lunes, 8 de junio de 2026

Nada ni nadie nos podrá separar de Él - San Mateo 10, 26-33 -.

Nada ni nadie nos podrá separar de Él - San Mateo 10, 26-33 -

Ésta es una parte del discurso que el Señor Jesús dirige a los apóstoles al enviarlos en misión (cf. Mt 10,5-42): son palabras inspiradoras y normativas para los cristianos de todos los tiempos, llamados a dar testimonio del Evangelio entre los hombres.

 

Tras prometer a los Doce su autoridad, gracias a la cual serán anunciadores fiables del Reino y realizarán obras de cuidado y sanación hacia los enfermos, Jesús les anuncia las persecuciones que deberán sufrir: «Os envío como ovejas en medio de lobos… Os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas, y seréis llevados ante gobernadores y reyes por mi causa» (Mt 10,16-18).

 

Seguir a Jesús significa estar totalmente implicados en su vida, hasta el punto de participar en su pasión, la pasión del justo perseguido injustamente por quienes no soportan su hacer el bien (cf. Sab 2).

 

Si Jesús ha sufrido, no puede ser de otra manera para el cristiano, porque «el discípulo no es más que el maestro» (Mt 10,24) y —son siempre palabras de Jesús— «si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20). Es una realidad vivida por los cristianos de las primeras generaciones (cf. 1 P 4,12-19) y aún hoy, en silencio, por numerosos cristianos en muchas partes del mundo…

 

Jesús, sin embargo, no se limita a anunciar a los apóstoles la hostilidad violenta que deberán sufrir, sino que los exhorta repetidamente a no temer, a no tener miedo, y les infunde la parresía, esa valiente franqueza que nace de una fe firme.

 

Tal confianza descansa ante todo en el poder de la palabra del Señor Jesús: la enseñanza que Él reveló a los suyos en privado, «en secreto», está dotada de la eficacia de la Palabra de Dios; es una palabra que no puede ser encadenada (cf. 2 Tim 2,9) y, por tanto, tarde o temprano será revelada, manifestada, predicada a los cuatro vientos.



A nosotros solo se nos pide que no obstaculicemos su curso (cf. 2 Tes 3,1), es decir, que seamos sus anunciadores fieles y creíbles, cueste lo que cueste, sin retroceder ni caer en compromisos basados en cálculos humanos…

 

Es en este sentido que Jesús nos anima a nosotros, sus discípulos, pidiéndonos que no temamos ni siquiera ser asesinados por su causa: los hombres podrán darnos la muerte, pero nunca podrán quitarnos la verdadera vida, aquella que nos ha sido dada por el Padre.

 

Jesús nos invita así a permanecer firmes en ese abandono confiado al Padre que fue la verdadera fuerza de su vida, ese abandono que, ante la inminencia de su fin, le llevó a orar: «Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mt 26,39). Y aquí lo hace con palabras que no necesitan comentario, pero que deben grabarse profundamente en nuestro corazón: «¿Acaso no se venden dos gorriones por un centavo? Sin embargo, ni uno solo de ellos caerá a tierra sin que vuestro Padre lo permita… No temáis, pues: ¡vosotros valéis más que muchos gorriones!».

 

Es de la conciencia de nuestra condición de hijos de donde puede surgir la confesión, el reconocimiento de Jesús como Señor e Hijo de Dios ante todos los hombres. Un reconocimiento hecho no solo con palabras (cf. Mt 7,21), sino con toda nuestra persona, mostrando con nuestra conducta de vida que vale la pena morir y, por tanto, vivir por Él.

 

En el juicio final, de hecho, se nos pedirá cuenta de nuestra adhesión a Jesús y de nuestro amor por Él: pero este juicio comienza ya hoy y depende de nuestra capacidad de «renunciar a nosotros mismos» (cf. Mt 16,24), de dejar de considerar nuestra vida como la medida de todo para permitir, en cambio, que sea Cristo quien viva en nosotros.

 

Solo si nos ejercitamos en hacer esto podremos conocer y amar verdaderamente al Señor Jesús; de lo contrario, acabaremos negándolo ante los hombres (cf. Mt 26,69-75) y entonces también Él, ante el Padre, tendrá que admitir que nunca nos conoció…

 

Sí, el mundo puede perseguirnos y desatar contra nosotros su hostilidad, pero no puede amenazar nuestra condición de cristianos, de personas que aman a Jesucristo por encima de todo, porque depende siempre de nosotros, en cualquier circunstancia, vivir con Cristo, vivir su Evangelio: nada ni nadie podrá impedírnoslo jamás, y ahí reside la fuente de nuestra extraordinaria libertad.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

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