Yo estoy con vosotros: no tengáis miedo - San Mateo 10, 26-33 -
Nos guste o no, el miedo forma parte de la vida humana. Desde niños hemos sentido temores que, a menudo, tras revelarse infundados, desaparecían; pero también en la madurez pueden surgir miedos ante ciertas situaciones —el dolor, los malentendidos, la soledad, las incertidumbres, la muerte— que se nos presentan y que debemos, al menos, «intentar» afrontar y superar, quizá con la ayuda de Dios.
Pero todos nosotros, como hijos de Dios y discípulos
de Jesús, no podemos ni debemos tener motivos para temer, porque creemos
firmemente que no estamos solos, tal y como nos dijo el propio Señor: «No os
dejaré huérfanos» (Jn 14, 18) y «He aquí que yo estoy con vosotros todos los
días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).
Dios, que es un Padre amoroso, que se ocupa de sus
criaturas hasta en los más mínimos detalles, con mayor razón no puede dejar de
preocuparse por nosotros y cuidar de nosotros.
«No temáis»: estas palabras resuenan
tres veces, con insistencia. Sin duda más una promesa que una orden. La
advertencia, repetida como un estribillo por Jesús tras dar instrucciones a sus
discípulos, es la de no temer, de no tener miedo, nunca.
No tener miedo de aquellos a quienes se anuncia el
Evangelio en contextos indiferentes u hostiles y, sobre todo, miedo de aquellos
que pueden llegar incluso a matar el cuerpo.
El miedo es una emoción primordial que nos alerta ante
algo que percibimos como amenazante y peligroso para nosotros y que nos lleva,
por ejemplo, a escondernos de los hombres e incluso de Dios (Adán y Eva) o a
huir (como muchos profetas) de nuestras responsabilidades.
Pero los demás, que pueden ser motivo de miedo,
también pueden convertirse en fuente de valor; pueden convertirse, gracias al
amor, en una ocasión para vencer al miedo. Se dice que el amor es valiente: por
amor puedo emprender acciones o soportar situaciones que ponen en riesgo
incluso mi bienestar y también mi vida. Eso es. ¡Este Evangelio habla del valor
del anuncio!
El valor de ser predicadores… «Anuncia la Palabra, insiste a
tiempo y a destiempo, reprende, exhorta con toda magnanimidad y enseñanza».
(2 Tim 4, 2). ¡Anuncia! ¡No es una posibilidad! ¡Es un imperativo! Todo
cristiano debe ser un anunciador de la Palabra de Dios porque, si no lo hace,
desperdicia la gracia que se le ha concedido y empobrece no solo a los demás,
sino también a sí mismo.
Este año estamos leyendo el Evangelio de Mateo, que
concluye precisamente con la promesa del Resucitado a sus discípulos: «He aquí que yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
Una confianza muy bien subrayada también por la imagen de un Dios que se preocupa incluso por los gorriones y que se interesa también por conocer el número de cabellos de una persona. ¿Qué más podemos desear o pretender?
«No tengáis miedo». Jesús no les dice a los discípulos que no encontrarán oposición, incomprensión o sufrimiento. Al contrario, los prepara para la posibilidad del rechazo. Pero precisamente desde esta perspectiva les entrega la mayor certeza: ninguno de ellos está olvidado ante Dios.
«Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados». No tengáis miedo: no porque todo vaya a salir como deseáis, sino porque ningún aspecto de vuestra vida escapa a la mirada del Padre.
Lo contrario del miedo no es simplemente el valor. Lo contrario del miedo es la fe. El valor puede surgir de un impulso del carácter; la fe, en cambio, nace de la certeza de estar protegidos.
Es la fe la que nos devuelve la capacidad de exponernos sin jugar al escondite. Es la fe la que nos hace correr el riesgo de ser reconocidos como «suyos», como le ocurrió a Pedro cuando una sirvienta, en el patio del Sumo Sacerdote, le dijo: «Tú también estabas con Jesús el galileo».
Pero aquella noche no fue la última palabra sobre la vida de Pedro. Su llanto se convirtió en el lugar en el que descubrió su propia fragilidad y, al mismo tiempo, la fidelidad del Señor. Jesús no lo renegó y le confió de nuevo a sus hermanos.
Este es el corazón de la promesa evangélica: cuando reconocemos al Señor, descubrimos que Él ya nos había reconocido mucho antes.
Antes de nuestra fidelidad está la suya. Antes de nuestra profesión de fe está su mirada que nos llama por nuestro nombre. Antes de nuestro valor está su misericordia que nos levanta tras cada negación.
Durante muchos siglos hemos anunciado caminos para salvar el alma y, a veces, los hemos identificado en un distanciamiento de la historia, como si la salvación consistiera en preservar zonas francas e incontaminadas.
En el lenguaje del Evangelio, sin embargo, el alma coincide con la vida, con aquello que hace que una persona esté viva, con las razones profundas por las que se levanta cada mañana, ama, espera y lucha.
Hoy nos esforzamos por preservar el cuerpo del desgaste del tiempo, por protegerlo, cuidarlo y prolongar su bienestar. Todo esto es legítimo.
Sin embargo, corremos el riesgo de perder precisamente el alma, es decir, las razones para vivir. Podemos seguir existiendo biológicamente y ya no saber para qué vivimos. Y quizá este sea el mal más difícil de exorcizar.
El Evangelio nos plantea hoy una pregunta decisiva: ¿qué hace que mi vida merezca la pena ser vivida? ¿Por qué estoy dispuesto a arriesgarme? ¿Qué muestro ante los demás a través de mis palabras, mis decisiones y mi forma de tratar a los demás?
«No tengáis miedo». Tenéis vuestro nido
en las manos de Dios. Vuestra vida está protegida incluso antes de que los
demás la comprendan. Vuestro nombre se pronuncia ante el Padre incluso antes de
recibir la aprobación de los hombres. Por eso podéis vivir sin mendigar
continuamente confirmaciones, sin doblegar vuestra conciencia con tal de ser
aceptados, sin ocultar lo que da sentido a vuestros días.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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