Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
Cerrar los ojos para pensar en la solemnidad de la Trinidad es un ejercicio de humildad.
Nuestra tentación suele ser refugiarnos en las definiciones de los manuales y tratados de teología: cristalinas, necesarias, pero a menudo alejadas de la vida concreta de las personas. El riesgo suele ser utilizar palabras sublimes que acaban volando por encima de las cabezas sin rozar la vida ni el corazón.
Y, sin embargo, la Trinidad es la realidad más concreta y cotidiana en la que vivimos.
Está en esas palabras que pronunciamos cuando trazamos la señal de la cruz: «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». O en aquellas otras que decimos al finalizar tantas oraciones: «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».
No es solo una fórmula, sino una inmersión en un misterio de comunión.
Son palabras que nos invitan a dejarnos envolver por el misterio trinitario de Dios, tanto como individuos como comunidad de fieles reunidos en su nombre para celebrar y entrar en relación con Él.
Me sorprendo cuando decimos con tanta naturalidad que Dios es «uno y trino», olvidando que la Iglesia primitiva corrió el riesgo de fragmentarse por encontrar las palabras adecuadas —naturaleza, persona, sustancia— para expresar este misterio.
Eso sí, lo confieso, mi corazón se siente
desentendidamente frío tanta distinción metafísica ante expresiones como: «adoramos
la Trinidad de las Personas, la unidad de la naturaleza y la igualdad de la
majestad divina». No dudo que sea un lenguaje elevado. Pero sí me suena
ajeno.
El consuelo de las palabras reveladoras lo encuentro en otra parte: «Dios amó tanto al mundo…».
La clave es detenerse en el Evangelio y que mucho más inmediato que tantas explicaciones teológicas: «Dios amó tanto al mundo». El cuarto evangelista presenta a Dios como Amor, tanto en el Evangelio como en sus Cartas.
El Amor, de hecho, en todas sus formas, define mejor a Dios: a Aquel que por amor creó el universo y formó al hombre y a la mujer, convirtiéndolos en protagonistas de una maravillosa historia de salvación, y envió al Verbo a encarnarse entre nosotros y para nosotros, haciéndonos capaces de hablar su mismo lenguaje.
El amor de Dios es tan fuerte, real y concreto que asume el rostro de una Persona, la tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo. Él es el Amor que une al Padre y al Hijo, y es también lo que une a Dios con los hombres. Y es precisamente este pensamiento el que ofrece uno de los significados más profundos de la Trinidad: Dios es relación.
Creemos en un solo Dios, en tres Personas: personas divinas que no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es Dios en su totalidad.
El Padre se llama así por el Hijo, y el Hijo por el
Padre. El Espíritu Santo es el amor entre ellos. En Dios, por tanto, «ser»
significa «estar en relación», y la relación que define su esencia es el
amor.
El amor significa relación y dinamismo: un movimiento constante de uno hacia el otro; es el contenido de la comunicación y, al mismo tiempo, el lenguaje para comunicarse. Aquí el dogma cobra vida: si Dios es amor, no puede ser soledad. Un Dios solitario no podría amar a nadie.
A menudo pensamos que podemos remontarnos al concepto divino de Dios-amor, partiendo de nuestros pequeños amores cotidianos, de nuestra experiencia.
El Evangelio, en cambio, invierte la perspectiva: desde la Trinidad, entendida como amor perfecto del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre, en el Espíritu Santo, se puede, es más, se debe descender a nuestros amores, que deben vivirse a imagen y semejanza del amor trinitario.
La experiencia de Jesús con sus discípulos fue toda una existencia en el amor que se convierte en una propuesta concreta también para nosotros. Una relación dinámica que busca constantemente un equilibrio entre cercanía y distancia, intimidad y separación, dependencia e independencia.
La Trinidad se convierte entonces en el horizonte sobre el que calibrar nuestras relaciones: en la familia, en las comunidades, en las amistades...
Jesús ha hecho de la comunión el rostro visible del Amor de Dios, ha hecho de la relación/comunión un Sacramento: el sacramento del amor de Dios por nosotros, y todos comprendemos bien lo que significa estar en comunión con Dios y entre nosotros, sobre todo cuando sentimos su ausencia.
El Espíritu de Jesús, que obra en nosotros mediante el mismo amor del Padre y del Hijo, es la fuerza que nos convierte en hombres y mujeres de relación.
Es el espíritu de Jesús quien nos permite, en la sencillez de la vida cotidiana, dejar traslucir con dulzura y respeto —aunque sea por un instante y quizá no con total claridad— el deseo (los salmos hablan de “hambre” y de “sed”) que tenemos de Dios, fuente del amor, de la relación, de la comunión.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




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