sábado, 4 de julio de 2026

Dejarse sor-prender por el Dios de Jesús - San Mateo 11, 25-30 -.

Dejarse sor-prender por el Dios de Jesús - San Mateo 11, 25-30 -

El ambiente no era nada tranquilo.

 

Algunos consideraban a Jesús un blasfemo; otros llegaban a decir que realizaba prodigios en nombre de Belcebú; incluso Juan el Bautista, desde la cárcel, parecía sentir una especie de desconcierto ante un Mesías que no se correspondía del todo con la imagen que él había anunciado.

 

Incluso las instituciones más importantes, aquellas que deberían haber reconocido la novedad de Dios, permanecían básicamente indiferentes.

 

No es casualidad que, poco antes, Jesús pronuncie palabras duras contra aquellas ciudades que habían visto muchas señales y, sin embargo, no habían dado un paso en el camino de la conversión.

 

Casi parece percibir en él el amargo eco del libro de las Lamentaciones: ¿qué más debería haber hecho y no hice?

 

Ante los signos evidentes de la obra de Dios, el corazón puede endurecerse, hasta el punto de no ver ya nada, hasta el punto de decidir que esa presencia debe ser eliminada.

 

Y, sin embargo, ocurre algo inesperado.


Mientras que quienes presumen de saber no acogen, quienes están al margen muestran una disposición sorprendente: publicanos, pecadores, mujeres, enfermos, pobres, gente sin prestigio y sin voz.

 

Aquellos que no tenían motivos para jactarse se convierten en los primeros destinatarios del Evangelio.

 

No porque la pobreza o la marginación sean automáticamente garantía de fe, sino porque quien no está lleno de sí mismo aún tiene espacio para dejarse alcanzar. Quien no pretende poseer a Dios aún puede reconocerlo cuando pasa.

 

Jesús, entonces, no se deja atrapar por la amargura del rechazo, no responde con resentimiento. Al contrario, se entrega a la alabanza: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra».

 

Es una alabanza que nace en medio de una situación difícil, no al margen de ella. Jesús no alaba porque todo vaya bien, sino porque, incluso en lo que parece fracasar, reconoce al Padre en acción.

 

A eso es a lo que estamos llamados: a reconocer la acción de Dios incluso cuando se desbaratan nuestros planes.


A menudo imaginamos que Dios debe manifestarse a través de lo que es fuerte, evidente, reconocido y aprobado.

 

Jesús, en cambio, contempla al Padre que se complace en revelarse a los pequeños, no a los superficiales, ni a los ingenuos, sino a aquellos cuyo corazón está libre de la presunción de bastarse a sí mismos.

 

Los «pequeños» del Evangelio no son personas sin pensamiento, sin inteligencia. Son aquellos que acogen a Dios como compañero de sus días, como apoyo en su esfuerzo, como presencia que no humilla sino que levanta.

 

Por eso Jesús puede decir: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso». Venid con el peso real de vuestra vida, no con la imagen ideal que querríais mostrar.

 

El cansancio del que habla Jesús no es solo físico.

 

Es el cansancio de quien lleva sobre sus hombros fatigas no expresadas, responsabilidades que agobian, decepciones que le han quitado el ímpetu, sentimientos de culpa que le impiden respirar.

 

Es el cansancio de quien ha intentado soportarlo todo solo, de quien se ha sentido juzgado, de quien se ha descubierto frágil, de quien ya no consigue estar a la altura de sus propias expectativas ni de las de los demás.

 

A estas personas, Jesús no les ofrece un sistema de pensamiento, sino a sí mismo: «Venid a mí». El consuelo cristiano no es, ante todo, la solución inmediata de los problemas, sino una relación en la que el peso de la vida ya no se lleva en soledad.


Jesús no promete una vida sin yugo; más bien dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros». El yugo permanece, pero ya no es el yugo del miedo, del rendimiento, del orgullo, del juicio, de las apariencias. Es el yugo de quien camina con Jesús y de él aprende la mansedumbre y la humildad de corazón.

 

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Es como si Jesús dijera: no aprendáis solo mis palabras, aprended mi forma de estar en la vida.

 

Aprended de mí a no responder al rechazo con dureza; aprended de mí a no dejar que la decepción os envenene; aprended de mí a buscar la obra del Padre incluso cuando los hombres no reconocen, no comprenden, no acogen.

 

La mansedumbre de Jesús no es debilidad. Es la fuerza de quien no necesita imponerse para ser auténtico.

 

La humildad de Jesús no es renuncia a la propia dignidad. Es la libertad de quien recibe todo del Padre y no tiene que defenderse continuamente a sí mismo.

 

Por eso su yugo es suave y su carga ligera: no porque la vida se vuelva fácil, sino porque deja de ser inhumana.

 

Jesús no elimina necesariamente todo esfuerzo, pero impide que se convierta en desesperación. No elimina toda carga, pero la atraviesa con nosotros.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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