Ser digno de un más - San Mateo 10, 37-42 -
Su predicación itinerante ha llevado a personas a
abandonar a su familia, a poner en crisis ese vínculo que era tan fundamental y
básico en la sociedad de la época y que conllevaba dimensiones sociales y
económicas nada desdeñables.
Jesús pasa a subrayar la condición del discípulo y las
exigencias del discipulado, o, si se quiere, a enunciar la «dignidad»
del discípulo.
Por tres veces afirma Jesús que «no es digno de Él» quien
ama a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija, más que a Él, quien no toma
su cruz para seguirle, quien se queda con su vida (Mt 10,37-39).
El triple «no es digno de mí» no debe
entenderse como una valoración moral, ni significa que Jesús exija méritos que
hagan dignos a quienes los cumplen. Se trata de una simple constatación: vive el seguimiento de Jesús quien antepone
el amor de Jesús a los lazos familiares y se dispone a vivir este amor hasta la
cruz, hasta la muerte infamante. Este es digno de Jesús, es decir, su
discípulo.
Si Jesús antepone las exigencias del Reino de Dios a
los lazos y deberes familiares, es porque Él mismo, en primera persona, vivió
con radicalidad y pasión ardiente la urgencia del Reino que le llevó a ir más
allá de los lazos de sangre y a crear una «nueva
familia» cuyo criterio no es la sangre, sino la escucha de la palabra de
Dios y el cumplimiento de su voluntad (Mt 12,46-50).
Jesús mismo llevó a cabo un desprendimiento radical respecto a su propia familia, hasta
tal punto que el Evangelista Marcos recuerda también el conflicto que se
estableció entre Jesús y su clan familiar (Mc 3,20-21.31-35). Jesús pide
también a sus discípulos esa radicalidad. Que puede vivirse no como un deber
que cumplir, sino como un deseo ardiente.
Ciertamente, anteponer las exigencias del Reino o,
como subraya Mateo en estos versículos, la persona de Jesús, el yo de Jesús (en estos versículos
37-39, el pronombre personal de primera persona referido a Jesús aparece siete
veces y culmina en ese «por mi causa»), por encima de
cualquier otro valor social y personal, civil y familiar, conlleva un alto
precio, muy concreto y cotidiano.
Si la familia era la estructura fundamental de la
organización de las aldeas de Galilea y presidía la vida social y económica de
las personas, Jesús hace estallar este ámbito de referencia cerrado asumiendo
como horizonte de su predicación el Reino de Dios y la salvación de todo
Israel. De ello se deriva una convulsión del orden de los valores sociales en
nombre de la primacía del Reino.
Para arraigarse en la novedad de vida instaurada por Jesús
y en su comunidad itinerante es necesario, por tanto, por parte del discípulo,
un claro distanciamiento respecto a la «antigua» forma de vida centrada en
la familia.
Esta radicalidad desmiente de raíz toda hipótesis de
cristianismo que quiera declinarse históricamente como religión civil. Urgencia en vista del Reino y primacía
del Evangelio, es decir, primacía de Jesús (sinónimos de «por
mi causa» de Mt 10,39 son «por causa del Reino» de Lc 18,29 y «por
causa del Evangelio» en Mc 8,35 y 10,29), son exigencias que impiden a
la Iglesia conformarse con los valores sociales, morales y civiles vigentes. La
diferencia cristiana y, por tanto, la razón de ser de la Iglesia, encuentra ahí
su fundamento.
El discípulo, por su parte, está llamado a un
seguimiento que tiene como límite extremo la cruz, el perder la propia vida por
causa de Jesús (Mt 10,38-39).
Aquí aparece por primera vez en el texto evangélico la
palabra «cruz», anticipando el destino de muerte que Jesús encontrará.
Llamado a estar allí donde también estuvo su Señor, el discípulo está animado
por la disposición a asumir y llevar su propia cruz. El discípulo, de hecho, pone su vida en la vida del Señor.
Al perder —en libertad y por amor— su vida en el
Señor, el creyente la encuentra de nuevo en el Señor. Tomar la propia cruz
significa, por tanto, asumir y llevar el instrumento de la propia condena a
muerte.
