Hijos de la encarnación y herederos de la resurrección
Me dices que en mis artículos hablo demasiado de lo humano… de historia, de política, de paz, de solidaridad,… «¿y dónde está el Evangelio?»
Te respondo con sinceridad: está precisamente ahí.
A mí, en todo caso, me sorprende lo contrario: celebrar la Eucaristía y dejar fuera lo humano - historia, política, paz, solidaridad… -. Como si el Cuerpo de Cristo terminara en el altar y no continuara en las heridas de las víctimas, de los que sufren la in-humanidad.
El Evangelio de Jesús, que es el Evangelio del Año de Gracia, de las Bienaventuranzas, del Reino, no se escribió para apartarnos de la historia, sino para vivirla. Jesús no predicó en un lugar separado del mundo. Recorrió las calles de Galilea, se encontró con pobres, enfermos, marginados, pecadores, víctimas de la injusticia y de un poder que oprimía a las personas.
Si hoy caminara por nuestras ciudades, ¿de verdad creemos que hablaría solo o principalmente de apariciones marianas, de devociones eucarísticas, de procesiones sagradas? ¿O no se detendría ante los niños asesinados por las guerras, ante los migrantes abandonados a su suerte en el Mediterráneo, ante los pobres olvidados, ante las víctimas del odio y del racismo?
Cuando leo el Evangelio no me encuentro con un Cristo neutral. Me encuentro con un Cristo libre (me acuerdo tanto del libro de Christian Duquoc que estudié en teología, Jesús, hombre libre). La libertad evangélica nunca es indiferencia. Es una libertad que cuestiona todo poder cuando ese poder se olvida del hombre.
No defiendo una postura política. Defiendo un criterio evangélico.
Cada vez que se humilla la dignidad del ser humano, cada vez que el poder se convierte en ídolo y sacrifica a las personas, el Evangelio no puede permanecer neutral. De este criterio surge lo que escribo, no de la pertenencia a un bando ideológico.
Sí, me da miedo el discurso de la prioridad nacional (catalana, española, …). Porque todo eso me suena a idolatría de un “nosotros” frente a un “otros”. Y eso es la negación de la dignidad de la persona. Dime: ¿qué página del Evangelio podría conciliarse con todo esto?
Cuando Jesús dice: «Era forastero y me acogisteis», ¿está haciendo política o está anunciando el Reino? Cuando proclama: «Bienaventurados los que traen la paz», ¿está entrando en el debate público o nos está revelando el rostro de Dios? Cuando afirma que no se puede servir a Dios y al dinero, ¿no está poniendo en tela de juicio todo sistema que absolutiza el poder o el beneficio?
El problema, tal vez, no es que yo hable de lo humano (historia, política, paz, solidaridad...). El problema es que, con demasiada frecuencia, hemos reducido el Evangelio a una espiritualidad inocua: consuela, pero no inquieta; tranquiliza, pero no convierte.
Hablo de Gaza, al igual que hablo de Ucrania, del Sudán olvidado y de cualquier lugar donde se pisotee la vida humana. Para el Evangelio no existen víctimas de primera y de segunda. Cada niño asesinado es una blasfemia contra el Creador.
Hablo de desarme porque Jesús de Nazaret no dijo: «Bienaventurados los que ganan las guerras», sino «Bienaventurados los que trabajan por la paz». Hablo de humanidad porque cada ser humano es imagen de Dios y ninguna ideología o ningún poder puede pretender pisotear su dignidad.
Me preguntas dónde está el Evangelio. Te respondo con otra pregunta: ¿dónde está el Evangelio si no es en las heridas del hombre?
Un cristianismo que no tiene nada que decir ante la guerra, la injusticia y la violencia corre el riesgo de convertirse en una religión que tranquiliza las conciencias en lugar de convertirlas. El Evangelio no es un anestésico. Es un incendio si hacemos caso a Aquél que dijo: «He venido a traer fuego a la tierra».
Nadie sostiene que Óscar Romero o el Papa Francisco hayan traicionado el Evangelio al hablar de paz, justicia y dignidad humana. O, al menos, nadie debería decirlo. Quizá el problema sea otro.
Porque mientras el Evangelio habla del cielo, a todo el
mundo le gusta. Pero cuando empieza a hablar de la tierra, de repente se vuelve
«político». Y, sin embargo, la Encarnación significa precisamente
esto: Dios entra en la historia del hombre.
No creo que el cristianismo coincida con un partido político. Sería un error. Pero creo que el Evangelio juzga a todos los bandos políticos, sin excepciones: a aquellos que postulan al aborto… como a aquellos que proclaman la prioridad nacional...
Porque el Evangelio no te pregunta de qué lado estás. Te pregunta de qué lado estás cuando un hombre sufre.
Si sigo hablando de lo humano - historia, política, paz, solidaridad,… - no es porque haya sustituido el Evangelio por la actualidad. Es porque sigo creyendo que el Verbo se hizo carne. Y la carne no es una idea.
La carne tiene el rostro de los pobres, de las víctimas, de los marginados. Mientras esa carne tenga hambre, esté herida, humillada y abandonada, el Evangelio siempre tendrá algo que decir a la historia. Es allí donde Jesús sigue esperándonos.
Porque también sé que el día en que el Evangelio deje de perturbar nuestras certezas, probablemente habremos dejado de leerlo de verdad.
Sí, somos hijos de la encarnación del Verbo en una carne y somos herederos de la resurrección de una carne crucificada. Lo humano no solamente no nos es indiferente sino que como diría un autor cristiano del siglo III, Tertuliano, «caro salutis est cardo», «la carne es el quicio de la salvación» (De carnis resurrectione, 8, 3: Pl 2, 806).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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