lunes, 15 de junio de 2026

Amar más - San Mateo 10, 37-42 -.

Amar más - San Mateo 10, 37-42 - 

El evangelista escribe tras la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 d. C. 

Un acontecimiento traumático para todos los judíos, tanto para los rebeldes que desataron la ira de Roma como para la inmensa mayoría de la población indefensa que huye ante quien arrasa todo. 

Los supervivientes del asedio de la ciudad santa, casi todos fariseos, se reúnen e intentan agruparse en torno a lo que queda del judaísmo. Y, al hacerlo, se distancian y maldicen a los enemigos. En la lista figuran también los seguidores del Nazareno. 

Es un momento dramático para los discípulos: de la noche a la mañana son mirados con odio por sus propios familiares. 

La comunidad de Mateo está aturdida, atónita. Y el Evangelista recuerda las palabras que el Maestro dirigió a quienes lo seguían con demasiada alegría, sin darse cuenta de las verdaderas exigencias del seguimiento. 

Así, tras decir que ha venido a traer fuego a la tierra, añade estas palabras. 

Palabras magníficas. Y muy duras.

A los discípulos que, a causa de su fe en Él, se enfrentan a críticas y juicios severos dentro de su propia familia, Jesús pronuncia palabras de consuelo. 

El verbo amar utilizado por Jesús en sus discursos está ligado a la philia, el amor natural. 

Cuando habla de amor hacia Él, en cambio, habla de ágape, del amor que refleja a Dios. 

Jesús no establece una oposición, no pide que se desprecie a los familiares, sino que propone una escala de intensidad del amor: el amor innato hacia los familiares es y sigue siendo emanación/símbolo/representación del amor divino. 

Y tranquiliza a los suyos: el amor que Él nos da, y que somos capaces de devolver, es de una intensidad que ningún amor humano (por bello, extraordinario o imaginativo que sea) es capaz de sustituir. 

Cualquier experiencia afectiva y emocional, cualquier sentimiento que experimentemos hacia una persona (amante, hijo, padre, amigo,…) es y sigue siendo una realidad penúltima.

Jesús exige, reclama ser la referencia última porque está en el origen de todo amor. 

Este amor que aquí vivimos es un reflejo extraordinario e interesante, gozoso y sustancioso de ese otro amor mucho más consistente. 

Ser compañeros de viaje, un don para el descubrimiento de la realidad más fuerte y profunda: a esto se dirige toda relación. 

Confundir los planos, esperar que la philia llene el corazón es presagio de consecuencias gravísimas.

Esto dice el Señor a nuestros corazones perdidos: sabed que sois amados, descubrid que sois amados. Aprended a poner este amor en el origen de vuestras elecciones. Y, si lo deseáis, elegid amar, dejando que desborde el amor que ha colmado vuestros corazones. 

El amor es una experiencia magnífica y totalizadora. 

Pero existe un amor más grande. El suyo.

Mateo se habla de la cruz. 

Acoger la cruz es esencial para ser dignos discípulos del Señor. 

Cometiendo un error garrafal, muchos piensan que la cruz indica dolor. Por lo tanto, Jesús pediría a sus discípulos que soportaran la cruz como signo de dignidad. Es más, algunos llegan a pensar y a decir, erróneamente, que Dios mismo enviaría las cruces para ponernos a prueba. 

No es así: Jesús nos pide que superemos el dolor y desatemos los nudos, y nos explica en qué consiste la cruz. 

Quien haya guardado su vida, la perderá, y quien haya perdido su vida por mi causa, la encontrará. 

¡Es la frase de Jesús más citada en los Evangelios, nada menos que seis veces! 

La vida es entrega de sí mismo, la vida es efusión del amor de Dios, la vida es un regalo, esto es lo que más impactó a las comunidades primitivas. 

Esta es la lógica de la cruz que el propio Jesús vive: hacer de la vida un regalo. 

Por eso Jesús dice: para ser digno de mí, ama hasta el final, hasta darlo todo de ti, como yo lo hice. 

La cruz se convierte en la forma que tiene Jesús de manifestar hasta qué punto está dispuesto a amarme. Tomar la cruz significa asumir la lógica de Jesús que, en consecuencia, nos lleva a elegir entregar nuestra vida. 

Dios no envía las cruces: nos pide que asumamos en la vida una lógica crucificada, es decir, entregada, expuesta, desbordante, dispuesta a amar hasta el fondo. 

La conclusión de este discurso tan exigente se relaja ahora, mira hacia lo positivo. 

Ser acogidos como profetas, como discípulos, es la mayor recompensa que podemos obtener. 

Es la experiencia que muchos de nosotros vivimos: si, seducidos por el amor de Jesús, somos capaces de amar, de dar, de anunciar, como el profeta Eliseo, encontraremos hombres y mujeres agradecidos y asombrados, llenos de generosidad, capaces de acogernos. 

¡Cuántas veces lo hemos visto suceder! ¡Cuántas veces hemos recibido cien veces más de lo que habíamos dado! 

Más aún: si hemos entrado en la lógica de la cruz, es decir, del don total y sin medida, sabemos devolverlo también en el pequeño gesto cotidiano, como puede ser la ofrenda de un vaso de agua fresca. 

Morir mártires, dar testimonio de Jesús con la sangre o llenar un vaso de agua a un hermano en nombre de Jesús forman parte del mismo amor, aunque con diferente intensidad. 

Entonces comprendemos la importancia de esta frase más citada de Jesús: solo en la lógica del don de sí mismo que imita el don de Jesús experimentamos la lógica de Dios y, al hacerlo, experimentamos la gracia de ser acogidos y de acoger. 

Este es un buen punto de apoyo para seguir caminando como discípulos del que tanto amó que dio su vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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