lunes, 15 de junio de 2026

Un amor más grande - San Mateo 10, 37-42 -.

Un amor más grande - San Mateo 10, 37-42 -


Al concluir el «discurso misionero» (Mt 10), Jesús dispone el ánimo de sus discípulos para que adopten dos actitudes necesarias para todo aquel que es enviado a anunciar el Reino: la vocación con sus exigencias y la misión como acogida. Un mensaje que concierne de cerca a todo cristiano, no solo a los «misioneros». 

En primer lugar, la vocación vivida en el amor. Jesús habla claramente de amor (v. 37) y de vida (v. 39). Está en juego la elección de un amor más grande. El amor a los familiares —obligatorio, legítimo y bendito— debe considerarse junto con el amor a Jesús y compararse con él. Solo a la luz del amor y de la vida tienen sentido las exigencias de una vocación de servicio a la misión de Jesús; solo por amor es posible tomar decisiones difíciles, que resultan incomprensibles para quien está fuera de esta lógica.

 

Ante el bien supremo —que es siempre y únicamente Dios— se da el peso adecuado también a valores humanos importantes, como los afectos familiares o los intereses profesionales, reservando, sin embargo, a Dios el primer lugar, la primera elección.

 

El lenguaje de Jesús - «tomar la cruz», «perder la vida» - es escandaloso, parece incluso cruel, pero es la única palabra que libera de las ilusiones y que nos hace encontrar verdaderamente la vida (v. 39); el camino de la cruz es el único que desemboca en la vida verdadera: la resurrección.

 

El segundo gran tema misionero es la acogida. Es ejemplar la hospitalidad que la mujer ofrece al profeta Eliseo, pero también lo es la gratitud de este «hombre de Dios» hacia aquella pareja estéril: Eliseo profetiza que pronto tendrán un hijo. Se trata de un intercambio de dones, ofrecidos de forma gratuita.

 

Jesús alaba el gesto sencillo y gratuito de «quien haya dado aunque sea un vaso de agua fresca» (Mt 10,42). Cabe destacar el detalle del agua fresca, especialmente apreciada en los países cálidos. La misión como acogida tiene su fundamento en la identidad que Jesús establece entre Él y los suyos: «Quien os acoge a vosotros, me acoge a mí» (v. 40); palabras que se hacen eco del juicio final: «Tenía sed y me disteis de beber» (Mt 25,35).

 

Acoger en casa o en el propio país a quien está en necesidad, o a quien huye de las guerras, o busca condiciones más dignas para sí mismo y su familia, siempre ha sido una obra meritoria de misericordia, según las palabras de Jesús: «era forastero y me acogisteis» (Mt 25,35).

 

Hoy, lamentablemente, el complejo problema de la acogida de migrantes, refugiados y desplazados se ha convertido en un tema político candente a nivel nacional, europeo y mundial, objeto de continuos debates públicos, a menudo cargados de ideologías contrapuestas.

 

La escasa implicación de particulares, asociaciones y gobiernos en la búsqueda de soluciones adecuadas a la migración es, al menos en parte, la causa de numerosas tragedias y muertes en tierra y en el mar, incluso de mujeres, madres y niños.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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