El discipulado del corazón - San Mateo 11, 25-30 -
Te
bendigo, oh Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños...
Juan el Bautista está en la cárcel, en Galilea crecen
el rechazo y la hostilidad, los milagros de Cafarnaúm y Betsaida no sirven de
nada y, sin embargo, en pleno apogeo de la crisis, Jesús bendice al Padre,
deteniéndose de repente, como embelesado, ante los suyos, ante los pequeños.
Los pequeños son aquellos que solo logran sobrevivir
si alguien cuida de ellos, como los niños.
Dios está cerca de lo
pequeño, ama lo que está quebrantado. Cuando los hombres dicen: «perdido», él
dice: «encontrado»; cuando dicen: «condenado», él dice: «salvado»; cuando
dicen: «abyecto», Dios exclama: «¡bienaventurado!» - Dietrich Bonhoeffer -.
Para adentrarse en el misterio de Dios, vale más una
hora dedicada a compartir el sufrimiento y el mundo de uno de estos pequeños
que años de estudios de teología.
Para conocer el misterio de las personas y la llama de
las cosas, hay que acercarse a ellas como a pequeños, con asombro, con manos
que no toman, sino que solo acarician.
Para aprender a bendecir de nuevo el mundo y a las
personas, hay que aprender a mirar a los pequeños, a la gente humilde, a su
corazón verdadero, y allí encontraremos innumerables motivos para bendecir,
grandes razones para que el lamento ya no prevalezca sobre el asombro.
Jesús habla de cosas
reveladas, y, sin embargo, lo que se ofrece al final del pasaje es muy
distinto de conocer cosas sobre Dios. Se nos ofrece lo único que realmente
importa, lo único que falta, y no es la virtud, ni la inteligencia ni la
sabiduría; lo único que busca el corazón, lo único que Jesús no enseña, sino
que derrama sobre quienes están cerca de Él: aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis
descanso para vuestras almas.
Jesús no viene con obligaciones ni prohibiciones,
viene trayendo una copa rebosante de paz; no trae nuevos preceptos, sino una
promesa: el Reino ha comenzado y es paz y alegría en el Espíritu (Rom 14,17).
El consuelo de la existencia es un amor humilde, un
corazón en paz, sin violencia y sin presunción. Aprended de mi corazón...
A Jesús se le aprende conociendo su corazón, su manera
de amar: el amor, en efecto, no es un maestro entre otros maestros, es «el»
maestro de la vida.
Comienza el discipulado del corazón, para nosotros,
sabios e inteligentes, que corremos el riesgo de quedarnos analfabetos del
corazón: porque Dios no es un concepto, sino el dulce corazón de la vida, y el
Evangelio es la plenitud de lo humano.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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