Tú y la bomba atómica - George Orwell -
«Un arma compleja hace que el fuerte sea cada vez más fuerte, mientras que un arma más sencilla da al débil las garras con las que defenderse», escribe George Orwell, refiriéndose a la bomba atómica y al mosquete.
George Orwell confirma lo que ya es evidente: un gigante desengañado del pensamiento, un verdadero profeta. Un intelectual que supo ver el curso de las cosas y su peligroso devenir.
Es una reflexión muy actual sobre la ciencia y recoge algunos escritos de George Orwell que abordan algunos de los temas fundamentales del autor y periodista británico: la guerra, la violencia política y militar en las sociedades totalitarias, la injusticia social y la hipocresía de unas clases políticas dispuestas a perpetuar el mal en nombre de la conquista y el mantenimiento del poder.
Hoy en día, George Orwell escribiría mucho sobre el «doble rasero» a la hora de evaluar los errores y las fechorías entre Oriente y Occidente, y también sobre el inmovilismo de aquellas instituciones internacionales que deberían moderar los ánimos y que no funcionan.
George Orwell intenta definir la ciencia en un artículo publicado en London Tribune el 19 de octubre de 1945. El escritor parte de una convicción general: a saber, que el científico es el especialista en ciencias exactas y que el mundo sería mejor si los científicos tomaran el control.
Y George Orwell dice que en absoluto sería mejor ese mundo. Y pone un ejemplo: «la comunidad científica alemana no opuso la más mínima resistencia al ascenso de Hitler».
Dado que, en realidad, a la figura del científico se
le puede asimilar también la del abogado, el filósofo o el poeta, George Orwell
observa que —en comparación con los científicos— fue mucho mayor el número de
literatos, poetas, escritores y periodistas que optaron por el exilio o fueron
perseguidos por el régimen nazi. Mientras que «...lo que es más siniestro,
algunos científicos alemanes se tragaron sin problemas la monstruosidad de la
“ciencia” racial».
Y al concluir su artículo afirma que, poco antes de
escribirlo, había leído en una revista estadounidense una noticia: algunos
físicos estadounidenses y británicos se habían negado desde el principio a
llevar a cabo investigaciones sobre la bomba atómica, sabiendo muy bien para
qué se utilizaría.
«He aquí un grupo de hombres en un mundo de locos», comenta George Orwell. «Aunque no se conocen sus nombres, creo que podemos suponer que eran personas con algún tipo de formación cultural general, con cierta familiaridad con la historia, la literatura, la filosofía o las artes; es decir, personas cuyos intereses no eran puramente científicos». La verdadera ciencia, en definitiva, tiene que ver con la poesía, con el sentido de la vida.
El artículo que da título a la antología de escritos fue redactado por Orwell en octubre de 1945, pocas semanas después de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, y ha pasado a la historia porque es el texto en el que George Orwell acuñó el término «guerra fría», una expresión que ha vuelto a cobrar actualidad en estos tiempos para indicar el entonces nuevo orden mundial impuesto por el surgimiento de unos pocos super-estados cada vez más poderosos y con rasgos totalitarios.
En su reflexión, George Orwell afirma lo costosa que
es su producción y cómo, por lo tanto, es expresión de unos pocos centros de
poder. Por absurdo que parezca, un arma tan simple como el mosquete, fácil de
fabricar, es por tanto un arma más democrática, da a entender el escritor. «Tenemos,
pues, ante nosotros la perspectiva de dos o tres superpotencias, cada una de
las cuales posee un arma con la que puede aniquilar a millones de personas en
un puñado de segundos».
Para Orwell (estamos en 1945 mientras escribe) es
evidente: la ciencia puede hacer daño. «La deriva general es inequívoca y cada
descubrimiento científico de los últimos años no ha hecho más que acelerarla».
Y más adelante señala que esta deriva no es ciertamente la anarquía, sino una
reimposición de la esclavitud. «Quizá no nos dirijamos hacia un colapso
general, sino hacia una época horriblemente estable como la de los antiguos
imperios esclavistas».
De George Orwell como «profeta del desencanto»
hay un testimonio en un escrito de 1943, también en London Tribune, en el que
analiza el tema de la felicidad en los regímenes socialistas señalando que este
no era en absoluto el objetivo de esa visión. «El objetivo real del socialismo
es la fraternidad entre los hombres». Pero... hay un pero: «El mundo no tiene experiencia de la paz y
nunca la ha tenido, a menos que en el pasado existiera realmente el buen
salvaje, en algún lugar. El mundo desea algo de cuya existencia solo tiene una
vaga idea».
Es realmente asombroso cómo estos escritos, compuestos
principalmente entre los años treinta y cuarenta del siglo pasado, son capaces
de ofrecernos, setenta años después, una lectura de gran actualidad: la amenaza
de la guerra nuclear; la reducción de vastas áreas del planeta a un montón de
ruinas sobre las que unos pocos y poderosos super-estados se disputan la
hegemonía total; la incapacidad de las sociedades científica y tecnológicamente
avanzadas para alcanzar un verdadero progreso ético; la injusticia social como
premisa y fundamento de las guerras y el caos.
George Orwell llega a la conclusión de que, durante al
menos doscientos años, hemos serrado y seguido serrando la rama en la que
estábamos sentados. «Al final caímos, pero debajo no había un
lecho de pétalos de rosa, sino un pozo profundo con alambre de púas».
George Orwell no utiliza el término globalización, que
aún no existe, pero de eso es de lo que habla mientras escribe en la primavera
de 1940. «La mecanización y la economía colectiva no parecen ser suficientes. Por
sí solas han llevado a la pesadilla que estamos viviendo: guerras sin fin y
escasez de alimentos por amor a la guerra, poblaciones de esclavos que trabajan
tras alambradas, mujeres que gritan mientras son arrastradas...».
George Orwell es siempre una garantía, un poderoso
antídoto contra el mundo loco de los locos. Él representa, junto a otros, esa
maravillosa oportunidad de tomar conciencia. Leerlo nos ayuda a comprender las
derivas a las que asistimos y ante noticias que también a nosotros nos
desgarran el cuerpo y el alma.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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