Una revelación nueva e inaudita - San Mateo 11, 25-30 -
Te alabo, Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños…
Los pequeños: de ellos está lleno el Reino de los
cielos, lleno el Evangelio. Dios tiene sus preferencias, no es neutral: los
pobres, como los gorriones, tienen su nido en su mano. Ante Dios no hay nada
mejor que ser nada, como el aire ante el sol, polen en el viento de primavera -
Simone Weil -. El único mérito del anunciador es ser infinitamente pequeño;
solo así el anuncio será una alegría infinitamente grande.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados;
aprended de mí y encontraréis descanso.
Jesús no viene trayendo una nueva ética, viene
trayendo una copa llena de paz. No trae nuevos preceptos, sino una promesa: el
Reino de Dios es paz y alegría en el Espíritu (Rom 14,17). Está legitimado para
presentarse de nuevo ante los hombres porque reconforta la vida, porque habla
el lenguaje de la alegría.
Aprended de mi corazón…
A Jesús se le aprende conociendo su corazón, es decir,
su manera de amar. El corazón no es un maestro más entre otros, es «el»
maestro de la vida. Comienza, pues, el discipulado del corazón, para nosotros,
discípulos sabios y eruditos, que corremos el riesgo de seguir siendo
analfabetos del corazón. Burócratas de las normas y analfabetos del corazón.
Porque Dios no es un concepto, no es una regla ni una disciplina, es el corazón
dulce y fuerte de la vida.
Y encontraréis descanso.
El descanso de la existencia es un corazón manso, sin
violencia ni engaño, una criatura en paz y sin presunción, que difunde una
sensación de descanso en la aridez de la vida.
Mi yugo es suave y mi carga ligera.
¿Cómo puede el yugo ser un ideal para el hombre
moderno, celoso de hasta la más mínima porción de libertad, para el hombre que
en el último siglo ha luchado precisamente por sacudirse de encima todos los
yugos?
En el lenguaje de la Biblia, «yugo» indica la ley de
Moisés (cf. Ne 9, 29) que Jesús resumió en el nuevo mandamiento del amor, la
antigua novedad. Pero amar a Dios con todo el corazón no es cristiano; también
los judíos y los musulmanes deben amar a Dios con todo el corazón. Amar al
prójimo como a uno mismo tampoco es cristiano, ya que esto también se aplica a
los escribas y a los doctores de la ley.
Yo no amaré a Dios, amaré al Padre de Jesucristo, al
Abbá, lo amaré como hijo. No amaré al prójimo como a mí mismo, lo amaré como
Jesús lo ama (no tanto, sino como, o nos sentiríamos abrumados) con el corazón
manso y humilde del único que es Hijo y hermano. Yo también soy hijo en el Hijo,
hermano en el Hermano.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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