sábado, 8 de agosto de 2026

El arte del buen vivir.

El arte del buen vivir 

Hay una paradoja que atraviesa nuestra época. Nunca los seres humanos han estado tan conectados, tan informados, tan accesibles… y nunca, quizás, tan ausentes de sí mismos. 

Es aquí donde la conciencia de uno mismo deja de ser un tema abstracto y se convierte en una necesidad concreta: porque en ese flujo que nunca se detiene ocurre algo sutil y decisivo: dejamos de elegir y empezamos a reaccionar. 

La vida fluye, y nosotros la atravesamos de forma automática, impulsados por fuerzas que no vemos y que no hemos elegido. 

El ser humano, en toda su complejidad, carece de la conciencia de su estado de ser y de los mecanismos que en él se manifiestan. Esta es una verdad antigua. Pero hoy se ha convertido también en una verdad industrial. 

Porque, por primera vez en la historia, existe una economía construida expresamente para captar nuestra atención y alimentarse de nuestros automatismos. 

La distracción ya no es un accidente: es un modelo de negocio. 

Y una atención fragmentada es una atención que no elige. Es precisamente el terreno en el que se pierde la libertad interior. 

En un mundo que trabaja sin descanso para hacernos reactivos, la conciencia es el único contrapoder real. 

No como una huida, ni como un refugio místico, sino como la capacidad concreta de observar nuestros propios impulsos antes de actuar en consecuencia. 

Es en ese sutil intervalo entre el estímulo y la respuesta donde se decide si la vida la sufrimos o la vivimos. Cultivar ese intervalo es, literalmente, recuperar el control de la propia existencia. 

Vivimos en una incertidumbre que no es pasajera, sino estructural: transformaciones económicas, geopolíticas, ecológicas y tecnológicas que ponen en tela de juicio los puntos de referencia externos en los que solíamos apoyarnos. 

Cuando las estructuras externas se tambalean, el único terreno estable que queda es el interior. 

No se trata de una ilusión consoladora, sino de una brújula: un centro desde el que observar el cambio sin dejarse arrollar por él. 

Quien no ha trabajado en sí mismo, en los momentos de transición, vacila. 

Quien ha construido una relación más clara con su propio «estado de ser», elige. 

Estamos entrando en una época en la que las máquinas imitan cada vez mejor lo que creíamos exclusivamente humano: calcular, escribir, predecir, incluso conversar. Precisamente mientras esto ocurre, se hace urgente preguntarse qué queda de verdaderamente humano. 

La respuesta no es una función cognitiva: es la presencia. La conciencia de estar aquí. La capacidad de dar sentido, de elegir con conciencia, de entrar en contacto real con el otro. 

Trabajar en la propia autoconciencia, hoy en día, no es nostalgia de un mundo perdido: es defender la frontera de lo que nos hace humanos. Es cultivar la única inteligencia que ninguna máquina posee: la que nace del contacto. 

Un camino de este tipo no es terapia, no es la reparación de un defecto. Es un trabajo evolutivo: el desarrollo de una facultad que todo ser humano posee, pero que pocos cultivan. 

Al igual que la lámpara de la que hablaba la Madre Teresa de Calcula —«para que siga ardiendo hay que echarle aceite»—, la presencia no es un estado que se posea de una vez por todas: es una práctica, una constancia, un ejercicio diario. 

Se podría pensar que ocuparse de uno mismo es una forma de repliegue, casi un lujo narcisista en tiempos que exigirían acción. Es cierto justamente lo contrario. 

La transformación se produce en tres círculos concéntricos —en uno mismo, en el entorno en el que se actúa, en todo el planeta— y no hay atajo que permita saltarse el primer círculo. 

Los grandes problemas colectivos de nuestro tiempo, desde la crisis ecológica hasta la de las relaciones, tienen su raíz en la calidad de la conciencia de quienes los viven. 

Cambiar la forma en que un ser humano está presente ante sí mismo y ante los demás es el acto cívico más concreto que existe. 

El tiempo es finito. Steve Jobs se preguntaba cada mañana, frente al espejo: «Si hoy fuera el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy?». 

La mayor parte de nuestros días transcurre sin que nos demos cuenta, consumida por el automatismo. 

Hacer un trabajo sobre la propia conciencia significa decidir, al menos una vez, no dejar que la vida pase sin que nos demos cuenta. Significa detenerse el tiempo suficiente para preguntarse quién está viviendo esta existencia —y elegir estar realmente presente. 

Por eso cultivar la conciencia no es una experiencia más entre tantas otras. Es un acto de presencia en una época que nos querría ausentes. 

Es, precisamente, el valor de vivir: no la ausencia de miedo, sino la capacidad de permanecer presentes en el instante en que la vida nos pide que elijamos. 

Y somos humanos porque podemos elegir qué queremos manifestar, qué queremos transmitir, qué queremos ser para nosotros mismos y para aquellos con quienes nos cruzamos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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