La llamada de un más o de un plus - San Mateo 10, 37-42 -
Un Dios que exige ser amado más que un padre y una madre, más que los hijos y los hermanos, lo que parece ir en contra de las leyes del corazón. Pero la fe, para ser auténtica, debe conservar un núcleo subversivo y escandaloso, el aguijón del más o del plus, un ir a contracorriente y más allá de la lógica humana.
No es digno de mí. Por tres veces resalta en la página esta dura
afirmación del Evangelio. Pero, ¿quién es digno del Señor? Nadie, porque el
suyo es un amor incondicional, un amor que se adelanta, sin condiciones. Un
amor así no se merece, se acoge.
¡Quien haya perdido su vida por mi causa, la
encontrará! Perder la vida por su
causa no significa enfrentarse al martirio. Una vida se pierde como se gasta un
tesoro: invirtiéndola, gastándola por una gran causa. El verdadero drama para
todo ser humano es no tener nada, no tener a nadie por quien valga la pena
arriesgar o gastar la propia vida.
Quien haya perdido, encontrará. En realidad, solo poseemos lo que hemos donado a los
demás, como aquella mujer que dona al profeta Eliseo pequeñas porciones de
vida, pequeñas cosas: una cama, una mesa, una silla, una lámpara, y recibirá a
cambio una vida entera, un hijo. Y la capacidad de amar más.
A nosotros, quizá asustados por las exigencias de Jesús,
por el compromiso de dar la vida, de tener una causa que valga más que nosotros
mismos, Jesús nos añade una frase muy dulce: Quien haya dado aunque solo sea
un vaso de agua fresca, no perderá su recompensa.
Dar toda la vida o incluso solo una pequeña cosa, la
cruz y el vaso de agua son los dos extremos de un mismo movimiento: dar algo,
un poco, todo, porque en el Evangelio el verbo amar se traduce siempre por el
verbo dar: Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo. ¡No hay amor más grande que
dar la vida!
Un vaso de agua, dice Jesús, un gesto tan pequeño que
incluso el más humilde de nosotros, incluso el más pobre, puede permitirse. Y,
sin embargo, un gesto nada trivial, un gesto vivo, que cobra sentido gracias a
ese adjetivo que Jesús añade, tan evangélico y fragante: agua fresca.
Debe ser agua fresca, es decir, agua buena para el
gran calor, agua atenta a la sed del otro, procurada con cuidado, la mejor agua
que tengas, casi un agua afectuosa con el eco del corazón en su interior.
Dar la vida, dar un vaso de agua fresca, he aquí la
maravillosa pedagogía de Jesús. Un vaso de agua fresca, si se da con todo el
corazón, lleva en su interior la Cruz. Todo el Evangelio está en la Cruz, pero todo
el Evangelio está también en un vaso de agua.
Nada es demasiado pequeño para el Señor, porque cada
gesto realizado con todo el corazón nos acerca al absoluto de Dios.
Amar en el Evangelio no equivale a emocionarse, a
temblar o a inquietarse por una criatura, sino que se traduce siempre en otro
verbo muy sencillo, muy concreto, un verbo activo, de manos, el verbo dar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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