sábado, 8 de agosto de 2026

Entrar dentro de sí mismo.

Entrar dentro de sí mismo

Miramos el mundo y nos gustaría que fuera diferente. 

Más justo, más humano, más sereno. Es un deseo legítimo y profundo. 

Pero hay una verdad incómoda de la que vale la pena partir: el mundo en el que vivimos es así también porque nosotros somos lo que somos. 

Los grandes sistemas —la economía, la sociedad, las instituciones— están formados por personas. Y las personas están formadas por su mundo interior: por lo que piensan, por lo que temen, por aquello a lo que prestan atención. 

Cambiar los macrosistemas desde fuera es enormemente complejo. No podemos hacerlo de forma directa ni inmediata. 

Pero hay un lugar en el que podemos hacerlo todo, desde ya mismo: nuestro mundo interior. 

Intenta fijarte en hacia dónde se dirige, por lo general, tu atención. 

Casi siempre hacia fuera: lo que ocurre, lo que dicen los demás, lo que deberíamos tener y no tenemos. 

Cuando tu atención vive fuera de ti, dependes del mundo exterior. Tu estado de ánimo, tu valor, tu paz se convierten en rehenes de lo que no controlas. 

Pero si el mundo que te rodea no se corresponde con el mundo en el que te gustaría vivir, solo hay un paso que depende realmente de ti: dirigir la atención hacia otro lugar. 

Ya no hacia fuera, sino hacia dentro. 

No es una huida de la realidad. Es todo lo contrario. Es dejar de reaccionar y empezar a escuchara escucharte. 

Ante la complejidad, el instinto sugiere dar un paso atrás: retirarse, defenderse, encerrarse. 

Pero lo que necesitamos no es un paso atrás. Es un paso hacia dentro. 

Un paso atrás nos aleja de la vida. Un paso hacia dentro nos acerca de nuevo a nosotros mismos —al único punto desde el que realmente podemos volver a partir. 

Es allí, en nuestro espacio interior, donde se decide la calidad de nuestra mirada sobre el mundo. Y la mirada, a su vez, determina el mundo que construimos. 

Quien entra en contacto consigo mismo no se aísla: vuelve al exterior más presente, más capaz de estar con los demás y de influir en la realidad. 

Hay una buena noticia en todo esto. 

La capacidad de mirar en nuestro interior no es un don reservado a unos pocos. No se hereda, se entrena. 

La conciencia de uno mismo no se puede inculcar, pero sí se puede cultivar —al igual que se cultiva la fuerza de un músculo o el cuidado de una relación. 

Cada vez que volvemos la atención hacia nosotros mismos, aunque sea solo por un instante, estamos haciendo exactamente eso: nos estamos humanizando. 

No hacen falta horas, ni condiciones perfectas. Basta con empezar. Un minuto de presencia, repetido, vale más que un propósito grandioso que nunca se lleva a la práctica. 

En un mundo que quiere que estemos siempre mirando hacia fuera, detenerse y volverse hacia dentro es casi un gesto revolucionario. Y, sin embargo, es el más sencillo, el más antiguo, el más importante. 

No es un paso atrás. Es un paso hacia dentro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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