¡Con calma! - San Mateo 13, 24-43 -
Si Jesús vino a inaugurar el Reino, ¿por qué parece
prevalecer el mal?
¿Por qué el hombre sigue, imperturbable, rechazando la
obra de Dios? ¿Distorsionándola, manipulándola, tergiversándola? ¿Por qué
experimentamos, en nosotros y a nuestro alrededor, el entrelazamiento
inextricable entre la luz y las tinieblas? ¿Por qué incluso la comunidad,
habitada por el Resucitado, experimenta contradicciones y tinieblas, escándalos
e incoherencias insoportables? ¿Dónde está, pues, la salvación traída por el
Maestro?
Son algunas de las preguntas que una comunidad
compuesta por judeocristianos, traumatizada por la destrucción del Templo,
plantea a Mateo, el evangelista, el escriba convertido en discípulo. Él, que ha
conocido al Señor, se dispone a responder, sacando de su tesoro cosas antiguas
y cosas nuevas, y recogiendo en su Evangelio una de las parábolas recogidas de
los labios del Maestro.
Son preguntas que aún hoy resuenan, en este tiempo de
gracia, no de desgracia, en el que Dios hace nuevas todas las cosas, sembrando
la semilla de la Palabra que echa raíces en el corazón de quien busca la verdad
y la plenitud.
El núcleo de la parábola de hoy es muy sencillo: en
nuestra vida, el bien y el mal crecen juntos en un entrelazamiento que el
hombre no debe desentrañar, dejando que sea Dios quien realice esa obra en la
plenitud de los tiempos.
Es la experiencia que todos vivimos, incluso después
de haber iniciado un camino de fe, incluso tras una conversión que nos ha hecho
cambiar de vida. Creemos que hemos cambiado, pero el «hombre viejo» del que
pensábamos habernos deshecho, ese tipo simpático, de vez en cuando resurge y
asoma la cabeza en nuestra vida, causando algún daño y, sobre todo, sumiéndonos
en el desánimo (Ef 4,22).
Sobre todo al inicio del camino de fe, los neófitos
están bastante convencidos de haber cambiado, de haber superado la parte
oscura. Quizás cuenten por ahí su inesperada conversión (¡en ciertos círculos
se ha convertido casi en un género literario!). Acoger en la propia vida al Dios
de Jesús cambia radicalmente la forma de ver, de sentir, de actuar; uno se
siente —y es, de hecho— una persona radicalmente diferente. Y así es
precisamente como ocurre: realmente hay un antes
y un después del
encuentro con Jesús.
Pero la conversión no es más que el comienzo de un
largo camino que requiere una enorme paciencia.
La paciencia de Dios.
Cierto hombre siembra trigo bueno en el campo, pero,
durante la noche, viene su enemigo y siembra cizaña, una mala hierba muy
parecida al trigo, pero que produce un grano oscuro, no comestible y que, sobre
todo, entrelaza sus raíces con las del trigo.
Episodio verosímil: siempre hay alguien que quiere
destruir el trabajo de los demás, por las buenas o por las malas. Hay que ser
realistas: hay personas que actúan para perjudicar a los demás, con la
esperanza de obtener alguna ventaja o creyendo que así vengarán una injusticia
sufrida.
Incluso entre los creyentes, incluso en la Iglesia,
por desgracia. Discípulos y discípulas que se han dejado catequizar por el
mundo.
En este caso, el sabotaje es realmente malévolo: solo
se percibe el daño cuando la planta, al principio indistinguible, se acerca a
la maduración del fruto.
Un episodio desagradable que hace entrar en escena a
los siervos, afligidos y desconcertados por el inquietante suceso.
El punto fuerte de la parábola reside precisamente en
el diálogo que sigue al episodio.
Al doloroso asombro de los siervos, que preguntan al
señor por qué el campo está invadido por la cizaña, le sigue el asombro ante la
orden que este les da: no deben arrancar la cizaña, deben dejar que crezca
junto al trigo bueno hasta que la maduración del fruto permita reconocer el
trigo con certeza, evitando así arrancar alguna espiga por error.
