Para tenerlo todo - San Mateo 13, 44-52 -
Tesoro:
una palabra poco común, propia de los enamorados, de grandes aventuras, de
cuentos de hadas. Hoy, una palabra del Evangelio y el nombre de Dios.
Un labrador y un mercader encuentran tesoros. Lo
encuentra quien, por casualidad, entre zarzas y piedras, en un campo que no es
suyo, queda deslumbrado por la sorpresa; lo encuentra quien es un apasionado
conocedor y sabe bien lo que busca: Dios no soporta las estadísticas, todos
pueden encontrarlo o ser encontrados por Él.
Una vez encontrado el tesoro, el hombre, lleno de
alegría, va, vende todas sus posesiones y compra ese campo. La alegría es el primer tesoro que el tesoro nos
regala. Dios nos sigue seduciendo porque habla el lenguaje de la alegría, que
mueve, apremia, hace decidir: «cada hombre sigue aquel camino donde su
corazón le dice que encontrará la felicidad» - San Agustín -.
La alegría es un síntoma, es la señal de que estás
caminando bien, por el camino correcto. Avanzamos en la vida no a base de
fuerza de voluntad, sino por una pasión, por el descubrimiento de tesoros (donde
está tu tesoro, allí corre feliz tu corazón); avanzamos por los
enamoramientos y por la alegría que estos despiertan. Vive quien avanza hacia
lo que ama.
La vida no es ética, sino estética - H. U. von Balthasar -, en el sentido de que avanza
no por órdenes, sino por la seducción de tesoros y perlas; se mueve por una
pasión, y la pasión brota de la belleza, de haber vislumbrado la belleza de Jesús,
la vida bella, buena y bienaventurada del Evangelio.
Pero el don debe ser acogido; al descubrimiento debe
responder el compromiso: el labrador y el comerciante lo venden todo, pero para
ganarlo todo. Dejan mucho, pero para tenerlo todo. No pierden nada, lo
invierten.
Así son los cristianos, no más buenos que los demás,
pero más ricos: tienen un tesoro de esperanza, de luz, de cielo, de corazón, de
Dios.
Jesús es para mí un tesoro y una perla; haberlo
seguido ha sido el mejor negocio de mi vida. Me siento un labrador afortunado,
un comerciante rico. ¡No es un alarde, sino una responsabilidad!
Y doy las gracias a Aquel que me ha hecho tropezar con
un tesoro, o mejor dicho, con muchos tesoros, a lo largo de muchos caminos, en
muchos días de mi vida, convirtiéndola en una ventana al cielo, una vida
intensa, vibrante, apasionada, alegre, en paz, y espero también, al menos un
poco, buena y no inútil.
«Tesoro» y «perla» son nombres de
Dios. Con su carga de afecto y alegría, con su energía arrolladora, con el
futuro que abren, se dirigen a mí, un poco campesino y un poco comerciante, y
me preguntan: ¿pero Dios es para ti un tesoro o solo un deber? ¿Es una perla o
una obligación?
Es un tesoro, porque el Evangelio no es mortificación,
sino expansión de la vida; el cristianismo no es sacrificio ni renuncia, sino
ofrenda de luminosidad que hace reflorecer incansablemente la rosa del mundo,
la rosa de la vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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