Inmaculado Corazón de María: un corazón centinela
Nuestra Congregación, Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, siempre tiene a bien poner de relieve con intensidad la figura de María y de su corazón.
No es la ocasión de detenemos a preguntarnos con rigor
cuál es la relación entre la María de los textos bíblicos y aquella que, a lo
largo de los siglos, se ha convertido en objeto de definiciones doctrinales y
de una devoción muy extendida.
Ciertamente para abordar seriamente esta cuestión es
necesario tener en cuenta todos los niveles: la Escritura, la Tradición, la
reflexión teológica y la forma en que la figura de María ha sido
progresivamente interpretada y transformada.
Con todo, sí podemos volver a los textos del Nuevo
Testamento en los que María aparece con una sobriedad sorprendente.
Hay quien ve en la figura de María la expresión del
arquetipo materno, capaz de responder a las necesidades profundas de la
experiencia humana. O quien interpreta a María dentro de la condición humana
redimida, no como una realidad separada. O quien cuestiona la solidez bíblica
de algunas afirmaciones marianas. O quien pone el acento en la dimensión
histórica y concreta de María, mujer pobre y creyente.
Por un lado, la María de los Evangelios es una mujer que
escucha, que cree, que camina en la historia, que no lo comprende todo pero
permanece fiel. Por otro lado, la María de la tradición: progresivamente
definida, elevada, rodeada de títulos y atributos que la sitúan en una
dimensión casi separada.
Tal vez María haya corrido el riesgo de perder su dimensión original de creyente para asumir rasgos que la hacen parecer una figura extraordinaria y distante, difícilmente identificable con el perfil evangélico. Y quizás ha sido una transformación sutil pero significativa.
Para nosotros la María de los Evangelios sigue siendo
el criterio fundamental: una mujer que vive la fe dentro de la historia, sin
privilegios narrativos que la separen de la experiencia humana común.
Y tener en nuestro ADN misionero esta dimensión no
significa empobrecer la figura de María, sino devolverle profundidad. Significa
reconocer que su grandeza no reside en atributos extraordinarios acumulados a
lo largo del tiempo, sino en la radicalidad de su escucha y en la concreción de
su camino.
María no es una figura distante. Tampoco sobrecargada.
Su presencia es esencial, y no menos discreta, también porque nos interroga la
fe, el seguimiento de Jesús, el testimonio misionero,…, en su forma más
auténtica.
A la luz de la María de los Evangelio, quizás no
podamos preguntar qué hay en el corazón de una madre. ¿Quién podría responder
realmente a una pregunta así?
El corazón de una madre es
un océano infinito de cosas que no pueden
resumirse en ninguna fórmula. Y, sin embargo, la fiesta del Inmaculado
Corazón de María nos permite a los misioneros claretianos echar un vistazo a su
interior.
No siempre el amor comprende todo lo que sucede, pero el verdadero amor, el amor de una madre, busca obstinadamente a sus hijos hasta que nos encuentra, y allí donde no comprende, sabe guardarlo todo en su interior, sabe custodiar los acontecimientos y los malentendidos haciendo que el amor prevalezca siempre sobre todo lo demás: «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón».
Por eso, los misioneros claretianos pensamos en la
imagen de la “Fragua de su Corazón” porque entre las cosas que María guarda en
su corazón estamos también nosotros, todos sus hijos, porque Ella es nuestra Madre por voluntad
del mismo Jesús.
Es hermoso saber que estamos a salvo en el corazón de
alguien y que este Corazón es verdaderamente un refugio inmaculado, sin ningún
mal, con aquella belleza e inocencia originales. Muchas veces ese Corazón nos
defiende incluso de nosotros mismos. Ese
Corazón es el camino más seguro que nos lleva de vuelta a casa, que nos lleva
de vuelta a Jesús.
En un día como hoy me gusta
reflexionar que el Evangelio nos habla
explícitamente del corazón de María solo en dos ocasiones y, en ambas, el
evangelista San Lucas se expresa de la misma manera: el corazón de María es un
corazón que guarda los acontecimientos y las palabras que se refieren a su Hijo
Jesús (cf. Lc 2,19 y 2,51).
