Aquel absoluto que hace relativo todo lo demás - San Mateo 10, 37-42 -
Con este pasaje evangélico concluye la lectura del «discurso misionero» dirigido por Jesús a los Doce, un discurso que concierne de cerca a todos los cristianos, llamados a anunciar con su vida y sus palabras que en Cristo el Reino se hace presente.
Para llevar a Jesús a los demás, es necesario primero
acogerlo como Señor de la propia vida. Para que esto quede claro, Jesús dirige
a quienes le siguen palabras extremadamente radicales y rigurosas, que apagan
los entusiasmos demasiado fáciles y resumen bien el alto precio del
seguimiento.
En los versículos anteriores se afirma: «No
penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino
espada» (Mt 10,34). Ciertamente, el Reino de Dios traído por Jesús, Mesías
manso y desarmado, es un Reino de paz (cf. Mt 21,5), pero no de una paz
cualquiera, sino del shalom que contiene en sí mismo
también el juicio de Dios, hecho presente en la persona misma de Jesús. Por
decirlo con las palabras que utilizó el anciano Simeón ante el niño Jesús, este
es siempre «una señal que será contradicha» (Lc 2,34), porque ante Él hay
que tomar partido: o se le acepta o se le rechaza, pero no se puede permanecer
neutral…
También la familia es atravesada, como por una espada,
por la persona de Jesús (cf. Mt 10,35-36), quien por eso puede decir con
audacia: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí;
quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí», es decir,
como se lee en el pasaje paralelo de Lucas, «no puede ser mi discípulo»
(Lc 14,26-27). La adhesión confiada a Jesús, el amor por Él por parte del
discípulo, debe prevalecer sobre cualquier otra relación, incluso las de
sangre.
Jesús lo reiterará poco más adelante cuando, llamado
por sus familiares, dirá claramente: «Quien hace la voluntad de mi Padre que está
en los cielos», esa voluntad que siempre ha sido el deseo profundo de
Jesús, «ese es para mí hermano, hermana y madre» (Mt 12,50).
Pero para vivir con Jesús no basta con relativizar los
lazos de sangre. Es necesario distanciarse también de uno mismo, de ese
instinto egoísta que nos empuja a preservar nuestra vida a toda costa, sin y
contra los demás; en esta libertad propia de quien ya no tiene nada que
defender se puede «tomar la propia cruz», es decir, el instrumento de la propia
condena a muerte, y «seguir a Jesús».
En este punto, Jesús pronuncia aquellas palabras que,
con ligeras variaciones semánticas, resuenan varias veces en los Evangelios: «Quien
haya encontrado su vida, la perderá, y quien haya perdido su vida por mi causa,
la encontrará» (cf. Mt 16,25; Mt 8,35; Lc 9,24; 17,33; cf. también Jn
12,25).
Es una afirmación que puede parecer una locura, un
absurdo, sobre todo a los oídos de los no cristianos, pero que, junto con la
anterior, debe reiterarse en toda su paradójica salvación: Jesús exigió a
quienes le seguían no el amor por su mensaje, sino el amor por Él; pidió a
hombres y mujeres que no pusieran reservas a su vida, que la perdieran por Él,
prometiendo que de este modo la encontrarían y la salvarían…
Quien acoge verdaderamente a Jesús en su vida, quien
deja que sea Jesús quien viva en él (cf. Gál 2,20), asume cada vez más los
rasgos de su Señor.
Si hasta este punto del discurso Jesús había subrayado
sobre todo las hostilidades a las que se enfrentarían sus enviados (cf. Mt
10,16-23.28), su mirada final se posa en el resultado positivo de su misión,
que va más allá de toda expectativa: «Quien os acoge, me acoge a mí, y quien me
acoge a mí, acoge a quien me ha enviado».
Sí, el verdadero discípulo está llamado a ser «sacramento»
de Jesús, quien a su vez lo es del Padre (cf. Jn 1,18). Y esta realidad tan
grande se manifiesta en las relaciones más cotidianas, se expresa y a su vez
suscita un estilo de vida que, en su sencillez, revela la voluntad de acoger
con esmero a Jesús en sus enviados: «Quien haya dado tan solo un vaso de agua
fresca (¡no solo de agua!) a uno de estos pequeños, porque es mi
discípulo, en verdad os digo: no perderá su recompensa».
La espada y la división traídas por Jesús contienen,
pues, en sí mismas la promesa de una gran recompensa, aquella que para
nosotros, los cristianos, tiene un solo nombre: comunión. Comunión en
Jesucristo, comunión muy humana a través del amor por Él, que se traduce en
amor fraterno, como Él mismo dirá claramente: «Todo lo que hicisteis a uno de
estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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