Un asombro justificado: normalmente, las malas hierbas
de los campos se arrancaban mucho antes de comenzar la cosecha.
Pero también desconcierto: la respuesta argumentada y
sabia del señor tiene, para nosotros que escuchamos, para la comunidad de
Mateo, para toda comunidad cristiana, consecuencias imprevisibles.
Si Jesús vino a salvar al mundo, ¿dónde está esa
salvación?
No existe una respuesta concreta y exhaustiva. Al
menos no la que nos gustaría.
La salvación y el mal, en esta etapa de la Historia,
conviven.
Nos desconcierta la forma de actuar de Dios. Y su
paciencia. Y su lógica. Realmente percibimos una distancia abismal entre sus
razonamientos y los nuestros, entre su lógica y la nuestra (Is 55,8).
La respuesta del amo es desconcertante, sin duda. Pero
también sabia y con visión de futuro.
Ante el celo de los siervos que querrían, como parece
lógico, arrancar la cizaña, Dios invita a esperar, a tener paciencia. Y explica
el motivo: al arrancar prematuramente la cizaña, muy parecida al trigo al
principio de su crecimiento, se podría arrancar por error alguna espiga.
Desde nuestro punto de vista, se trata de un daño
colateral: ¿qué son unas pocas espigas frente a toda la cosecha salvada?
El punto de vista de Dios, como siempre, es diferente.
Se deriva de su obsesiva atención a la oveja perdida (Lc 15,6), al uno que se
convierte en único, al marginado que se coloca en el centro (Mc 3,3).
La solución existe: tener paciencia para ver el fruto,
para poder distinguirlo. Y, llegado ese momento, intervenir cortando ambos, el
trigo y la cizaña, y separándolos. Uno al fuego, el otro al granero.
El dueño no niega la necesidad de la separación. Solo
dice que aún no es el momento y que no corresponde a los hombres decidir cuándo
es el momento.
La paciencia es necesaria porque nosotros, los
hombres, no somos capaces de llevar a cabo la selección. Y porque es Dios quien
ha establecido la hora de la separación, no nosotros.
No somos capaces de realizar correctamente la
selección, no nos engañemos.
Tontos como somos, y también un poco egocéntricos, los
hombres corremos el riesgo de juzgar a los demás desde nuestro punto de vista,
apelando a convicciones profundas y arraigadas que, si se llevan al extremo, se
convierten en ideología, es decir, en una idea elevada a dogma intocable, por
la que incluso hay que sacrificar vidas humanas. Y poco importa si estas ideas
se inspiran en Dios; es más, peor aún. A lo largo de la historia, los
cristianos hemos cometido abominaciones, haciendo exactamente lo contrario de
lo que enseñaba el Evangelio… ¡apelar al Evangelio! Se necesita, en cambio, un
poco de sentido común y de sana prudencia, con el fin de moderar el celo por la
destrucción y la «solución final» que todos llevamos en el corazón, combativos
como somos en lo más profundo.
Es Dios quien ha establecido la hora de la separación.
E intuimos las razones: solo por el fruto podemos
discernir la bondad de la planta (Mt 7,16). Si una espiga es trigo bueno o
cizaña, solo lo comprendemos cuando vemos que el fruto hincha el tallo.
Las apariencias engañan, y Dios lo sabe bien.
Las personas que parecen alejadas de Dios, abrumadas
por la sombra, contaminadas, pueden cambiar, convertirse, dar buen fruto. Por
eso los cristianos, optimistas incurables, obstinados en la esperanza, siempre
piensan que una persona puede cambiar para mejor. Y como tales deberían actuar.
Jesús nos pide que tengamos paciencia porque sabe bien
que el corazón del hombre puede cambiar.
Incluso el nuestro.
Keep calm, pues.
Y sigamos amando, sabiendo que somos amados.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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