Todo el Evangelio se resume en el don de uno mismo - San Mateo 10, 37-42 -
Quien ama a su padre, a su madre, a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
Pero entonces, ¿quién podrá ser digno de ti, Señor?
Estas son las personas más queridas, indispensables
para vivir, para llegar a ser adultos.
¿Y qué es lo que tu exigencia, tan elevada, quiere de
mí?
El Señor no establece una competencia en el corazón,
una carrera de emociones, de la que sabe que no saldría vencedor, salvo en el
caso de unos pocos héroes, santos o profetas de corazón ardiente.
Y, sin embargo, ¡ya solo para unirse a Aquel a quien se
ama, el hombre dejará a su padre y a
su madre!
Porque el mundo no coincide con el círculo de la
familia. Ni la Buena Nueva, ni la cruz, ni la vida eterna, ni siquiera una
historia de justicia, paz y solidaridad, se explican o se construyen preocupándose
solo por la propia familia.
Hay que saber acoger a otros en el círculo de la
sangre; acoger genera vida y futuro, rompe la eterna repetición de lo que ya ha
sido.
Y vuelvo a sentir el eco de las palabras de Jesús a
los doce años: ¿No sabíais que debo
ocuparme de los asuntos de mi Padre? Quien haya perdido su vida por mi
causa, la encontrará.
Perder la vida no significa que te maten: una vida se
pierde como se pierde un tesoro, dándola. En realidad, solo poseemos aquello
que hemos dado a los demás.
Jesús habla de una causa por la que vivir, que vale
más que la vida misma. Como hizo Él, que perdió su vida por la causa del hombre
y la recuperó.
Por fin, a nosotros, asustados por el compromiso de
dar la vida y de tener una causa que valga más que nosotros mismos, Jesús añade
una frase muy dulce: quien haya dado
tan solo un vaso de agua fresca no perderá su recompensa.
La cruz y un vaso de agua, dar toda la vida y dar casi
nada, son los dos extremos de un mismo movimiento. Un gesto que incluso el
último de los hombres puede realizar; pero un gesto vivo, significado por ese
adjetivo tan evangélico: fresca.
Debe ser agua fresca, es decir, procurada con cuidado,
el mejor agua que tengas, casi un agua afectuosa, con el eco del corazón en su
interior.
Dar la vida, dar un vaso de agua fresca: maravillosa
pedagogía de Jesús: no hay nada demasiado pequeño para el Evangelio, porque no
hay nada auténticamente humano que no encuentre eco en el cielo. Porque el
hombre mira las apariencias, Dios mira el corazón. Y todo el Evangelio puede
estar en un vaso de agua fresca.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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