En el Amor no hay temor - San Mateo 10, 26-33 -
Este relato es la segunda parte del capítulo 10 del Evangelio de San Mateo, donde Jesús llama a los suyos y los envía a anunciar la Buena Nueva, dando una orientación a su anuncio: «No vayáis a los paganos ni entréis en las ciudades de los samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10, 5-6); de hecho, todo el Evangelio de San Mateo está dirigido a la comunidad judía.
Pero no solo eso, Jesús indica también la «forma»
del anuncio: «como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como las serpientes
y sencillos como las palomas» (Mt 10, 16). A estas indicaciones, que
describen el rostro del discípulo, pero que, más aún, nos muestran el rostro
del Maestro, le sigue este relato que se abre con una invitación que, en los
versículos siguientes, se convierte por tres veces en un imperativo: «No
temáis».
«No temáis, porque no hay nada oculto que no
haya de ser revelado, ni secreto que no haya de ser manifestado» (Mt
10,26); «No temáis a los que matan el cuerpo» (Mt 10,28); «No
temáis, pues: ¡vosotros valéis más que muchos gorriones!» (Mt 10,31).
Se describe una situación de persecución en la que
está en juego la vida; se describe un misterio que está oculto, pero que debe
manifestarse, y una palabra susurrada al oído que debe ser gritada desde los
tejados. Un movimiento, pues, de las tinieblas a la luz que pone en juego la
vida, un misterio del que se participa y ante el cual el discípulo está llamado
a reconocer o a negar:
«Quien, pues, me reconozca ante los hombres,
yo también lo reconoceré ante mi Padre que está en los cielos; pero quien me
niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los
cielos» (Mt 10,32-33). Y ante esta posibilidad, el imperativo de Jesús
no es «no me neguéis», sino «no
temáis».
Este mismo imperativo lo encontramos al principio del
Evangelio de San Mateo, cuando se narra «cómo
tuvo lugar el nacimiento de Jesús» (Mt 1,18). Es la invitación que el Ángel
dirige a José, quien se encuentra ante un misterio que debe ser desvelado y
pide que se le lleve consigo para que esto pueda suceder: «José, hijo de David, no temas
tomar contigo a María como tu esposa» (Mt 1,20).
Esta misma invitación la encontramos también al final
del Evangelio, cuando las mujeres que acudieron al sepulcro para despedirse del
cuerpo de Jesús se ven sorprendidas por un terremoto y por la visión de un
ángel que hace rodar la piedra que cerraba el sepulcro, se sienta sobre ella y,
dirigiéndose a ellas, les dice: «No temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el
crucificado: no está aquí, ha resucitado como dijo» (Mt 28,5-6).
Con este «No temáis» se abre y se cierra todo
el Evangelio, casi como para decirnos que «no temer» es la forma de pasar de
las tinieblas a la luz, es la forma en que lo que está oculto se revela. «No
tengáis miedo» es, pues, lo que marca la diferencia entre reconocer y
negar.
Pero, ¿cómo no temer cuando está en juego la vida?
¿Cómo pensar en no temer cuando el miedo a la muerte constituye la fibra más
profunda de nuestra humanidad? ¿Acaso el Evangelio nos invita a pasar de la
humanidad de la que estamos hechos a una «heroicidad» que, además de
someternos a un esfuerzo inmenso, nos expone a una selección porque no es para
todos? ¿Qué puede significar este «no temáis» repetido tan a menudo en
la Escritura y tantas veces en estos pocos versículos de hoy?
Nos reconforta saber que con la invitación a no temer
se abre cada llamada a lo largo de la historia de la salvación. Nos reconforta
porque esto significa que, ante la inmensidad del Amor de Dios que se inclina
sobre nuestra pequeñez, Abraham, Moisés, los patriarcas, José y María, Pedro y
Pablo, todos tuvieron miedo.
La primera carta de Juan nos ayuda a responder testificándonos
que hay un solo lugar en el que el temor se desvanece: el Amor. Escribe San Juan:
«En
el Amor no hay temor; más bien, el Amor perfecto expulsa el miedo… nosotros
amamos porque Él nos amó primero» (1 Jn 4, 18-19). He aquí, pues, cómo
es posible no temer, o mejor dicho, cómo es posible atravesar el miedo incluso
cuando está en juego la vida misma: mantener la mirada fija en el amor con el
que hemos sido amados.
«El amor expulsa el miedo», no el
compromiso con el Señor, ni siquiera el deseo, por muy auténtico que sea, de
morir con Él, que habitaba sinceramente en el corazón de Pedro aquella noche
cuando dijo: «Aunque tuviera que morir contigo, no te negaré», sin llegar a
mantener fiel a ese deseo precisamente por miedo a perder la vida.
Hay un Amor que nos engendra, que nos hace crecer, que
nos hace suyos y nos cuida incluso cuando se nos pide la vida: «hasta
los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt 10,30). De
este amor no debemos apartar nunca la mirada, so pena de negarlo ante los
hombres.
Y, sin embargo, la misma experiencia de Pedro nos dice
que hay al menos una Palabra que, paradójicamente, «no se cumple»: «A quien
me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los
cielos». A aquel que lo negó por miedo a perder la vida, el Señor le
confía su Iglesia, el pueblo de aquellos que deben aprender a no apartar la
mirada del amor para no temer.
He aquí la grandeza del Amor que no deja de apostar
por nuestra humanidad pobre y a menudo temerosa, la grandeza del Amor que no
nos pide que nos convirtamos en héroes, sino que vivamos como discípulos.
«No tengáis miedo»: un imperativo que
nos invita a fijar la mirada en la certeza de que su Amor, su vida entregada,
está con nosotros, es para nosotros. Y nosotros podemos estar con Él, podemos
ser suyos: «ya sea que vivamos, ya sea que muramos, somos, pues, del Señor».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario