lunes, 15 de junio de 2026

Ser digno de un más - San Mateo 10, 37-42 -.

Ser digno de un más - San Mateo 10, 37-42 -


En el discurso apostólico, al hablar de las oposiciones y persecuciones a las que se enfrentarán sus enviados, Jesús acaba de revelar que su persona y su ministerio, al exigir a los hombres una decisión y una elección, provocan de hecho una división, suscitan conflictos y separaciones. Incluso en el seno de la familia se producen desgarros y se crean enemistades (Mt 10,34-36). 

Su predicación itinerante ha llevado a personas a abandonar a su familia, a poner en crisis ese vínculo que era tan fundamental y básico en la sociedad de la época y que conllevaba dimensiones sociales y económicas nada desdeñables.

 

Jesús pasa a subrayar la condición del discípulo y las exigencias del discipulado, o, si se quiere, a enunciar la «dignidad» del discípulo.

 

Por tres veces afirma Jesús que «no es digno de Él» quien ama a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija, más que a Él, quien no toma su cruz para seguirle, quien se queda con su vida (Mt 10,37-39).

 

El triple «no es digno de mí» no debe entenderse como una valoración moral, ni significa que Jesús exija méritos que hagan dignos a quienes los cumplen. Se trata de una simple constatación: vive el seguimiento de Jesús quien antepone el amor de Jesús a los lazos familiares y se dispone a vivir este amor hasta la cruz, hasta la muerte infamante. Este es digno de Jesús, es decir, su discípulo.

 

Si Jesús antepone las exigencias del Reino de Dios a los lazos y deberes familiares, es porque Él mismo, en primera persona, vivió con radicalidad y pasión ardiente la urgencia del Reino que le llevó a ir más allá de los lazos de sangre y a crear una «nueva familia» cuyo criterio no es la sangre, sino la escucha de la palabra de Dios y el cumplimiento de su voluntad (Mt 12,46-50).

 

Jesús mismo llevó a cabo un desprendimiento radical respecto a su propia familia, hasta tal punto que el Evangelista Marcos recuerda también el conflicto que se estableció entre Jesús y su clan familiar (Mc 3,20-21.31-35). Jesús pide también a sus discípulos esa radicalidad. Que puede vivirse no como un deber que cumplir, sino como un deseo ardiente.


 

Ciertamente, anteponer las exigencias del Reino o, como subraya Mateo en estos versículos, la persona de Jesús, el yo de Jesús (en estos versículos 37-39, el pronombre personal de primera persona referido a Jesús aparece siete veces y culmina en ese «por mi causa»), por encima de cualquier otro valor social y personal, civil y familiar, conlleva un alto precio, muy concreto y cotidiano.

 

Si la familia era la estructura fundamental de la organización de las aldeas de Galilea y presidía la vida social y económica de las personas, Jesús hace estallar este ámbito de referencia cerrado asumiendo como horizonte de su predicación el Reino de Dios y la salvación de todo Israel. De ello se deriva una convulsión del orden de los valores sociales en nombre de la primacía del Reino.

 

Para arraigarse en la novedad de vida instaurada por Jesús y en su comunidad itinerante es necesario, por tanto, por parte del discípulo, un claro distanciamiento respecto a la «antigua» forma de vida centrada en la familia.

 

Esta radicalidad desmiente de raíz toda hipótesis de cristianismo que quiera declinarse históricamente como religión civil. Urgencia en vista del Reino y primacía del Evangelio, es decir, primacía de Jesús (sinónimos de «por mi causa» de Mt 10,39 son «por causa del Reino» de Lc 18,29 y «por causa del Evangelio» en Mc 8,35 y 10,29), son exigencias que impiden a la Iglesia conformarse con los valores sociales, morales y civiles vigentes. La diferencia cristiana y, por tanto, la razón de ser de la Iglesia, encuentra ahí su fundamento.

 

El discípulo, por su parte, está llamado a un seguimiento que tiene como límite extremo la cruz, el perder la propia vida por causa de Jesús (Mt 10,38-39).

 

Aquí aparece por primera vez en el texto evangélico la palabra «cruz», anticipando el destino de muerte que Jesús encontrará. Llamado a estar allí donde también estuvo su Señor, el discípulo está animado por la disposición a asumir y llevar su propia cruz. El discípulo, de hecho, pone su vida en la vida del Señor.

