Sin miedo (plegaria personal) - San Mateo 10, 26-33 -
Señor,
¿de
verdad crees que algún día podremos dejar de tener miedo de los hombres?
Señor,
¿de
verdad crees que algún día podremos dejar de sentir miedo por lo que somos?
¿Y
cómo se hace? ¿Cómo no tener miedo al mal, al dolor, al fracaso, a la traición,
a la soledad, a la muerte de quienes amamos? ¿Cómo se hace para no tener miedo
de estar vivos, de ser demasiado amados y de las expectativas desmesuradas? ¿Y
de la belleza cómo se hace para no tener miedo de la belleza y del misterioso
mecanismo que mueve los planetas y hace que el sol se oculte cada tarde más
allá del horizonte? ¿Cómo se hace para no tener miedo de que este pobre corazón
nuestro, algún día, se rompa por haber querido vivir demasiado? ¿Cómo no temer
haberlo estropeado todo, haber malgastado la felicidad en nombre de sueños?
¿Cómo no temer a la vida? ¿Cómo no temer haber dejado tras de sí un montón de
oportunidades desperdiciadas? ¿Cómo se vive sin miedo a vivir?
Señor,
hablas
de revelación, como si lo real estuviera solo esperando la mano de una piadosa
y valiente Epifanía. Dedos alargados, seguros, para desvelar el corazón íntimo
y luminoso de las cosas. Hablas como si en cada drama se escondiera una belleza
oculta, como si lo que vemos de inmediato no fuera más que el velo que disfraza
lo más profundo, real y verdadero. ¿Es por eso que tenemos miedo? ¿Por esta
manta espesa que sofoca el alma de las cosas?
Señor,
¿realmente,
más allá del velo de la duda y el terror, del fracaso y el llanto, realmente
nos veremos inundados de luz cuando encontremos el valor de desvelar, desde las
aparentes tinieblas, el alma íntima de las cosas? Quién sabe si los ojos de Jesús
en la cruz, esos ojos que supieron ver a una madre y a un hijo donde la muerte
acechaba, quién sabe si esos ojos eran así porque habían aprendido a desvelar
la dulce y secreta esencia de las apariencias. Se puede crucificar todo, pero
no una mirada.
Señor,
el
miedo nos hace cerrar los ojos. ¿Qué les hace abrirse de par en par hasta ver
todo transfigurado incluso en lo desfigurado? ¿Estaré a la altura, Señor, de
reconocerte también al llegar mi muerte? ¿De abrazarte, en medio de la muerte?
¿Que la muerte sea solo el último velo por desvelar?
Señor,
el
miedo pide escondites, refugios y seguridades. Uno se entierra como para
anticipar la muerte de la que se querría huir.
Tú, en cambio, nos pides que nos expongamos, como cuerpos para crucificar; nos pides que habitemos la luz, arriesgándonos a ser reconocidos, y que caminemos por los tejados. Nos pides que vivamos expuestos para combatir el miedo. Nos pides que no nos entreguemos al miedo, que no nos resignemos al temor.
Y que no temamos ni siquiera a quienes matan el
cuerpo. Porque ni siquiera el asesinato carece de luz, se puede morir revelando
luz. E incluso se puede dar la vida sin perder la luz íntima de la compasión.
Y quizá sea esto lo que estamos llamados a aprender
cada día: a vivir sin miedo. A vivir como los gorriones o como los lirios, o
como las nubes o como el viento, o como la hierba o como las mariposas que ni
siquiera se preguntan si existe un Dios, porque lo respiran, lo muestran, se
confían a Él a cada instante.
No, no se trata de controlar sino de dejarse mecer y llevar,
como los gorriones en el aire, o como los lirios por el viento. Y confiar en
ese vacío en el Tú habitas. Y aprender a volar. Y aprender a dejarse cuidar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




No hay comentarios:
Publicar un comentario