De tu mano, Madre del Cielo
Asidos de la mano por María, hoy intentamos cruzar el umbral de la fe, una fe capaz de hacer frente al poder desmesurado del mal y de la muerte, una fe que permite a Dios cumplir lo que Él desea.
¿Quién de nosotros no experimenta a diario el esfuerzo que supone permanecer fiel al Señor?
¿Quién de nosotros no se siente perdido ante el mal que parece extenderse con una violencia diabólica y salir victorioso?
¿Quién de nosotros no sufre, a veces, la desesperación ante las innumerables máscaras con las que se disfraza el mal?
La vida parece una lucha interminable, mientras cada día sentimos más cómo se agotan nuestras fuerzas para afrontar la existencia.
Ya lo menciona el antiguo autor del Apocalipsis cuando habla de un dragón siempre dispuesto a devorar al niño recién nacido y a atentar contra la seguridad de su madre.
Siempre hay alguien que querría impedir el nacimiento de algo nuevo, de algo diferente.
Siempre hay alguien que querría poseer, homogeneizar y dominar.
El proyecto de algo nuevo, de algo diferente, da miedo. Lo que sale a la luz está siempre en peligro y amenazado.
Pero ese mismo autor también habla de Dios, que desea una humanidad capaz de fecundidad y de vida, y por eso ha establecido un signo: María, precisamente.
En Ella y en su Hijo, nuestra humanidad está custodiada junto a Dios.
El Apocalipsis habla de un Dios que está del lado de la fragilidad y de los tímidos brotes. Un Dios que nos pide a cada uno de nosotros que estemos de ese lado, aunque aparentemente sea el de los perdedores.
«Bienaventurada la que ha creído», repite Isabel.
Pero ¿en qué había creído aquella joven de Nazaret, desconocida para la mayoría?
Había creído que lo que el Señor dice, lo cumple, se hace realidad, aunque tuviera que enfrentarse a una evidencia que raya en lo imposible, tal y como lo era su condición de joven que no había conocido a ningún hombre.
Bienaventurada la que ha creído…
María creerá también que «la muerte no es lo último». Creerá que no solo el mal tiene el poder de contagiarse, sino también el bien; que la belleza es contagiosa y no solo la vulgaridad; que la grandeza de ánimo es contagiosa y no solo la mezquindad.
De esto nos habla la fiesta de la Asunción de María. No dejéis, pues, de mirar la historia desde el final, desde la perspectiva de Santa María Asunta.
Esta fiesta vuelve cada año precisamente para recordarnos que merece la pena seguir caminando, porque lo que le sucedió a María es el primer fruto y la garantía de lo que nos espera a cada uno de nosotros.
María, considerada digna de estar junto a Dios con su humanidad, da testimonio de que la vida es más fuerte que la muerte, el amor más fuerte que el mal, el perdón más fuerte que el resentimiento.
¿Qué narra, además, ese camino de María hacia Isabel, sino el deseo de Dios de estar cerca de los lugares donde todo se considera imposible?
María se mostró dispuesta precisamente a ser signo de este deseo de Dios. Pienso en nosotros, convertidos en signo de Dios, que realiza lo imposible gracias a la fe concedida a su Palabra.
¿Cómo no pensar que ese ir apresuradamente a una ciudad de Judá es una necesidad de diálogo?
María también habrá necesitado a alguien que pudiera escucharla y comprender lo que le estaba sucediendo. Pero para ello es necesario salir del estrecho círculo del vecindario, siempre dispuesto a juzgarlo todo según el baremo de las habladurías y los chismes.
María siente la necesidad de encontrar a alguien que, como ella, sea testigo del Dios de lo imposible.
Esos pasos apresurados suyos narran los muchos y contradictorios sentimientos que llevaba en su corazón. Y así, dos mujeres, una virgen y una estéril, la imposibilidad hecha persona, se convierten en el signo de Dios que hace grandes cosas.
Una ayuda a la otra a releer su propia historia a la luz de la confianza común en el Dios que no falta a la palabra dada. Es este recuerdo agradecido de la promesa de Dios el que da fuerza a su ser y a su camino.
La virgen y la estéril que dan a luz son el signo de ese vuelco que Dios realizará para toda la humanidad en la muerte y resurrección del Señor Jesús. María y Isabel son el signo de que Dios puede crear vida donde hay muerte.
La Asunción de María narra lo que Dios quiere hacer de nuestra historia si no nos oponemos a la acción de su Espíritu en nuestro interior. Dios quiere a la humanidad, a toda la humanidad, a su lado, digna de encontrarse y alegrarse en su comunión.
Bienaventurados seremos si, gracias a nuestra fe, caminamos con la conciencia de que la muerte no es el final.


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