«La
expresión “tomar la propia cruz” se refiere a un acontecimiento totalmente
concreto, a saber, al momento en que el condenado a la crucifixión se carga
sobre los hombros la viga transversal (patibulum),
para recorrer un espantoso itinerario entre la multitud que grita y ruge, que
lo recibe con burlas e imprecaciones. La amargura de este camino reside en la
sensación de ser expulsado sin piedad de la sociedad y entregado, indefenso, al
ultraje y al desprecio. Quienquiera
que me siga —dice Jesús— debe arriesgarse a una vida tan difícil como el vía
crucis de un condenado en camino hacia el patíbulo» (Joachim
Jeremias).
El discípulo debe disponerse a esta pérdida de sí
mismo, que es la única que le permitirá perseverar en el camino. Cuando todos
los apoyos humanos falten, cuando el sentido mismo del camino se vuelva
indescifrable, cuando las motivaciones que en su día le llevaron a seguir a Jesús
ya no parezcan suficientes, entonces la actitud que el Evangelio llama «tomar
la propia cruz» se revelará esencial para continuar el camino en una fe
cada vez más despojada y cada vez más auténtica.
Los Evangelios nos dicen que no fue la cruz lo que hizo grande a Jesús, sino que fue la vida de
Jesús la que dio sentido también a la cruz (incluso a la cruz) cuando fue
colgado en ella.
Incluso la pérdida de la vida por causa de Jesús que
se pide al discípulo es comprensible y legible a la luz de la existencia del
propio Jesús. Jesús no tuvo como fin la autodestrucción, la pérdida de su
propia vida, sino vivirla plena y gozosamente persiguiendo la libertad y el amor. Y amando libremente hasta el final,
hasta el extremo, hasta el punto de no retorno («Habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, Jesús los amó hasta el final»: Jn 13,1 ss.).
Y Jesús vivió dando vida: a los enfermos, a los
pecadores, a los marginados, a los despreciados, Jesús supo, es decir, eligió y
quiso, dar vida. Su perder la propia vida fue un dar tiempo, fuerzas físicas y
espirituales, energías psíquicas y afectivas: Jesús dio su vida dando vida a
los demás. No fue una mera pérdida, sino un dar, un generar, un transmitir. La
pérdida de la vida que aquí se pide es, en realidad, una invitación a amar como
Jesús amó.
Tras estas palabras radicales sobre las duras
exigencias que se le piden al discípulo, la segunda parte del texto evangélico
contiene un mensaje que se refiere a la acogida del discípulo (Mt 10,40-42).
La fecundidad
de la acogida se expresa en el Evangelio al afirmar que quien acoge a
los discípulos de Jesús no quedará sin recompensa; es más, el huésped acogido y
reconocido en su identidad profunda atrae y asimila a sí mismo a quien lo
acoge: «Quien acoge a un profeta por ser profeta, recibirá la recompensa del
profeta; y quien acoge a un justo por ser justo, recibirá la recompensa del
justo» (Mt 10,41).
La acogida, antes que ser material y logística, es
espiritual, es decir, es el reconocimiento de la identidad profunda del otro:
profeta, justo, discípulo (vv. 41-42). Si el texto paralelo de Lucas habla de escuchar un mensaje («Quien
os escucha a vosotros, me escucha a mí»: Lc 10,16), Mateo subraya la acogida del mensajero.
Ambos aspectos están evidentemente relacionados y son
inseparables, pero es importante recordar la dimensión humana de la acogida de una persona, que exige
poner en práctica gestos, atenciones, cuidados y la comprensión de las
necesidades del otro (por eso el detalle de dar de beber «un vaso de agua fresca» en Mt 10,42, que nos
remite al clima cálido y seco de Palestina y a la sed de quien ha recorrido un
largo camino a pie), porque la acogida es siempre la acogida de un cuerpo por
parte de otro cuerpo. La realidad del amor no se mide por impulsos afectivos,
sino por esta efectividad.
Y como nunca sabemos a quién encontramos, a quién se nos envía, a quién recibimos, la labor de acogida requiere atención y discernimiento, escucha y observación para dejarse alcanzar y tocar por el otro. Así, el encuentro con el otro se convierte en una visita que se asemeja a una revelación. Se convierte en una visitación. Y el anuncio en una anunciación.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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