La lógica del Evangelio del Reino - San Mateo 10, 37-42 -
La fecundidad de la acogida es un tema que une el Evangelio con aquel profeta Eliseo, huésped acogido por una mujer, y que se convierte en portador de bendición para la mujer rica, pero sin hijos, que se convertirá en madre gracias a la intercesión del profeta.
El Evangelio atestigua que quien acoge a los
discípulos de Jesús no quedará sin recompensa; es más, el huésped acogido y
reconocido en su identidad profunda atrae y asimila a sí mismo a quien lo
acoge: «Quien acoge a un profeta como profeta, recibirá la recompensa de
profeta, y quien acoge a un justo como justo, recibirá la recompensa de justo»
(Mt 10,41).
En el misterio de la acogida y la hospitalidad ocurre
que el aspecto activo - dar hospitalidad - y el pasivo - recibir hospitalidad -
se funden y hacen que quien acoge se convierta, en cierto modo, en quien es
acogido. ¿Quién acoge a quién?
La hospitalidad que aquella mujer ofrece a Eliseo
tiene un aspecto logístico:
se trata de preparar concretamente un espacio para satisfacer las necesidades
del otro («una pequeña habitación de piedra con una cama, una silla y una lámpara»:
2 Re 4,10); pero previo a esto está el aspecto
interior y espiritual de la acogida, es decir, el reconocimiento y la
aceptación de la identidad profunda del otro: «hombre de Dios, santo» (2
Re 4,9), «profeta, justo, discípulo» (Mt 10,41-42). La construcción de un
espacio material para el otro va acompañada de la construcción de un espacio
espiritual para él, es decir, de hacerle un hueco en nuestro interior.
En este Evangelio llama la atención el hecho de que el
discurso sobre la acogida del enviado (Mt 10,40-42) siga a las duras
indicaciones y exigencias sobre el seguimiento de Jesús (Mt 10,37-39). De este
modo, la temática de la acogida se sustrae de la moral de las buenas costumbres
y se inserta plenamente en el ámbito del radicalismo cristiano. Si el texto
paralelo de Lucas habla de escuchar
un mensaje - «Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí»:
Lc 10,16 -, Mateo subraya la acogida
del mensajero.
Ambos aspectos están evidentemente relacionados y son
inseparables, pero es importante recordar la dimensión humana de la acogida de una persona, que exige
poner en práctica gestos, atenciones, cuidados y la comprensión de las
necesidades del otro (por ejemplo el detalle de dar de beber «un
vaso de agua fresca»
que nos remite al clima cálido y seco de Palestina y a la sed de quien ha
recorrido un largo camino a pie), porque la acogida es siempre la acogida de un
cuerpo por parte de otro cuerpo. La realidad del amor no se mide por impulsos
afectivos, sino por esta efectividad.
Y como nunca sabemos a quién encontramos, a quién se
nos envía, a quién recibimos, la labor de acogida requiere atención y
discernimiento, escucha y observación para dejarse alcanzar y tocar por el
otro. Así, el encuentro con el otro se convierte en una visita que se asemeja a
una revelación. Se convierte en una visitación. Y el anuncio en una
anunciación. Y requiere una disponibilidad al cambio, a la apertura, un
verdadero trabajo de conversión personal.
Acoger al otro implica, de hecho, ante todo disponerse a la escucha: y no
solo de las palabras, sino de los sufrimientos del otro, de su cuerpo como de
su alma. Encontrar y acoger al otro es posible en la humildad. La escucha abre
a la empatía, a sentir,
aunque sea solo por intuición, lo que el otro experimenta y siente. Todo esto
conduce al diálogo, que es
intercambio de historias, de experiencias, de vivencias a través de la palabra,
y es construcción de un terreno común de entendimiento y comprensión. Es
búsqueda y construcción conjunta de un sentido.
Acoger significa dar tiempo, escuchar, dar la palabra,
estar presente para el otro. Y comprendemos que todo esto forma parte de la
radicalidad cristiana. Porque todo esto es dar la vida: dar vida a los demás entregando
la propia vida. Y Jesús acaba de decir: «Quien haya guardado su vida, la
perderá, y quien haya perdido su vida por mi causa, la encontrará» (Mt
10,39).
