Señor, tiéndeme tu mano - San Mateo 14, 22-33 -
Tras el pan compartido viene el mar. Tras la multitud saciada llega la noche. La vida nunca se queda en la orilla de los panes y los peces. Jesús obliga a los discípulos a subir a la barca. Es un verbo contundente. Es como decir: no podéis permanecer para siempre en el lugar del entusiasmo.
La fe crece cuando el viento se vuelve en contra. Jesús despide a la multitud y sube al monte a orar. De la compasión al silencio. Del pan al Padre. Jesús vive siempre en una relación que genera vida. Cada una de sus acciones nace de este vínculo.
La barca es nuestra vida. Pequeña. Frágil. Expuesta. Las olas no piden permiso. El viento cambia de dirección de repente. Llegan las enfermedades. Los fracasos. Los duelos. Las crisis. Noches en las que Dios parece lejano. En esos momentos, la fe no consiste en no tener miedo, sino en seguir navegando.
Cada uno atraviesa su propio mar. Hay quien pierde a un hijo. Quien ve cómo se apaga un amor. Quien atraviesa una depresión. Quien ya no encuentra trabajo. Quien siente que su cuerpo se convierte en una barca que ya no responde al timón.
Muchos de nuestros renacimientos pasan precisamente por aquí. Las profundidades del corazón solo se revelan en las noches del mar.
La pandemia nos ha hecho experimentar todo esto. Creíamos ser dueños del rumbo. Hemos descubierto que todos estamos en el mismo barco.
Tantas veces he retomado y retomo aquellas palabras de mi admirado maestro Dietrich Bonhoeffer, quien desde la prisión militar de Tegel escribía: «Comprendan que la hora de la tormenta y del naufragio es la hora de la cercanía inaudita de Dios, no de su lejanía». Sobre el escritorio de John Kennedy había una sencilla invocación de un pescador bretón: «Oh Dios, tu mar es tan grande y mi barca es tan pequeña».
Y resuenan con fuerza estas otras palabras de Etty Hillesum: «Desde la seguridad de mi habitación nunca me atrevería a emitir a la ligera un juicio sobre la tormenta, no sería justo. Solo si estás en medio de la tormenta ahí fuera y la afrontas, solo en ese caso puedes decir lo grandiosa que es… Dios mío, resulta casi ‘desorientador’» (14 de diciembre de 1941).
Las grandes crisis pueden hacernos más humanos si nos enseñan que nadie se salva por sí solo. La verdadera fuerza de una sociedad no es la autosuficiencia del ganar, vencer, conquistar … sino la capacidad de resistir y de no sucumbir sobre todo en tiempos de prueba. Así ocurre en el lago. Jesús no viene, ante todo, a calmar el mar, sino a impedir que el corazón naufrague.
Los discípulos gritan: «¡Es un fantasma!». Jesús sale a su encuentro. Y ellos lo confunden con una amenaza. El miedo distorsiona la mirada. Cuando el corazón está invadido por la angustia, incluso la salvación puede parecer ajena. Y, sin embargo, Jesús atraviesa precisamente aquello que nos asusta. Camina sobre las aguas. Sobre el caos. Sobre la muerte. Sobre el abismo. Ya es Pascua.
Antes incluso de calmar el mar, calma el corazón. Corrige nuestra visión: «Ánimo, soy yo. No tengáis miedo». San Mateo ya había recogido tres veces esta invitación en el discurso misionero. El verdadero miedo no es perder la vida, sino perder el alma: dejar que el mal ocupe el corazón, que la indiferencia apague la esperanza, que el miedo se convierta en el lenguaje de nuestras relaciones. Cada vez que devolvemos el valor a alguien, participamos en la obra creadora de Dios.
Pedro no es un hombre de poca fe porque se hunde. Su fe estalla precisamente en el grito: «¡Señor, sálvame!» La fe no consiste en pedir caminar sobre las aguas. Consiste en saber a quién gritar cuando las aguas nos sumergen.
«Inmediatamente Jesús le tendió la mano». Quizá una de las imágenes más bellas del Evangelio. Dios no elimina todas las tormentas. Pero entra en las tormentas del hombre.
Al final, el viento amaina. No porque el mar vaya a estar siempre en calma. Sino porque los discípulos han descubierto que no estaban solos.
Al igual que Elías en el Horeb, ellos también aprenden que Dios no habita en el huracán, sino en la brisa. No arrasa. Sostiene. No aplasta. Regenera. Sigue viniendo a nuestro encuentro al final de la noche. Sigue repitiéndonos: «Ánimo, soy yo».
Y cada vez que nos dejamos llevar por su mano, comprendemos que el verdadero milagro no es un mar que por fin se calma. El verdadero milagro es un hombre que, en medio de la tormenta, vuelve a confiar.


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