Una Palabra de vida - San Mateo 13, 1-23 -
He aquí que el sembrador salió a sembrar. Y enseguida se convierte en una profecía de verano,
de pan, de mesas bien puestas, del fin del hambre. Jesús observa a un sembrador
y, en su gesto, intuye algo de Dios.
La alegría de imaginar a Dios tal y como lo revela
Jesús: un Dios campesino que esparce a manos llenas sus semillas de vida,
fecundador incansable de nuestras vidas, obstinado en la confianza, un Dios
sembrador: mano que se abre, comienzos que florecen, primavera.
Dios es como la primavera del cosmos; nosotros
deberíamos ser el verano del mundo, que lleva a maduración las semillas
divinas, perfumado de frutos. Cada corazón es un terrón de tierra buena, apto
para dar vida a las semillas de Dios. ¡Pero cuántas veces he detenido el
milagro! Yo, que soy camino, senda pisoteada, campo de piedras y guijarros, yo,
que cultivo espinas en el corazón...
Mientras sembraba, una parte cayó junto al camino;
vinieron los pájaros y se la comieron.
El primer error lo cometo cuando soy camino, alguien
que nunca se detiene. La palabra de Dios pide un minuto de descanso, un minuto
de pasión: quien corre siempre se ve despojado de sentido, despojado de la sed
de infinito que constituye nuestra dignidad.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había
mucha tierra…
El segundo error es el corazón poco profundo, un
corazón que no conserva, no guarda, no medita. Así actúa el cristiano
adolescente que hay en mí, que se conforma con sensaciones y no profundiza.
Otra parte cayó entre las zarzas, y estas crecieron y
la ahogaron.
El tercer error es la ansia de riquezas y bienestar; y
luego la espina de lo cotidiano, debida al esfuerzo de conciliar trabajo y
familia, de resistir el desánimo, la soledad, la inseguridad ante el mañana...
Una espina que ahoga la confianza y te hace creer que en ti no hay espacio para
que germine una semilla divina, un gran sueño.
Pero el centro de la parábola no están los errores del
hombre; el protagonista es un Dios generoso, que no priva a nadie de sus dones.
Surge entonces la alegría y la confianza de que, por
muy árido, apagado o estéril que esté, Dios sigue sembrando en mí, sin
descanso. A pesar de todas las zarzas y espinas, a pesar de todas las piedras y
caminos, Él ve una tierra capaz de acoger y florecer, donde el pequeño brote
acabará por triunfar.
Me conmueve este Dios que ha sembrado tanto en mí para
cosechar tan poco. Él sabe que tres veces, dice la parábola; infinitas veces,
dice mi experiencia, no respondo; pero luego, una vez respondo, y es treinta,
sesenta, quizá cien por uno.
Amo a este Dios labrador, lleno de confianza en la
fuerza de la semilla y en la bondad del puñado de tierra que soy yo, al mismo
tiempo campo de espinas y tierra capaz de hacer florecer las semillas de Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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