sábado, 4 de julio de 2026

Aprended de mí a haceros pequeños - San Mateo 11, 25-30 -.

Aprended de mí a haceros pequeños - San Mateo 11, 25-30 -

Mantener la coherencia entre todas las partes de un relato evangélico no siempre resulta fácil.

 

Sin duda, resulta muy cómodo cuando se nos cuenta una parábola, que quizá ya hayamos oído otras veces, porque nos da la impresión de poder clasificarla y definirla con claridad dentro de esquemas preestablecidos que ya conocemos.

 

Resulta más difícil cuando la enseñanza de Jesús parece seguir un camino propio, a través de un conjunto de frases inconexas, no solo por el contenido, sino también por el tono, muy diferentes unas de otras.

 

Este Evangelio comienza con una alabanza al Padre, pasa por una descripción estrictamente teo-lógica de la relación entre el Padre y el Hijo, y concluye con una invitación al descanso.

 

¿Cómo se puede dar coherencia a todo esto? ¿Es posible identificar un hilo conductor sutil?

 

El pasaje comienza con la alabanza de Jesús al Padre, que ha revelado «estas cosas» a los pequeños. ¿Qué cosas?

 

Si leemos lo que precede a este relato, Jesús ha hablado del destino de quienes acogen su anuncio y, sobre todo, de quienes no lo acogen. Esto es lo que ha revelado el Padre: su designio de amor y salvación.

 

Pero, ¿a quién se lo ha revelado? Jesús habla de los pequeños. Sin embargo, resulta curioso que, inmediatamente después, se diga que «nadie conoce al Padre sino el Hijo».

 

Y es que es precisamente el Hijo el primero en poder recibir la revelación del Padre y, por lo tanto, es el Hijo el primero en ser contado entre los pequeños.

 

Por eso Jesús comienza su discurso con una alabanza: es la alabanza de los pequeños, de aquellos que han recibido la revelación del Padre a través del Hijo.


Pero… ¿a quién querrá revelar estas cosas el Hijo? ¿A quién querrá hacer partícipe de su alabanza?

 

Evidentemente, a aquellos que están invitados: el yugo del Hijo es su alabanza, su consuelo es la relación con el Padre. Estos son los pequeños: aquellos que aprenden a ser «mansos y humildes de corazón», tal y como Jesús, tal y como el Hijo.

 

Y ¿qué significa todo esto hoy en día? ¿Quiénes son los pequeños y, sobre todo, por qué se les contrapone a los sabios y a los eruditos, y no, por ejemplo, a «los grandes»?

 

En el centro de todo el discurso está la revelación del Padre, está el aceptar el yugo del Hijo, está el compartir un canto de alabanza.

 

El pequeño, aún hoy, es aquel que se pone a escuchar a Jesús, aquel que se deja instruir por Él sobre el Padre, sobre la humildad, sobre la alabanza. Solo así se puede encontrar consuelo, no en el propio conocimiento ni en el propio saber.

 

Esta es una sugerencia especialmente relevante para nosotros hoy.

 

La grandeza de la que hay que huir no es solo aquella llamativa y soberbia que vemos cada día a nuestro alrededor, sino también aquella más sutil y silenciosa que se esconde tras los libros leídos, las páginas escritas y los discursos pronunciados y que, como nos dice Jesús, nos aleja del Padre, si no aprendemos, una y otra vez, a hacernos pequeños, a ponernos a escuchar.

 

Hay una relación que nos espera, que desea acogernos y a la que estamos invitados.

 

No es algo en lo que entremos por la fuerza, ni siquiera con nuestras propias fuerzas, por muy grandes que sean las del pensamiento o del conocimiento.

 

Mansos y humildes de corazón: solo así podemos tomar ese yugo que nos da descanso, ese «peso» que realmente nos eleva.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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