 

Al perder —en libertad y por amor— su vida en el Señor, el creyente la encuentra de nuevo en el Señor. Tomar la propia cruz significa, por tanto, asumir y llevar el instrumento de la propia condena a muerte.

 

«La expresión “tomar la propia cruz” se refiere a un acontecimiento totalmente concreto, a saber, al momento en que el condenado a la crucifixión se carga sobre los hombros la viga transversal (patibulum), para recorrer un espantoso itinerario entre la multitud que grita y ruge, que lo recibe con burlas e imprecaciones. La amargura de este camino reside en la sensación de ser expulsado sin piedad de la sociedad y entregado, indefenso, al ultraje y al desprecio. Quienquiera que me siga —dice Jesús— debe arriesgarse a una vida tan difícil como el vía crucis de un condenado en camino hacia el patíbulo» (Joachim Jeremias).

 

El discípulo debe disponerse a esta pérdida de sí mismo, que es la única que le permitirá perseverar en el camino. Cuando todos los apoyos humanos falten, cuando el sentido mismo del camino se vuelva indescifrable, cuando las motivaciones que en su día le llevaron a seguir a Jesús ya no parezcan suficientes, entonces la actitud que el Evangelio llama «tomar la propia cruz» se revelará esencial para continuar el camino en una fe cada vez más despojada y cada vez más auténtica.

 

Los Evangelios nos dicen que no fue la cruz lo que hizo grande a Jesús, sino que fue la vida de Jesús la que dio sentido también a la cruz (incluso a la cruz) cuando fue colgado en ella.

 

Incluso la pérdida de la vida por causa de Jesús que se pide al discípulo es comprensible y legible a la luz de la existencia del propio Jesús. Jesús no tuvo como fin la autodestrucción, la pérdida de su propia vida, sino vivirla plena y gozosamente persiguiendo la libertad y el amor. Y amando libremente hasta el final, hasta el extremo, hasta el punto de no retorno («Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, Jesús los amó hasta el final»: Jn 13,1 ss.).

 

Y Jesús vivió dando vida: a los enfermos, a los pecadores, a los marginados, a los despreciados, Jesús supo, es decir, eligió y quiso, dar vida. Su perder la propia vida fue un dar tiempo, fuerzas físicas y espirituales, energías psíquicas y afectivas: Jesús dio su vida dando vida a los demás. No fue una mera pérdida, sino un dar, un generar, un transmitir. La pérdida de la vida que aquí se pide es, en realidad, una invitación a amar como Jesús amó.

 

Tras estas palabras radicales sobre las duras exigencias que se le piden al discípulo, la segunda parte del texto evangélico contiene un mensaje que se refiere a la acogida del discípulo (Mt 10,40-42).


 

La fecundidad de la acogida se expresa en el Evangelio al afirmar que quien acoge a los discípulos de Jesús no quedará sin recompensa; es más, el huésped acogido y reconocido en su identidad profunda atrae y asimila a sí mismo a quien lo acoge: «Quien acoge a un profeta por ser profeta, recibirá la recompensa del profeta; y quien acoge a un justo por ser justo, recibirá la recompensa del justo» (Mt 10,41).

 

La acogida, antes que ser material y logística, es espiritual, es decir, es el reconocimiento de la identidad profunda del otro: profeta, justo, discípulo (vv. 41-42). Si el texto paralelo de Lucas habla de escuchar un mensajeQuien os escucha a vosotros, me escucha a mí»: Lc 10,16), Mateo subraya la acogida del mensajero.

 

Ambos aspectos están evidentemente relacionados y son inseparables, pero es importante recordar la dimensión humana de la acogida de una persona, que exige poner en práctica gestos, atenciones, cuidados y la comprensión de las necesidades del otro (por eso el detalle de dar de beber «un vaso de agua fresca» en Mt 10,42, que nos remite al clima cálido y seco de Palestina y a la sed de quien ha recorrido un largo camino a pie), porque la acogida es siempre la acogida de un cuerpo por parte de otro cuerpo. La realidad del amor no se mide por impulsos afectivos, sino por esta efectividad.

 

Y como nunca sabemos a quién encontramos, a quién se nos envía, a quién recibimos, la labor de acogida requiere atención y discernimiento, escucha y observación para dejarse alcanzar y tocar por el otro. Así, el encuentro con el otro se convierte en una visita que se asemeja a una revelación. Se convierte en una visitación. Y el anuncio en una anunciación.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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