Sabemos bien que, en el lenguaje de la Sagrada
Escritura, el corazón es el centro de la persona, el lugar donde se toman las
decisiones y no solo la sede de los afectos y los sentimientos.
Podemos decir, pues, que la persona de María —pues su
corazón no es otra cosa que Ella misma— nos es presentada por los Evangelios
como una mujer que, ante todo, guarda y medita.
Si no se partiera de este dato bíblico, se correría el
riesgo de no tener clara la actitud con la que María permanece continuamente
ante el misterio de Dios, y de olvidar que esta actitud no es otra que la del
buen discípulo de Jesús. Y así María es, por así decirlo, la auténtica secuela de Cristo. Mirar a Ella
significa comprender cómo en nuestra vida de discípulos estamos llamados a
seguir a Jesús.
San Lucas nos deja claro que, en la economía de la
salvación, hay una parte que le corresponde a María: Ella está llamada en plena
libertad a implicarse en el misterio de Dios que viene a su encuentro.
Esta parte es, en pocas palabras, la respuesta dócil y
responsable al acercamiento de Dios en su vida.
El Evangelio de la Anunciación nos recuerda su respuesta: hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). Este «hágase» resume el significado profundo de su identificación como «la sierva del Señor». Lejos de ser una servidumbre superficial o una sumisión irresponsable, ese verbo nos dice que María desea en lo más profundo de sí misma lo que el ángel acaba de pedirle. Ser sierva es, en el fondo, el reconocimiento de que el deseo de Dios para mi vida corresponde a mi deseo más profundo.
María, siempre en su vida terrenal y hoy en el
desarrollo de la vida de la Iglesia, cumple esta parte suya, escuchando el deseo de Dios, guardándolo y haciéndolo resonar continuamente en
su interior.
El arte de la custodia pertenece a todo discípulo de
Jesús. También a nosotros, misioneros claretianos. Pero, ¿qué significa
custodiar?
Seguramente hasta se podrían decir muchas cosas, desde
cuidar hasta observar los mandamientos. Pero también podríamos captar un matiz
bíblico interesante.
El verbo custodiar en hebreo se encuentra en
la raíz del sustantivo centinela.
De manera plástica, para dar valor a la idea de custodiar, el Antiguo
Testamento nos habla de los centinelas. ¡Custodiar significa, pues, vivir como
centinelas!
Sobre tus
murallas, Jerusalén, he puesto centinelas (Is 62,6).
Custodiar significa escudriñar el horizonte y tomar en
serio la vida de quienes nos han sido confiados.
Esta es la actitud de María, una actitud que, al tiempo que habla de estabilidad, denota también una maravillosa dinámica interior.
En el momento de la Anunciación, María se deja
envolver por el Espíritu Santo, deja que toda su persona sea envuelta,
penetrada por el Amor, por ese nuevo reino de Amor que el Padre nos dona en su
Hijo Jesús: y durante toda su vida, su corazón no hará otra cosa que esto:
escudriñar el horizonte para percibir y dejarse envolver por este reino que
viene.
En la Anunciación de manera extraordinaria a través
del ángel Gabriel, y luego en la cotidianidad de la vida, en los
acontecimientos que suceden tal y como nos cuenta el Evangelio (ante los
pastores, ante Simeón, ante los doctores de la Ley, hasta la Cruz y en el
Cenáculo tras la resurrección).
Al igual que para nosotros, también para María todo
esto es un camino que se realiza en la fe. Precisamente por eso el Concilio
Vaticano II habla de ella como una peregrina: también la Santísima Virgen avanzó en el camino de la fe y conservó fielmente su unión con el Hijo
hasta la cruz (LG 58).
Seguir a Jesús significa, en el fondo, vivir como
vivió María con esta actitud que podríamos, sin exagerar, definir también como
profética, porque el profeta es aquel que se da cuenta del reino de amor que
viene y lo sigue.
Ser «Sequela Christi» significa ser discípulo de Jesús hasta tal punto que se llega a ser una sola cosa con Él.
Hoy quiero recordar que el Corazón de María nos enseña a ser corazones centinelas como el amor divino que vela y vigila por todos y cada uno de sus hijos. También de noche.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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