sábado, 8 de agosto de 2026

¿Qué educación?

¿Qué educación? 

Debemos dejar atrás al Homo Sapiens para adentrarnos en el Homo Verus. 

Como sociedad, hoy en día, nuestro problema es una cuestión de valores. 

Es necesario crear cultura, compartir conocimientos. 

Es necesario recuperar un entorno y un contexto capaces de generar aquellas circunstancias enriquecedoras y orientadoras para el individuo, ya sea un niño o un adulto. 

Circunstancias que le hagan sentirse parte integrante y que le orienten hacia esos valores absolutos e inalienables, como la Vida y la Paz. 

De esta manera —y solo de esta manera— la mente puede desintoxicarse gradualmente de las numerosas quimeras falsas y de los tantos modelos dominantes falsos de hoy en día. 

Hay un engaño que, a diario, se nos presenta desde esta dimensión virtual mediática que cada día se vuelve más extrema: el éxito sin esfuerzo. 

Sin embargo, cuando leemos entre bastidores, descubrimos que cualquiera que haya alcanzado resultados interesantes en cualquier ámbito de su vida —familia, afectos, amistad, comunidad, riqueza, trabajo, espiritualidad, deporte…— ha tenido que trabajar intensamente para lograrlo. 

Y, aunque hubiera empezado por una necesidad de reconocimiento, por un deseo de revancha, de ascender o de posicionarse, el esfuerzo realizado sin duda le ha hecho mejor persona.

También ha mejorado la vida de los demás si, además de ese esfuerzo, ha comprendido la necesidad de educarse para educar, es decir, de educarse a sí mismo para ser un modelo para los demás. 

Solo cuando nos comprometemos en este proceso de «ex ducere», es decir, de sacar de nosotros lo mejor de nosotros mismos, somos capaces de destacar, es decir, de sacar a relucir únicamente aquella parte que podemos considerar la mejor. 

Cada uno de nosotros siente la necesidad de una nueva y más profunda humanización. 

Debemos mirarnos a nosotros mismos y a la historia para ver en qué podemos convertirnos, a través de nuestro esfuerzo por cultivarnos a nosotros mismos. 

De hecho, desde siempre, desde que tenemos memoria de nuestra existencia, nos hemos planteado preguntas (filosofía), hemos dejado una huella de nosotros mismos (arte), hemos investigado para comprender mejor quiénes somos y el mundo en el que vivimos (ciencia) y, al final, nos hemos preguntado si lo que producíamos era sostenible (economía). 

Debemos llevar a cabo esta labor sin falta para construir conscientemente un nuevo umbral en nuestra historia. 

Por lo tanto, debemos plantearnos nuevas preguntas, cambiar nuestras acciones, preguntarnos si lo que estamos aprendiendo nos es necesario o nos contamina, si ilumina o ensombrece nuestro futuro y, por último, debemos actuar para que nuestra historia y nuestras relaciones se construyan con el fin de tener a nuestro alrededor un mundo mejor, es decir, que sean sostenibles. 

¿Podemos reeducar al ser humano? Yo digo que sí. 

Debemos reeducar al ser humano y, más que reeducarnos, debemos humanizarnos. 

Debemos aprender a interpretar nuestras emociones, a no dar cabida a aquellas negativas, coercitivas o violentas que, a veces, albergamos sin siquiera darnos cuenta. 

Debemos tomar conciencia de que los comportamientos son fruto de un hábito y, si este es erróneo, se consolidan comportamientos erróneos en nuestra vida cotidiana. 

Debemos romper este patrón buscando una perspectiva desde la que podamos vernos a nosotros mismos de otra manera y pasar de la pregunta instintiva «¿qué debo hacer?» a aquella otra: «¿Cuál es la vida que quiero?». 

No la vida que me veo obligado a llevar, sino la vida que quiero. 

Porque solo si hablamos con nosotros mismos de lo que realmente amamos, todo lo bueno que hay en nosotros sale a la luz y nos ayuda a dar el siguiente paso. 

Meditar forma parte del proceso de reeducación de nuestra especie, porque nos ayuda a ser más sensibles, más atentos y a cultivar en nosotros la compasión por el otro, entendiendo que él tiene nuestras mismas limitaciones, defectos y dificultades. 

Acabo esta reflexión recordándonos que nuestros hijos aprenden sus comportamientos de los nuestros, sus emociones de las nuestras, su forma de pensar de la nuestra y su forma de vivir de nuestra forma de ser. 

Por lo tanto, somos importantes porque somos educadores. Todos lo somos, en sentido positivo o negativo. 

Sin disciplina ni atención, corremos el riesgo de hacer daño precisamente a quienes más queremos: a nuestros hijos. 

Existen muchas herramientas para iniciar de inmediato el proceso de autoeducación y superación personal, para entrar en una nueva conciencia. 

Ya no podemos permitirnos decir que el mundo que nos rodea no nos ofrece oportunidades. El mundo que nos rodea está lleno de oportunidades. 

Debemos pedirnos a nosotros mismos que abramos los ojos, observemos las infinitas oportunidades que, en cada instante, se nos presentan y aprovechemos aquellas que sentimos que son las más adecuadas para nosotros. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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