Tened valor, Yo he vencido y estoy con vosotros - San Mateo 10, 26-33 -
El capítulo décimo del Evangelio de San Mateo contiene el discurso de Jesús sobre la misión de los discípulos en el mundo. Es un discurso que se dirige, más allá del tiempo en que fue pronunciado y puesto por escrito, a todos aquellos que están llamados al servicio de Jesús y de su Reino; un discurso que se nutre de la experiencia de los doce Apóstoles en misión entre los hijos de Israel y de los misioneros de la Iglesia de San Mateo en las décadas anteriores al año 80 d. C.
Jesús envía a los discípulos «entre las
ovejas perdidas de la casa de Israel» y les confía el mensaje que deben
anunciar, la acción que deben realizar y el estilo de comportamiento (cf. Mt
10,5-15).
A continuación, anuncia las persecuciones que los
enviados deberán soportar en la misión (cf. Mt 10,16-23) y, con autoridad y
clarividencia profética, les dice: «Un discípulo no es más grande que el
maestro, ni un siervo más grande que su señor; basta con que el discípulo sea
como su maestro y el siervo como su señor. Si al dueño de la casa lo han
llamado Beelzebul, ¡cuánto más a los de su familia!» (Mt 10,24-25).
Es decir, lo que Jesús ha vivido, lo vivirán también
sus enviados, a quienes llamarán demonios, al servicio del jefe de los
demonios, Belzebul, y serán perseguidos hasta ser asesinados por quienes creen
dar así gloria a Dios (cf. Jn 16,2).
¿Y entonces?
Hay que tener valor, luchar contra el miedo, no temer
nunca. Este es el mensaje de este relato que Jesús entrega como mandato nada
menos que tres veces: «¡No temáis!» (vv. 26, 28, 31).
En la Biblia esta invitación-mandamiento es la palabra
dirigida por Dios cuando se manifiesta y habla a aquellos a quienes llama: así
a Abraham, a Moisés, a los profetas, a María, la madre de Jesús… «¡No
temáis!», es decir, no tengáis miedo de la presencia del Dios
tres veces santo, sino tened solo temor, es decir, la capacidad de discernir su
presencia, y por tanto no tengáis nunca miedo de los hombres, incluso cuando
sean enemigos. No tengáis nunca miedo, sino venced el miedo con la confianza en
el Señor fiel, siempre cercano, junto al creyente, y siempre fiel, incluso
cuando parece ausente o inerte.
El miedo es un sentimiento humano gracias al cual
aprendemos a vivir en el mundo, prestando atención a dónde hay peligro o
amenaza; pero para quien tiene una fe firme en el Señor, el miedo debe ser
vencido, no debe convertirse en determinante en la relación con el Señor y con
su voluntad.
Al vivir el Evangelio y al anunciarlo a los pueblos,
los discípulos de Jesús se encuentran con desconfianza, cerrazón, hostilidad y
rechazo. En estas situaciones, la tentación es callar la esperanza que habita
en el propio corazón, permanecer en silencio y ocultar la propia identidad, tal
vez hasta el punto de huir.
Pero Jesús advierte: el tiempo de la misión es un
tiempo de apocalipsis, no en el sentido catastrófico que se suele atribuir a
este término, sino en el sentido etimológico de re-velación, de levantar el
velo.
El anuncio del Evangelio, de hecho, exige que lo que
Jesús dijo en la intimidad se proclame a plena luz del día, que lo que se dijo
al oído se grite desde los tejados. Ha habido un ocultamiento de la «verdad»,
que no se produjo para olvidar o enterrar, sino para revelar en el momento
oportuno lo que había sido ocultado: «No hay nada oculto que no vaya a ser
revelado, ni secreto que no vaya a ser conocido» (v. 26). Las cosas
ocultas desde la fundación del mundo (cf. Mt 13,35; Sal 78,2) son reveladas por
Jesús y luego por los discípulos a lo largo de la historia.
Se trata, pues, de no temer a quienes matan el cuerpo,
quienes interrumpen la vida terrenal, pero que en verdad no pueden quitar la
vida verdadera. El único «temor» que hay que tener es el que
se siente hacia el Señor, porque solo Él puede decidir sobre la vida terrenal y
sobre la verdadera. La vida, de hecho, puede vivirse como humanización,
conforme a la voluntad del Creador, o estar marcada por elecciones mortíferas,
que solo pueden conducir a la ruina: para expresar este segundo desenlace,
Jesús se refiere metafóricamente al Gehena, el valle donde se recogía la basura
de Jerusalén.
A continuación, Jesús eleva la mirada hacia su Dios,
su Abba, Padre, y da testimonio de todo el poder con el que Él cuida de sus
criaturas, las salva, sin abandonar jamás a quienes tienen fe en Él.
¿Qué son dos gorriones? Estas pequeñas criaturas, que
habitan por centenares en los tejados, nos parecen seres insignificantes, que
no merecen atención ni cuidado, ¡pero no es así para Dios!
Y aquí hay que prestar atención. Tantas veces la
traducción de las palabras de Jesús dice: «¿Acaso no se venden dos gorriones por un
centavo? Y, sin embargo, ni uno solo de ellos caerá a tierra sin la voluntad de
vuestro Padre». En cambio, hay que traducir, al pie de la letra: «… sin
vuestro Padre». Es decir, ni siquiera un gorrión, al caer al suelo, es
abandonado por Dios: no cae al suelo porque Dios lo haya querido, sino que, incluso
cuando cae al suelo, ¡no es abandonado por el Padre!
Del mismo modo, también los cabellos de nuestra
cabeza, que perdemos cada día sin darnos cuenta, están todos contados, todos
bajo la mirada de Dios.
De tal contemplación nace la confianza que ahuyenta el
temor: Dios nos ve como nos ve un padre, que siempre nos mira con amor y nunca
nos abandona, ni siquiera cuando caemos.
Los discípulos de Jesús, mucho más valiosos a los ojos
de Dios que los gorriones y los cabellos de la cabeza, pueden ser perseguidos y
condenados a muerte, pero incluso en su muerte el Padre está ahí, en sus
tentaciones el Señor está ahí, en sus sufrimientos es Jesús quien sufre.
Tal vez estas palabras nos sirven hoy de ejemplo de aquellos
cristianos que abrazan la fe cristiana sabiendo que arriesgan la vida y
convirtiéndose, en gran número, en víctimas de una violencia anticristiana
ciega. El martirio ha resurgido y hoy hay más mártires cristianos que en los
siglos del Imperio romano.
Es, pues, la hora del valor, de no temer, sabiendo que
Jesús está a nuestro lado en la potencia del Espíritu Santo y lo estará, como «otro
Paráclito» (cf. Jn 14,26), abogado nuestro ante el Padre.
¡Ánimo! El miedo es la mayor amenaza para la fe
cristiana: induce a la duda y la duda, a la negación del Señor y del Evangelio.
Si, en cambio, en el cristiano hay una humilde confianza, ¡hay una fuerza
invencible!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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