lunes, 8 de junio de 2026

Sin miedo (plegaria personal) - San Mateo 10, 26-33 -.

Sin miedo (plegaria personal) - San Mateo 10, 26-33 -

Señor,

 

¿de verdad crees que algún día podremos dejar de tener miedo de los hombres?

 

Señor,

 

¿de verdad crees que algún día podremos dejar de sentir miedo por lo que somos?

 

¿Y cómo se hace? ¿Cómo no tener miedo al mal, al dolor, al fracaso, a la traición, a la soledad, a la muerte de quienes amamos? ¿Cómo se hace para no tener miedo de estar vivos, de ser demasiado amados y de las expectativas desmesuradas? ¿Y de la belleza cómo se hace para no tener miedo de la belleza y del misterioso mecanismo que mueve los planetas y hace que el sol se oculte cada tarde más allá del horizonte? ¿Cómo se hace para no tener miedo de que este pobre corazón nuestro, algún día, se rompa por haber querido vivir demasiado? ¿Cómo no temer haberlo estropeado todo, haber malgastado la felicidad en nombre de sueños? ¿Cómo no temer a la vida? ¿Cómo no temer haber dejado tras de sí un montón de oportunidades desperdiciadas? ¿Cómo se vive sin miedo a vivir?

 

Señor,

 

hablas de revelación, como si lo real estuviera solo esperando la mano de una piadosa y valiente Epifanía. Dedos alargados, seguros, para desvelar el corazón íntimo y luminoso de las cosas. Hablas como si en cada drama se escondiera una belleza oculta, como si lo que vemos de inmediato no fuera más que el velo que disfraza lo más profundo, real y verdadero. ¿Es por eso que tenemos miedo? ¿Por esta manta espesa que sofoca el alma de las cosas?


Señor,

 

¿realmente, más allá del velo de la duda y el terror, del fracaso y el llanto, realmente nos veremos inundados de luz cuando encontremos el valor de desvelar, desde las aparentes tinieblas, el alma íntima de las cosas? Quién sabe si los ojos de Jesús en la cruz, esos ojos que supieron ver a una madre y a un hijo donde la muerte acechaba, quién sabe si esos ojos eran así porque habían aprendido a desvelar la dulce y secreta esencia de las apariencias. Se puede crucificar todo, pero no una mirada.

 

Señor,

 

el miedo nos hace cerrar los ojos. ¿Qué les hace abrirse de par en par hasta ver todo transfigurado incluso en lo desfigurado? ¿Estaré a la altura, Señor, de reconocerte también al llegar mi muerte? ¿De abrazarte, en medio de la muerte? ¿Que la muerte sea solo el último velo por desvelar?

 

Señor,

 

el miedo pide escondites, refugios y seguridades. Uno se entierra como para anticipar la muerte de la que se querría huir.



Tú, en cambio, nos pides que nos expongamos, como cuerpos para crucificar; nos pides que habitemos la luz, arriesgándonos a ser reconocidos, y que caminemos por los tejados. Nos pides que vivamos expuestos para combatir el miedo. Nos pides que no nos entreguemos al miedo, que no nos resignemos al temor.

 

Y que no temamos ni siquiera a quienes matan el cuerpo. Porque ni siquiera el asesinato carece de luz, se puede morir revelando luz. E incluso se puede dar la vida sin perder la luz íntima de la compasión.

 

Y quizá sea esto lo que estamos llamados a aprender cada día: a vivir sin miedo. A vivir como los gorriones o como los lirios, o como las nubes o como el viento, o como la hierba o como las mariposas que ni siquiera se preguntan si existe un Dios, porque lo respiran, lo muestran, se confían a Él a cada instante.

 

No, no se trata de controlar sino de dejarse mecer y llevar, como los gorriones en el aire, o como los lirios por el viento. Y confiar en ese vacío en el Tú habitas. Y aprender a volar. Y aprender a dejarse cuidar.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

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