Un amor más grande - San Mateo 10, 37-42 -
En primer lugar, la vocación vivida en el amor.
Jesús habla claramente de amor (v. 37) y de vida
(v. 39). Está en juego la elección de un amor más grande. El amor
a los familiares —obligatorio, legítimo y bendito— debe considerarse junto con
el amor a Jesús y compararse con él. Solo a la luz del amor y de la vida tienen
sentido las exigencias de una vocación de servicio a la misión de Jesús; solo
por amor es posible tomar decisiones difíciles, que resultan
incomprensibles para quien está fuera de esta lógica.
Ante el bien supremo —que es siempre y únicamente
Dios— se da el peso adecuado también a valores humanos importantes, como los
afectos familiares o los intereses profesionales, reservando, sin embargo, a
Dios el primer lugar, la primera elección.
El lenguaje de Jesús - «tomar la cruz», «perder
la vida» - es escandaloso,
parece incluso cruel, pero es
la única palabra que libera de las ilusiones y que nos hace
encontrar verdaderamente la vida (v. 39); el camino de la cruz es el único que
desemboca en la vida verdadera: la resurrección.
El segundo gran tema misionero es la acogida. Es
ejemplar la hospitalidad que la mujer ofrece al profeta Eliseo, pero también lo
es la gratitud de este «hombre de Dios» hacia aquella pareja
estéril: Eliseo profetiza que pronto tendrán un hijo. Se trata de un
intercambio de dones, ofrecidos de forma gratuita.
Jesús alaba el gesto sencillo y gratuito de «quien
haya dado aunque sea un vaso de agua fresca» (Mt 10,42). Cabe destacar el detalle
del agua fresca, especialmente apreciada en los países cálidos. La misión como
acogida tiene su fundamento en la identidad que Jesús establece entre Él y los
suyos: «Quien os acoge a vosotros, me acoge a mí» (v. 40); palabras que
se hacen eco del juicio final: «Tenía sed y me disteis de beber»
(Mt 25,35).
Acoger en casa o en el propio país a quien está en
necesidad, o a quien huye de las guerras, o busca condiciones más dignas para
sí mismo y su familia, siempre ha sido una obra meritoria de misericordia,
según las palabras de Jesús: «era forastero y me acogisteis» (Mt
25,35).
Hoy, lamentablemente, el complejo problema de la
acogida de migrantes, refugiados y desplazados se ha convertido en un tema
político candente a nivel nacional, europeo y mundial, objeto de continuos
debates públicos, a menudo cargados de ideologías contrapuestas.
La escasa implicación de particulares, asociaciones y
gobiernos en la búsqueda de soluciones adecuadas a la migración es, al menos en
parte, la causa de numerosas tragedias y muertes en tierra y en el mar, incluso
de mujeres, madres y niños.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario