El Evangelio: mapa de la felicidad- San Mateo 13, 44-52 -
Tesoro:
palabra mágica, palabra de enamorados, de aventuras, de cuentos de hadas, pero
también del Evangelio, uno de los nombres más bellos de Dios.
El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro. Al Reino le ocurre lo mismo que a quien encuentra un
tesoro o una perla: un cambio radical, un vuelco total y gozoso que transforma
la existencia. Un tesoro no es el pan de cada día, es una revolución de la
vida.
Pues bien, incluso en días desilusionados y
descontentos, como los nuestros, el Evangelio se atreve a anunciar tesoros. Se
atreve a decir que el desenlace de la historia será feliz, feliz de todos
modos, feliz a pesar de todo. Porque en el mundo están en juego fuerzas más
grandes que nosotros, que no desaparecerán, a las que siempre podemos recurrir,
un don inmerecido. El Reino es de Dios, pero es para el hombre.
Un hombre encuentra un tesoro y, lleno de alegría, se
marcha. La alegría es el primer
tesoro que el tesoro nos regala. Que el Evangelio nos regala. Entrar en él es
como adentrarse en un río de alegría, respirar un aire fresco y cargado de
polen. ¡Dios establece con nosotros la pedagogía de la alegría!
En el libro del Eclesiástico se recoge un texto
sorprendente: Hijo, en la medida de lo posible, trátate bien... No te prives ni de un
solo día feliz (Eclo 14,11.14). Es la afectuosa invitación del Padre a
sus hijos, el rostro de un Dios atractivo, bello, radiante, cuyo objetivo no es
que estos hijos siempre rebeldes que somos le obedezcamos o le recemos, sino
que emplea toda su pedagogía para criar hijos felices. Como cualquier padre y madre.
¡Hijo,
no te prives de un día feliz! Antes de pedir oraciones, Dios ofrece
tesoros. Y el Evangelio tiene el mapa para encontrarlos.
Ese hombre va y vende lo que tiene. El labrador y el comerciante lo venden todo, pero
para ganarlo todo. No se tira nada, no pierden nada, lo invierten. Hacen un
buen negocio. Así son los cristianos: eligen y, al elegir bien, ganan. No son
más buenos que los demás, sino más ricos: tienen un tesoro de esperanzas, de
valor, de libertad, de corazón, de Dios.
«Crece en mí la convicción de que llevo un
tesoro de oro fino que debo entregar a los demás» - Simone Weil -.
Tesoro y perla son los nombres que el enamorado da a
su amor. Con la carga de afecto y alegría, con la energía arrolladora, con el
futuro que desprende. Dos nombres de Dios, para Jesús. El Evangelio me apremia:
¿Dios es para ti un tesoro o solo una carga? ¿Es la perla de tu vida o solo un
deber?
Me siento un labrador afortunado, un comerciante rico,
porque conozco el placer de creer, el placer de amar a Dios: una fiesta del
corazón, de la mente, del alma.
¡No es un motivo de orgullo, sino una responsabilidad!
Y doy las gracias a Aquel que me ha hecho tropezar con un tesoro, con muchas
perlas, a lo largo de muchos caminos, en muchos días de mi vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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