Aprended de mí a haceros pequeños - San Mateo 11, 25-30 -
Mantener la coherencia entre todas las partes de un relato evangélico no siempre resulta fácil.
Sin duda, resulta muy cómodo cuando se nos cuenta una
parábola, que quizá ya hayamos oído otras veces, porque nos da la impresión de
poder clasificarla y definirla con claridad dentro de esquemas preestablecidos
que ya conocemos.
Resulta más difícil cuando la enseñanza de Jesús
parece seguir un camino propio, a través de un conjunto de frases inconexas, no
solo por el contenido, sino también por el tono, muy diferentes unas de otras.
Este Evangelio comienza con una alabanza al Padre,
pasa por una descripción estrictamente teo-lógica
de la relación entre el Padre y el Hijo, y concluye con una invitación al
descanso.
¿Cómo se puede dar coherencia a todo esto? ¿Es posible
identificar un hilo conductor sutil?
El pasaje comienza con la alabanza de Jesús al Padre,
que ha revelado «estas cosas» a los pequeños. ¿Qué cosas?
Si leemos lo que precede a este relato, Jesús ha
hablado del destino de quienes acogen su anuncio y, sobre todo, de quienes no lo acogen. Esto es lo que ha
revelado el Padre: su designio de amor y salvación.
Pero, ¿a quién se lo ha revelado? Jesús habla de los pequeños. Sin embargo, resulta
curioso que, inmediatamente después, se diga que «nadie conoce al Padre sino el
Hijo».
Y es que es precisamente el Hijo el primero en poder
recibir la revelación del Padre y, por lo tanto, es el Hijo el primero en ser contado entre los
pequeños.
Por eso Jesús comienza su discurso con una alabanza:
es la alabanza de los pequeños, de aquellos que han recibido la revelación del
Padre a través del Hijo.
Pero… ¿a quién querrá revelar estas cosas el Hijo? ¿A quién querrá hacer partícipe de su alabanza?
Evidentemente, a aquellos que están invitados: el yugo del Hijo es su
alabanza, su consuelo es la relación con el Padre. Estos son los pequeños:
aquellos que aprenden a ser «mansos y humildes de corazón», tal y
como Jesús, tal y como el Hijo.
Y ¿qué significa todo esto hoy en día? ¿Quiénes son
los pequeños y, sobre todo, por qué se les contrapone a los sabios y a los eruditos,
y no, por ejemplo, a «los grandes»?
En el centro de todo el discurso está la revelación
del Padre, está el aceptar el yugo del Hijo, está el compartir un canto de
alabanza.
El pequeño, aún hoy, es aquel que se pone a escuchar a
Jesús, aquel que se deja instruir por Él sobre el Padre, sobre la humildad,
sobre la alabanza. Solo así se puede encontrar consuelo, no en el propio
conocimiento ni en el propio saber.
Esta es una sugerencia especialmente relevante para
nosotros hoy.
La grandeza de la que hay que huir no es solo aquella
llamativa y soberbia que vemos cada día a nuestro alrededor, sino también
aquella más sutil y silenciosa que se esconde tras los libros leídos, las
páginas escritas y los discursos pronunciados y que, como nos dice Jesús, nos
aleja del Padre, si no aprendemos,
una y otra vez, a hacernos pequeños, a ponernos a escuchar.
Hay una relación que nos espera, que desea acogernos y
a la que estamos invitados.
No es algo en lo que entremos por la fuerza, ni
siquiera con nuestras propias fuerzas, por muy grandes que sean las del
pensamiento o del conocimiento.
Mansos y humildes de corazón: solo así podemos tomar
ese yugo que nos da descanso, ese «peso» que realmente nos eleva.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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