El miedo: piedra de toque del creyente - San Mateo 10, 26-33 -
El relato del Evangelio nos recuerda una verdad elemental. A saber, que un creyente siempre debe enfrentarse al miedo: la fe, de hecho, siempre se entrelaza con el miedo, aunque sea de maneras y formas diferentes.
En este pasaje, tomado del discurso misionero, Jesús
repite varias veces, dirigiéndose a sus discípulos, el imperativo «no
tengáis miedo». La misma triple repetición de la orden (Mt 10,26.28.31)
nos dice que el miedo es una realidad poderosa y omnipresente.
Y es que en el pasaje evangélico los discípulos
también se enfrentarán como su Maestro a los adversarios en su misión. Como
Jesús conoció oposiciones, acusaciones, hostilidad, odio, así será también para
sus discípulos: «un discípulo no es más que su maestro… Si al dueño de la casa le han
llamado Beelzebul, ¿cuánto más a los de su familia?» (Mt 10,24.25).
El texto evangélico muestra pues la plena conciencia
de Jesús de que la misión a la que se enfrentarán los discípulos es arriesgada
y sin duda puede asustar. Me parece que Jesús quiere indicar a los discípulos,
y por tanto a los lectores del Evangelio, cómo elaborar el miedo, cómo
transformar el miedo en confianza.
En primer lugar, el evangelizador puede tener miedo de
las palabras que pronuncia, que debe pronunciar. Las palabras provocan
reacciones y el anunciador puede sentirse intimidado por ello. Jesús explica
que incluso sus enseñanzas entregadas en secreto, en lo oculto, deben ser
anunciadas públicamente (Mt 10,26-27).
¿Qué puede sostener al discípulo en su valiente
anuncio de la palabra? La conciencia de la verdad, aunque estas palabras le
acarreen hostilidad, incomprensiones, oposiciones. No está claro si la verdad
de la proclamación se manifestará históricamente o solo escatológicamente, en
el momento del juicio final, pero lo que da fuerza al testimonio del enviado es
la conciencia del mandato recibido del Señor y de la verdad de su propio decir,
cueste lo que cueste, aunque sea contra todos y contra todo.
Y, paradójicamente, precisamente las enemistades
suscitadas indican que el discípulo se encuentra en el camino que también
recorrió su Maestro (cf. Mt 10,24-25).
Por lo tanto, el evangelizador, el misionero,…, puede
temer por su propia integridad física, por la violencia que puede sufrir y que
puede llegar hasta el asesinato (Mt 10,28). Aquí Jesús invita a discernir dónde
reside la verdadera vida y a aceptar el hecho de que hay bienes más profundos
cuya salvaguarda puede dar sentido incluso a la pérdida de la vida. Y de nuevo
recuerda que el único a quien hay que temer verdaderamente es aquel que es
señor no solo del cuerpo, sino también del alma.
Por último (Mt 10,29-31), Jesús recuerda que aquel a
quien debe dirigirse el temor reverencial del discípulo es el «Padre
vuestro», aquel que se preocupa incluso por la vida de c
riaturas como
los gorriones. Más que una exhortación a la autoestima, tenemos la invitación a
la fe en aquel a cuyos ojos el hombre es precioso: «Vosotros valéis más que muchos
gorriones» (Mt 10,31).
Las exhortaciones a no temer evolucionan cada vez más hacia la invitación a la confianza. De hecho, Dios se presenta como el Dios del cuidado, el Dios de la ternura, el Dios que se ocupa y se preocupa por el hombre. Guardar en lo más profundo de uno mismo esta convicción es motivo de confianza, y por tanto también de fuerza y de valor, para el evangelizador.
Así, Jesús, con la máxima sobre el reconocimiento
público de Él por parte del creyente, la confesión de Él hecha valientemente «ante
los hombres» y, por el contrario, la negación, afirma que el
comportamiento del creyente en la historia tiene consecuencias en el juicio
escatológico (Mt 10,32-33).
Y el creyente no puede presumir de ninguna certeza de
salvación respecto a los demás. La confianza implica también un no saber, una
incógnita, incluso cuando se trata de confianza en el Dios de la ternura y del
cuidado. La certeza de la confianza implica siempre una incertidumbre, es
decir, no se sitúa en la misma onda que la certeza común.
El saber propio de la fe es el saber de la entrega y
no tiene nada que ver con una póliza de seguro o con un sistema de prevención
para evitar los azares del futuro. Existe la posibilidad de incurrir en el
juicio «Nunca os he conocido» (Mt 7,23) o «No os conozco» (Mt 25,12)
incluso para los creyentes y los practicantes. He aquí, pues, que el temor del
Señor entra de pleno derecho a formar parte de la fisonomía de la fe en el
Señor mismo.
Si entendemos la fe como la superación del miedo,
debemos sin embargo reconocer que el miedo, en sus múltiples facetas, es
importante porque «toma la medida» del acto de fe, hace que el creyente sea
consciente de lo que implica el hecho de creer.
Y esto en dos sentidos: por un lado, mostrando la
exigencia temible que el Evangelio requiere, la radicalidad de la entrega de sí
mismo a la que llama y las posibilidades de pérdida de sí mismo que puede
conllevar; y, por otro, poniendo de relieve los límites y las carencias, las
miserias y las pobrezas del propio creyente, que le llevan a dudar de su propia
idoneidad.
El miedo puede apoderarse de la persona e impedirle la
relación y la confianza, pero el miedo no es menos esencial para el realismo de
la fe.
El miedo es un indicador de la realidad que, asumido,
elaborado y superado en el temor de Dios inherente al acto de fe, permite que
este último sea un acto consciente e incluso liberador, es decir, capaz de
desplegar las potencialidades humanas de la persona poniéndolas al servicio de
una vida bajo el signo de la obediencia a la voluntad del Señor.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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