Al igual que en el grandioso fresco del juicio final
(Mt 25,31-46), Mateo afirma la autoridad del pobre y del enfermo, del
prisionero y del hambriento; aquí atestigua que incluso el gesto más elemental de
don, como dar de beber al que tiene sed, no se pierde, sino que es visto y
recogido por el Señor: «Quien haya dado de beber aunque sea un solo
vaso de agua fresca a uno de estos pequeños porque es mi discípulo, en verdad
os digo: no perderá su recompensa» (Mt 10,42). ¿Cómo podría ser de otra
manera para esos seres humanos que, a los ojos de Dios, valen mucho más que
muchos gorriones (cf. Mt 10,31)?
La acogida es el arte de reconocer que el otro no me pertenece, pero le
hago un hueco, le digo un «sí» que se basa, en última
instancia, en la idéntica pertenencia a la condición humana que hace de cada
ser humano un hijo de Dios: estamos unidos por un origen común, por una
pertenencia común y por un destino común. Le preparo un espacio, lo acojo en mi
casa, le ofrezco comida y bebida, la posibilidad de descansar y reponer
fuerzas, le ofrezco escucha, disponibilidad y tiempo, para que sea libre de
partir de nuevo y continuar su viaje. Acoger es ponerse al servicio de la
libertad del otro.
Y así como la
acogida requiere el movimiento profundo de no rechazar y no asimilar,
de no repeler y no anular, así el
seguimiento exige no rechazar la cruz y no cargarla a los demás, sino
asumirla sobre uno mismo.
¿Qué significa, pues, eso de tomar la propia cruz y seguir a Jesús? Significa que quien
abraza la fe cristiana debe esperar una cruz, su cruz. Debe contar con que el camino será difícil, que
podrá encontrar obstáculos impensables y que estos resultarán desconcertantes.
Que podrá conocer contradicciones duras y amargas que le harán dudar de la
bondad del camino elegido.
Pero, paradójicamente, precisamente al encontrarse en
situaciones no solo indeseables, sino también inimaginables, podrá llamar «cruz»
a lo que está viviendo y descubrirse así en el seguimiento directo de Jesús. Y
precisamente esas situaciones de desorientación radical en las que el discípulo
puede llegar a encontrarse y en las que los amigos parecen enemigos, la propia
casa se vuelve extraña, el rostro mismo de Dios ya no es reconocible, en definitiva,
las situaciones vividas por Jesús, en particular en su personal via crucis, son el lugar
concreto y la modalidad concreta de la pérdida de la propia vida y verifican si
el camino de seguimiento hasta entonces ha sido auténtico o si necesita
purificación y conversión.
Si es necesario un descenso más profundo en el
misterio de la vida de Jesús y en el vivir lacerante de Cristo en nosotros: «Ya no
vivo yo, sino que Cristo vive en mí», dice Pablo (Gálatas 2,20).
Lacerante porque no hay nada deseable ni placentero en
ese hacer vivir la vida de Cristo en nosotros. Hay que asumir la dolorosa y
escandalosa cruz: «He sido crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en
mí» (Gálatas 2,19-20).
Lo que se exige para ser «dignos de Jesús» (cf. Mt
10,37.38), es decir, pertenecer a Él, ser sus verdaderos discípulos, es esta
libertad radical y también escandalosa porque plantea exigencias incluso frente
a realidades buenas como la familia (Mt 10,37).
Al mismo tiempo, esta libertad es radical porque
tiende a liberarnos de la tiranía de nuestro «ego», que nos empuja a
retener para no perder, a poseer para sentirnos vivos, a considerarnos el
centro del mundo para escapar de la angustia de ser uno más entre tantos…
Pero de este modo, estas palabras que suenan tan duras, tan poco actuales, tan contrarias a los dulces caminos de la autorrealización y la búsqueda de la felicidad que hoy se proponen en los puestos del mercado psicológico y de las espiritualidades de la expansión del yo y el potenciamiento de las propias capacidades, señalan el camino hacia una libertad también bien fundamentada antropológicamente: la vida no es un tesoro que hay que arrebatar o custodiar celosamente: al ser un don, solo se puede obtener dándola.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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