada la detiene.
Segunda exigencia: quien no tome su cruz y no me
siga.
Ante todo, no identifiquemos, no confundamos la cruz
con el sufrimiento. Jesús no quiere que pasemos la vida sufriendo, no desea
crucificados a su servicio: hombres, mujeres, niños, ancianos, todos clavados
en sus propias cruces.
Quiere que sigamos sus pasos, yendo como Él de casa en
casa, de rostro en rostro, de acogida en acogida, tocando llagas y partiendo el
pan. Gente que sepa amar, sin medias tintas, sin contar, hasta el fondo.
Quien pierde su vida, la encuentra. Juego verbal entre perder y encontrar, una paradoja
vital que está seis veces en boca de Jesús. Entendamos: perder no significa
dejar escapar la vida o perderse, sino dar, activamente. Como se hace con un
regalo, con un tesoro gastado gota a gota.
Al final, nuestra vida solo es rica en lo que hemos
regalado a alguien.
Por pequeño que sea: quien haya dado aunque solo sea
un vaso de agua fresca, no perderá la recompensa. ¿Cuál? Dios no recompensa con
cosas. Dios no puede dar nada menos que a sí mismo. La recompensa es Él.
Un vaso de agua, una nimiedad que incluso el más pobre
puede ofrecer. Pero hay un toque especial, propio de Jesús: debe ser agua
fresca, buena para el gran calor, la mejor agua que tengas, casi un agua
cariñosa, con el eco del corazón en su interior.
Dar la vida, dar un vaso de agua fresca, resume la
extraordinaria pedagogía de Jesús.
El Evangelio está en la Cruz, pero todo el Evangelio
está también en un vaso de agua fresca. Con el corazón en su interior.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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