sábado, 8 de agosto de 2026

Quizás la fe sea… (un relato muy personal) - San Mateo 14, 22-33 -.

Quizás la fe sea… (un relato muy personal) - San Mateo 14, 22-33 -

Me dan ganas de preguntarle al Señor por qué tanta soledad. ¿Por qué decide retirarse al monte, solo, apartado, a orar, mientras obliga a los discípulos a una travesía nocturna y solitaria? 

Pero son preguntas que no tendrían respuesta; el pasaje evangélico no nos permite indagar en esa dirección; lo que hacen las palabras es, sencillamente, describir lo que existe, y no me refiero a hace dos mil años. 

El pasaje es la descripción del presente. Nos guste o no, estamos solos, embarcados en la aventura de llegar a la otra orilla; el viento casi siempre sopla en contra y el silencio de Dios es una constante que hay que aceptar. 

Me dan ganas de preguntarle a Jesús por qué tanto silencio, si realmente tiene sentido obligarnos a una vida así, si no parece demasiado pesada la tarea de remar contra vientos siempre demasiado contrarios, pero ni siquiera a esto encontraría respuesta, y por eso prefiero creer que también Jesús está triste, solo, al margen, al menos preocupado. ¿Cómo puede permanecer tranquilo un padre cuando sus hijos están a punto de morir? 

Esta página me ayuda a imaginar la preocupación de Dios. Y, por tanto, la de Jesús por sus amigos, confinados en esa barca a merced de los vientos. 

Me imagino entonces sus oraciones distraídas, como las de las madres cuando un recién nacido duerme en la habitación de al lado, como las de los ancianos cónyuges que llevan toda una vida juntos cuando uno de los dos se está muriendo, y se cuentan las respiraciones y siempre se piensa que la que acaba de exhalar es la última. Y se piensa en morir con él. 

Esta página me hace imaginar a un Jesús que se distrae por amor a nosotros. 

Mientras tanto, en la barca se hace lo que se puede; es difícil que la travesía de la vida sea tranquila; incluso cuando todo parece ir bien, siempre hay esa inquietud de fondo, ese miedo a caer fuera del borde de los acontecimientos; y luego el viento… ¿Es posible que siempre haya este viento en contra? 

Las del Evangelio son imágenes, pero son imágenes elementales; todos podemos reconocernos en esa travesía nocturna. 

No hay mejor imagen para definir la desorientación que a menudo nos invade cuando ya no somos jóvenes, pero tampoco lo suficientemente mayores como para poder recoger los remos, demasiado lejos del puerto de partida y a una distancia incierta del posible puerto de llegada. A nuestro alrededor: la oscuridad. Y las olas. Negras. Que parecen devorar cada uno de nuestros intentos de vivir. 

Luego, esa escena fácil de descifrar pero difícil de reinterpretar: Jesús, al final de la noche (como para subrayar que, de todos modos, debemos atravesar la noche solos), camina hacia sus discípulos. 

No es un milagro original —muchas tradiciones religiosas narran el sueño de caminar sobre el mar—, pero sí es eficaz: si el mar es símbolo de la muerte, del caos y del miedo, Jesús lo domina, camina sobre él, lo hace habitable. 

Y todo está claro, pero no entiendo qué significa eso para nosotros. Lo digo con sinceridad: ¿qué significa que Él domine mis miedos? ¿Que Él es más fuerte que mi desorientación? ¿Cómo viene a mi encuentro hoy? 

Y, por favor, no me digáis que es una paz que se siente en el corazón, no me lo creo, no es su lenguaje; Él se hizo carne y se confía al pan, al vino, al cuerpo, y no a un vago sentimiento o una emoción o una sensación... ¿Qué significa para mí, para nosotros, hoy, ese caminar suyo sobre las aguas, ese venir a nuestro encuentro? 

No lo sé, de verdad que no lo sé. Solo sé que no me basta con que Él camine. Me gustaría aprender a no morir dentro de mis miedos. 

Quizá sea esto lo que piensa Pedro. Que sea Jesús quien camine sobre las aguas sirve de poco; somos nosotros quienes querríamos aprender a sobrevivir. Y Pedro pide que se le permita realizar el milagro. Jesús lo llama y él obedece. «Ven», dice Jesús. No añade nada más. 

«Ven» como único antídoto contra el miedo. 

«Ven», quizá realmente se trate solo de eso. Quizá la fe sea cuestión de aprender a escuchar la llamada a la vida que el mundo nos canta continuamente; quizá la verdadera fe sea lograr percibir ese «susurro de una brisa suave», por decirlo con Elías, ese silencio sutil que habita también en cada tormenta y que nos llama a convertirnos en lo que estamos llamados a ser. Hombres y mujeres a su imagen y semejanza. 

Quizás la fe consista en aceptar las tormentas e incluso el viento en contra, pero con la certeza de que cada experiencia de la vida, en el fondo, nos llama a una nueva comprensión de lo que somos; cada experiencia, incluso la más dolorosa, nos invita a renacer; cada experiencia es una invitación a sorprendernos por lo que podemos llegar a ser. 

Cada instante, sobre todo el más dramático, no es más que la posibilidad (que no se da por sentada) de alcanzar un nivel mayor de conciencia de uno mismo. 

Pedro confía, y no es fácil; mantiene la mirada fija en Jesús; él es el modelo de hombre capaz de impulsar decisiones. Estamos llamados a caminar por el mar embravecido o por la incertidumbre fluida de lo cotidiano, pero solo podemos hacerlo si estamos enamorados de quien nos llama. 

El mar embravecido solo puede afrontarse con ojos enamorados. Solo los enamorados aceptan el riesgo de cambiar, aceptan el riesgo de perderse para alcanzar al amado. 

Luego es una vida que corre el riesgo de deslizarse hacia el abismo, pero también es una mano, un agarre firme, que nos mantiene a flote. O tal vez, justo antes, es la capacidad de pedir «ayuda».

No sé qué ocurrió hace dos mil años en aquella barca, pero me parece que hoy este pasaje nos pide simplemente que confiemos en la vida, que creamos que cada experiencia es un embarazo que nos da a luz (a menudo con dolor) y que, para renacer, hay que estar enamorados, pero también ser sabios, con la sabiduría de quien sabe pedir ayuda antes de ahogarse. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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