Plegaria al Inmaculado Corazón de María
Nuestra dulce Madre,
nos unimos a la multitud de quienes han escrito sobre
ti para alabar tu belleza e invocar tu intercesión maternal.
En el día en que celebramos tu Inmaculada Corazón, día
en el que, de manera muy especial, no niegas a tus hijos mostrarte como en las
bodas de Caná, quisiéramos dirigir nuestra mirada hacia ti y permanecer en tu
contemplación para agradecerte tu presencia en nuestra vida.
Nos han enseñado a buscarte en la Escritura, a
comprender con los ojos de la fe tus silencios, tus palabras, tu determinación,
tu dolor, tu seguimiento de tu Hijo como la primera discípula. Y te descubrimos
discreta y sobria. También contemplativa, peregrina, acompañante.
Una mujer, en el momento en que se convierte en madre,
sabe que su vida ya no será la misma. Y tú, Madre, nos enseñas lo que significa
acoger el misterio, hacer visible lo invisible, convertir la propia carne en el
terreno donde se injerta el árbol de la vida, estar dispuestos a renunciar a tantas
cosas con tal de buscar siempre y únicamente que Dios sea conocido, amado,
servido y alabado.
Nos has llamado a seguirte sin demasiados cálculos por
las montañas de la caridad. Y cuando llegaste a casa de Isabel y sus ojos te
reconocieron y sus labios te proclamaron bienaventurada entre todas las
mujeres, tu corazón se derritió en un canto de alabanza. Cantabas de Jesús, de
tu Hijo, no de ti. Él era tu canto, tú el pentagrama donde Dios había escrito
su música más bella. Los hijos no son de las madres, los hijos les son
confiados a las madres por ese mismo Dios de quien proviene toda paternidad.
Y fijándonos en ti, nos detenemos también en José. Lo
amabas, sí, y tenías miedo. ¿Lo entendería? ¿Te acogería? ¡Cuántas mujeres
viven con el deseo de que el corazón de sus esposos o sus hijos se abran a la
gracia que salva, cuántas conversiones has obrado, María, por la oración
humilde y suplicante de las esposas! Confiabas en tu Señor. Y Él no dejó de
responder a tu confianza incondicional.
Así, a tu «sí» se sumó el de José y comenzó el sueño
de Dios, una historia nueva, una historia de Cielo. Durante treinta años ese
misterio fue guardado en tu corazón y entre los muros de la casa de Nazaret,
mostrándome el esfuerzo, la concreción, la necesidad de una fe que se hiciera
carne en la vida familiar.
Luego llegó el tiempo de la misión, del anuncio, de
los milagros, del desprendimiento. Los hijos, en un momento dado, abandonan el
calor del hogar para comprender y dar por sí mismos los pasos de su vida.
Tu corazón de Madre alcanzó las cimas más altas del
amor a los pies del Calvario. Allí, mientras los clavos traspasaban sus manos y
sus pies, cada golpe te era infligido a ti, porque en la carne de un hijo está
la carne de la madre, y cuando un hijo sufre, la madre sufre con él y por él.
Pero es precisamente allí, Madre, donde nos enseñas lo que significa amar. Estar
al lado, permanecer fiel, custodiar con dolor incluso cuando el otro te
presenta el cáliz amargo del desprecio o del rechazo.
La última imagen de ti la encontramos en el Cenáculo,
el día de Pentecostés junto a los discípulos. Ellos habían abandonado a tu
Hijo, pero tú te habías quedado. Cuántas traiciones en nuestra vida, cuántas
negaciones, y sin embargo, Madre, Tú no te has ido, has seguido estando cerca
de nosotros, permaneciendo con nosotros.
Allí, ese Espíritu que te había envuelto desde el
principio se derrama sobre tus hijos, sobre cada uno de nosotros. A partir de
ese momento ya no se habla más de ti. Tu misión en la tierra termina para
comenzar la de los Cielos junto a tu Hijo; te conviertes en la Mujer vestida de
sol, la toda Bella, la toda Santa.
Gracias, María… Llegará el día en el que poder
expresarte nuestra gratitud cara a cara y contemplar contigo a ese Jesús que es
toda nuestra alegría.
Bajo tu mirada de Madre y en tu Corazón nosotros
tenemos un lugar especial.
Bajo tu mirada de Madre y en tu Corazón aprendemos la
lección de contemplación y adoración, a conocer y gustar más íntimamente el
misterio de Dios, a caminar confiados y peregrinos, a seguir haciendo lo que tu Hijo nos diga.
María, Madre de la fidelidad perseverante, te
confiamos nuestros días como hijos en tus brazos maternos.
Tú que has guardado en tu corazón el conocimiento y el
amor más íntimos y elevados de Dios, que brotaron de tus labios en el
«Magnificat», haz que podamos cantarlos contigo.
Madre, cúbrenos con tu manto, envuélvenos en la
atmósfera de tu protección, defiéndenos de los peligros, para que, al escuchar
al Señor, le sigamos diciendo todo el sí del que somos capaces.
María, Madre del Corazón dócil y sabio, guía nuestra
vida para que podamos hacer solo lo que en tu Corazón piensas y quieres de nosotros.
Y concédenos mirar hacia arriba y hacia adelante trabajando contigo en el servicio evangelizador y misionero.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




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